Vamos pues a escribir cada 15 días como es la costumbre, ya sé que no tienes el menor interés en lo que aquí dice, es más, ves esta primer línea y “decides” (si acaso eres tan ingenuo como para pensar que en realidad decides algo por ti mismo) que continuar leyendo no vale tu tiempo. ¿Sabes qué? No me importa, en ningún momento se me cruzó por la mente algo como “voy a escribir pensando en que fulanito de tal me lea”, y eso es porque hago las cosas únicamente porque encuentro gusto en hacerlas. Para mí, que tú leas esto, es tan indiferente como para la comida congelada que tienes en el refrigerador que decidas comertela. Pero ya que ambos estamos compartiendo un momento de nuestras insignificantes vidas, quiero contarte algo que puede resultarte al menos peculiar.

Hace meses me hice de una aparato tan mágico y maravilloso que tiene el poder de pasar a la computadora cualquier documento que le pongas en una bandeja que tiene en la parte superior, lo devora en segundos y lo regurgita dejando una copia directamente en la pantalla de tu equipo y sin necesidad de un cable. En principio me pareció bastante retrograda, la tecnología debería volver las cosas que aparecen en las computadoras objetos reales, al revés parece bastante tonto. Aunque me tardé un tiempo, pronto pude encontrarle una utilidad bastante funcional para mi vida.

Yo estudié psicología y ahora estudio otra cosa igual de absurda que se llama neuropsicología, y resulta que cuando uno estudia eso tiene que sacar miles y miles de copias que se van amontonando en los cajones, en en las repisas, en el piso, en la cama, en el sillón, en las sillas, en tu mochila, en la cocina, en el baño, en todos lados, de repente, las copias parecen ser algo revolucionario, más revolucionario que el internet y que la televisión a color, parece que la forma en que uno se convierte (o involuciona) de humano normal a psicólogo es acumulando montones de copias en todos lados.

Así que ahí estaba yo, reflexionando en mi nuevo y reluciente equipo convierte-documentos-en-archivos-para-la-computadora y mis miles de copias cuando se me ocurrió hacer lo obvio. ¡Exacto! Convertiría todo ese papel en un archivo de computadora que podría revisar cuantas veces quisiera. Podría volver a dormir en una cama en la cual no escuchara el crujido de las hojas que estaban por ahí revolviéndose cada vez que me movía, ahora podría usar todo ese espacio extra en cosas verdaderamente importantes: nada, porque cuando uno no tiene nada se da cuenta de lo poco que necesita esas cosas insignificantes.

Fue una labor ardua, me tomó mucho más tiempo del que uno podría imaginarse. El aparato de última tecnología que adquirí parecía querer darse por vencido, pero juntos volvimos realidad ese ideal, ahora tenía un archivo en mi computadora que agrupaba todas mis copias, engargolados, notas, cuadernos, apuntes, recetas, tareas, ensayos y exámenes. Tomé un enorme tambo de basura, de esos que aparecen en las películas gringas donde los vagabundos encienden fogatas para calentarse, y lo llené de todos esos papeles. Sentí que estaba libre de papeles cuyo contenido  nunca más iba a volver a revisar, la razón es bastante simple, cuando guardas un documento relativo a las “ciencias” para leerlo en el futuro, sería mejor que lo reemplazaras por otro documento, un artículo nuevo, así tendrías nueva información, algo más reciente en lugar de repasar los mismos textos enclenques que ya leíste. Cosa muy distinta que si lees una novela o un libro clásico, esos siempre son mejores cada vez que los lees y te enseñan cosas importantes para la vida, no como la ciencia, cuando lees de ciencia solo te sirve para saber de ciencia, y ¿por qué alguien preferiría saber de ciencia si nos falta tanto por saber de la vida?

Hice clic derecho en el archivo del documento que acababa de transferir del papel a la máquina y elegí la opción “enviar a la papelera”, luego lo borré definitivamente.

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