Si ustedes, queridos lectores, tienen el mínimo contacto con el mundo, no como yo, habrán por lo menos leído el encabezado de esta semana en cuanto medio de comunicación exista: “Panamá Papers”. Un breve vistazo me bastó para saber que se trataba de algo que en México es viejo y conocido, incluso monótono: lavado de dinero. Recuerdo la primera vez que escuché el término e imaginé un montón de dólares adentro de una lavadora. Mi mamá me explicó que el dinero ilícito no puede declararse ante las autoridades y que hay formas de hacer que parezca legal, como una empresa falsa. Esa explicación fue suficiente para una curiosa pre adolescente, pero no para la hoy preocupada y ansiosa mujer que escribe este artículo.

No sé bien por dónde empezar. Creo que por la magnitud de los más de dos teras de información que unos valientes periodistas de casi un ciento de países juntaron discreta y silenciosamente para denunciar actos de corrupción, el pan nuestro de cada día en México, y eso me lleva a otro punto: los islandeses cortaron la cabeza de su primer ministro a los dos días de la publicación: ¿cuántas cabezas tendíamos que cortar nosotros? ¿por qué no lo hacemos? Tal vez porque cada quien tendría que cortar la propia…

Yo soy una simple ciudadana en los inicios de su adultez buscándose  una vida y tratando de hacerlo sin volverse loca. Me considero incapaz de generar cualquier tipo de cambio que influya en lo más mínimo en los Panamá Papers o en cualquier problema nacional, estatal y hasta local: me veo a mí misma como una simple mortal, ya no quiero cambiar al mundo, ya entendí que no puedo, que me tengo a mí, y a lo que soy, a mis problemas y a mis sinsabores y que no todo está en mis manos. Ya entendí que lo más sensato es tratar de librar cada día con la mejor cara posible y sentirme afortunada cuando lo que hago tiene un impacto positivo en la vida de alguien más. De alguien, no de todos. Seguro que los islandeses no piensan así. Seguro que cuando escribían en sus cartulinas “vete, pinche corrupto” -no sé una palabra de islandés, pero eso diría yo en su lugar-, en fin, cuando escribían sus cartulinas estaban completamente convencidos de lo que iban a hacer, y lo hicieron.

Quisiera tener la mitad de seguridad que cualquiera de los islandeses, y hasta la décima parte de las agallas de Carmen Aristegui, cuya voz escucho y me enchina la piel pensar que en cualquier momento Loret de Mola dé la breve noticia de que la periodista murió accidentalmente en un avionazo. Y todos los mexicanos lo miremos mudos e impávidos y sigamos como las ranas, hirviendo en nuestro propio caldo.

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