Crecí en un pueblo pequeño, en una escuela católica, por dieciocho años mi mundo se compuso sólo de uniformes grises y color vino, boletas perfectas y padres orgullosos, bueno, eso me gustaba imaginar, porque nunca lo dijeron. Cuando esta burbuja se quebró me encontré con la penosa realidad de que “haber sido perfecta” no me servía de nada, de que las boletas intachables y los uniformes planchados no tenían ninguna validez en el mundo real y de que mis habilidades sociales eran menos que aceptables. Ni modo, así me lancé al mundo, simplemente soportando un día a la vez, una semana a la vez, un mes a la vez, un semestre a la vez y tomando una cerveza cada que quería olvidarme de todo. No es que cayera en el alcoholismo, pero debo admitir que tengo el tipo de personalidad susceptible de reemplazar unas adicciones con otras. La actual es mi trabajo. Después de este breviario de mi infancia y adolescencia y los penosos inicios de mi vida adulta, y si han prestado la mínima atención a esta revista, sabrán, queridos lectores, que los últimos cinco años de mi vida han sido, digamos, una montañita rusa. Cinco años completitos escribiendo ya sea por placer o por despecho, pero escribiendo al fin lo que se me pega mi gana, como siempre he querido. ¿Ya les mencioné que mi papá opinó que la literatura no era carrera? Y de tajo cortó toda intención que aquella niña de 17 años pudiera haber tenido de quemar las naves y ponerse a escribir de lleno. Aquella niña de 17 años… como me gustaría tenerla enfrente y soltarle una cachetada a la muy pendeja, decirle que reaccionara, que no le creyera a ese hombre abusivo, que se fuera de una buena vez y que la literatura no era carrera, pero ella no tenía porque llegar antes a ningún lado. Pero no puedo. Soy lo que soy ahora porque así tuvo que ser y así es. Y me encuentro pagándole a un psiquiatra, una psicóloga y un veterinario para que me ayuden a sanar las heridas de mi infancia, las disfunciones de mi cerebro y a mantener saludable a la perrita que adopté para ver si así me empezaba a hacer cargo de mi misma y de alguien más. No sé si funcione. Llevo meses medicada y cada recaída es peor que la anterior. Hoy tengo mi segunda sesión de psicoterapia y no tengo ganas de ir. La perra no es tan obediente como dijeron: hacerse cargo de alguien más significa trapear orina y recoger popó de perro todas las mañanas: alegre manera de empezar el día. Me veo al espejo y no me reconozco. Veo mis fotos y no me reconozco. Esa sonrisa no es mía, siempre es falsa. Cuando estoy en compañía de seres humanos que yo considero “normales” porque se les ve “felices” me engento tan rápida y tan intensamente que me es imposible seguir conviviendo, invento cualquier pretexto para huir. La psicóloga me dijo que su enfoque es sobre explotar el mejor potencial de cada persona: yo simplemente creo que voy a explotar sin más. Me dejó tarea, así que voy a hacerla, y a prepararme para el abrazo de esta tarde,  si logro llegar.

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