Pasa, por favor – me dijo la mujer que abrió amablemente la puerta. ¿35, 40 años? Tal vez más, tal vez menos. Con la mano hizo un gesto para que me sentara y sólo pronunció “donde tu quieras”. Elegí el sillón de una persona, esperando que fuera el suyo y tratando de retarla desde el principio: que no pensara que yo iba a ser caso fácil.

¿te ofrezco agua?- déjese de amabilidades, estoy pagando una fortuna por cada segundo que paso aquí así que haga valer mi dinero, si me hace el favor.

Sí, gracias, respondí lo más amablemente que pude.

Por fin trajo el agua, tomó asiento en un mullido sillón de 3 plazas a 45 grados de mí, bebió un poco y se dispuso en una postura amigable, ¿en que puedo servirte?

-no se si en mucho, si estoy aquí es porque no me quedó de otra, debe saber. Estoy desesperada y llevo años favoreciendo a mis resistencias.

-¿tus resistencias?

-como usted, soy psicóloga, graduada con honores, pero tal vez eso sea lo único que tengamos en común, tal vez lo que le diga a continuación le va a sorprender, pero no creo en la terapia psicológica.

-¿y entonces que haces aquí? – Al menos la mujer fue directa, agradecí su honestidad.

-Soy paciente del psiquiatra y no quiero que me condicione el tratamiento farmacológico a la terapia, así que, después de una recaída hace un par de días decidí agendar con usted, durante los últimos años he visto desde chamanes hasta psiquiatras, le digo, y sigo recayendo.

-¿Recayendo en qué?

-El doctor diagnosticó Depresión mayor, recidivante.

-¿Puedes describir tus síntomas?

-¿Conoce el manual DSM? Soy un caso de libro, ni se moleste en ponerle o quitarle cosas, podrían simplemente agregar mi foto a los criterios para hacerlo más preciso. Empecé con las pastillas hace un par de meses, y ya no lloro todos los días, pero mi sarcasmo se ha acrecentado y la ansiedad no disminuye, llevo dos ansiolíticos distintos.

-Todo eso podría atenderlo el Dr. Noyola, repito ¿en qué puedo ayudarte?

-Y yo le repito que en nada, que el simplemente me mandó terapia psicológica después del antidepresivo, el ansiolítico, la de control de impulsos y el recubrimiento para el estómago, si le concierne también tomo anticonceptivos.

-¿Tienes una pareja estable?

-Sí- fue mi primer respuesta tajante.

-¿Porqué no crees en la terapia psicológica? – empezó el interrogatorio

-Porque pienso que si una persona quiere ayudarse a sí misma no necesita de un otro que le diga cómo hacerlo. Pienso que yo, en lo personal, debería ser capaz de atender mis propias necesidades, de responder mis propias preguntas, y de sanar mis propias heridas. Mi cambio está en mí, no en usted

-En eso tienes razón, pero también debes saber que los psicólogos somos una luz en el camino de oscuridad, los que llevamos el mapa y los que anunciamos a los exploradores cuando hay un barranco.

-Cualquier cosa que usted me diga ya me la he dicho yo misma, no me malentienda, no es personal, es simplemente una cuestión de autoanálisis, ya me lo hice.

-¿Autoanálisis?

-Sí, si Freud se lo hizo ¿porque yo no?

-¿Pretendes compararte con Freud?

-No se preocupe, no soy narcisista ni megalomaniaca, ya le dije que estoy diagnosticada, que lo que tengo es depresión y que el Dr. Noyola me tiene medicada, y gracias a eso estoy funcionando medianamente bien desde hace un par de meses.

-Insisto, ¿quieres contarme tus síntomas?

-No, no quiero. pero para salir de esta de una vez le voy a pedir que se imagine que cuando despierta el único deseo que tiene es el de volver a dormirse, que ese momento del día en que vuelva a desconectarse del mundo y de usted misma es el único que le ilusiona, que todos los minutos comprendidos entre el acto de abrir los ojos y el de volver a cerrarlos son angustiantes, frustrantes, estresantes, irritantes o simplemente insoportables. Imagine que no tiene esperanza en el futuro, que ningún plan, por nimio o grande que sea, por aburrido o divertido que parezca, nada, desde cenar hasta ir de vacaciones, nada le entusiasma. Imagine que siente que algo muere dentro suyo cada vez que le preguntan como está y usted tiene que responder que bien, gracias, con una sonrisa, aunque sea tímida y falsa. Imagine que cada persona que la ama, de las que de verdad le son cercanas, las que insisten en preguntar cuando usted responde que “esta bien”, cada uno de ellos le dice que no este triste, que todo va a estar bien. No es tristeza. Es un vacío profundo en el alma que parece que no se va a llenar con nada. Es la sensación permanente y amenazante de que nunca más podrá ser feliz, si es que alguna vez lo fue, porque si empieza a pensar en el pasado, hace un año, hace dos, hace 3, hace cinco, hace 10, siempre estuvo igual, pero no se había dado cuenta. Imagine que empieza a ver doctores que la observan con un signo de pesos en la frente, o con una incredulidad avasalladora, o con un simple y sencillo “toma agua, y haz yoga”. Imagine que se siente incomprendida, ignorada, culpable, irritada, enojada, triste, frustrada, incapaz, todas al mismo tiempo. Imagine que un día, en un ataque de llanto, sube a su azotea, y en lo único que piensa es en caer. No es miedo, es deseo. Puede ver en su mente la imagen de su cuerpo deformado por la caída, la sangre en su ropa, los sesos en el empedrado, la gente mirando. Imagine que un día, mientras cocina, ve el cuchillo y en lo único en lo que piensa es en clavárselo. No es un accidente, es un deseo. Una vez más, la sangre caliente en el filo del cuchillo, sus pensamientos, el reflejo de su mirada en la puerta del horno. Imagine que un día ve un bote de pastillas y piensa ¿cuantas de estas necesitaré para morir?. Piensa en veneno, en armas, en cuerdas, en autobuses, en accidentes, en incidentes, piensa en todo: en todo lo que se relaciona con morir, con desaparecer. Pero se sabe tan cobarde y tan incapaz que está segura de que no va a hacerlo…

Así pasó en mi fantasía, el peor de los escenarios, como siempre.

En la realidad fue menos traumático, más húmedo, es de las que abrazan al final y de las que dejan tarea. Es de las que no dicen tratar, dicen hacer, y  te devuelven tus palabras de la forma más evidente: le caché por lo menos cuatro “¿cómo te suena esto?”, es de las que tienen juguetes en el consultorio y de las que no creen en el olvido, me lo soltó así nomás cuando le dije, figurativamente, que quería prenderle un cerillo a mi cajón de los recuerdos. Me dijo dos o tres verdades que, como es natural, leyó en mi mente, por ser psicóloga y porque eso es lo que  hacen, leerle la mente a las personas y después meterlas en laberintos con ratas hasta que ellos mismos confiesan el tipo de basura que son y que nunca van a dejar de ser… ahí voy otra vez con mis desvaríos. Me cobró barato, no sin recomendarme ir una vez a la semana, o dos si así lo decidía, y no sin torcer la boca cuando le dije que iría una semana sí y una no, por lo pronto, que haría la tarea y que, con tal de dejar de sentirme como me siento, estaba dispuesta a hacer lo que fuera.

Por supuesto que todavía no se bien que es “lo que fuera” y es probable que las resistencias, los beneficios secundarios y los receptores encargados de la recaptación de serotonina se encarguen de sabotear mis esfuerzos y los suyos, bueno, no probable, ya los veo conspirar…

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