Rollingstones

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Cuando vi frente a mi dibujarse un pentagrama gigante en luces rojas incandescentes supe que me encontraba en el lugar indicado –wuhu–, de frente podía observar decenas de miles de personas abarrotas las unas sobre las otras –wuhu–, de todas ellas salía un ligero pero penetrante sonido gutural que se confundía con el resoplar de una ráfaga de viento –wuhu–. Todos los que estuvimos ahí fuimos testigos de un demonio rojo que entonaba una misma melodía como lo había venido haciendo desde hace muchos años antes de que yo naciera –wuhu–, y luego el calor, un calor que poco a poco se apoderaba del cuerpo y se insertaba en la médula obligándolo a moverse de un lado para otro sin importar si había espacio o no –wuhu–, gente riendo, gente llorando, gente en éxtasis, y un cuarteto junto al demonio en una pantalla construían el campo donde se conjugaban emociones y delirio. –Wuhu–. Hipnotizante. Pensé que se rompería la barrera del tiempo y quedaría atrapado en el wuhu con el demonio por toda la eternidad. Pero terminó.

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