Varias veces lo he dicho en este mismo espacio; el racismo nunca desapareció, solamente se diluyó, se edulcoró y se vendió en bolsitas con la etiqueta de “descafeinado”. Las sociedades actuales somos herederas de tantos episodios lamentables que es difícil (y doloroso) seguir la cuenta. La conquista novohispana, el imperialismo belga, los nazis y los fascistas, el apartheid sudafricano, las campañas presidenciales norteamericanas este mismo año.

Heridas que creíamos cicatrizadas se han abierto de par en par últimamente. Pareciera que del otro lado del atlántico se ven puños levantados, bienes decomisados y parafernalia nacionalista desplegada a todo esplendor una vez más. Los partidos de ultraderecha se hacen con municipios y consiguen escaños en el congreso, las fronteras se militarizan y se alzan vallas mientras gente muere ahogada en el océano y los cementerios se llenan de fosas comunes, los yihadistas parecen conseguir sus objetivos perpetrando ataques que han provocado la discriminación, marginalización y el ostracismo de la comunidad musulmana que forma parte de la Unión Europea y que no tiene culpa en los métodos de la agenda política de un grupo radical que no les representa, los migrantes ven negado el asilo y sus pertenencias decomisadas en un mundo que no acaban de entender porque nadie se ha preocupado por integrarles.

En nuestro costado del mundo la situación no es muy diferente. Musulmanes señalados por ataques que no son su responsabilidad en una sociedad que teme lo que no entiende y que pretende combatir fuego con fuego (ahí la respuesta de los candidatos republicanos ante los ataques en Bélgica), la comunidad negra levantando la voz como hace décadas ante el asesinato y la brutalidad policiaca que alcanza nuevos niveles, latinos (y sobre todo mexicanos) siendo discriminados ante la rampante muestra de odio, ignorancia e incongruencia que representa el  discurso republicano principalmente representado por Donald Trump, con tanto empuje en la carrera y riqueza personal como ignorancia deliberada.

Sin embargo, no es bueno mirar sólo la paja en el ojo ajeno, porque por mucho que nos empeñemos en el estereotipo mexicano de afecto, calidez y hospitalidad la realidad es que ese mismo racismo que criticamos y condenamos se encuentra enraizado en lugares de nuestra psique y sociedad mucho más profundos de lo que podríamos creer. Criticamos a Trump pero seguimos queriendo ciudades desarrolladas sin tráfico y sobre todo sin foráneos, condenamos el trato que sufren nuestros paisanos al cruzar la frontera y nos indignamos junto a los refugiados sirios pero masacramos y vejamos de las peores maneras a nuestros hermanos centroamericanos en transmigración. Nos solidarizamos con la comunidad negra pero al mismo tiempo recorremos calles de discriminación de dos vías; cada vez que mencionamos al “naco”, “indio”, “prieto”, “jodido”, “gato”, a la “marimacha”, al “maricón”, a la “puta”, al “retrasado” y también, mucho ojo, cada vez que juzgamos a ese “fresa”, “burgués”, “mamón”, que, cada vez más frecuentemente, pareciera que es culpable de las desgracias del mundo por haber nacido en una situación económica más privilegiada que otros. Discriminación y racismo aplica para todos los estratos sociales, culturales y raciales o de lo contrario somos una serpiente mordiéndose la cola.

Es necesario recordar, como decía Stephen Hassel, que “La peor de las actitudes es la indiferencia, decir no puedo hacer nada, ya me las arreglaré…Por incluirte a ti mismo en esto, pierdes uno de los elementos que hacen al ser humano: la facultad de indignarse y el compromiso que es una consecuencia de lo primero”. Por favor, no nos cansemos de gritar, de pelear, de señalar, de resistir, de oponerse, de combatir hasta el último aliento aquellas inclinaciones falsas y perniciosas que pretenden cosificar al ser humano, achacarle categorías, darle una propiedad meramente utilitarista y que atacan directamente a su dignidad intrínseca. Pero también, jamás dejemos de examinar nuestra propia casa, de ejercer la obligación que todo derecho me concede y de acatar la responsabilidad de respetar el derecho y el valor del otro, cosa que abona a una sociedad más justa. Por favor no nos convirtamos en el país que responde al odio y la ignorancia de un hombre sediento de un poder megalomaniaco con el spot de un partido político que “representa” al magisterio y en el cual se escucha “por eso, a nombre de todos los mexicanos que viven en Estados Unidos, queremos dedicarle este mensaje turquesa a Donald Trump. Ehhhh…que te traduzcan el resto, a México se le respeta”.* **

*Sí, triste pero verídico.

**Sí, el mismo grito que la FIFA pidió omitir por considerarlo homofóbico, o sea, discriminatorio.

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