De pequeña nunca estuve bien segura de cómo sería mi vida, pero creo que podría decir que esperaba encontrar al amor de mi vida, aunque dijera que nunca me casaría, que esperaba que mi timidez y mi ansiedad social desaparecieran con la edad y que esperaba que mi único talento, la escuela, fuera suficiente para ser alguien en la vida. Resulta que no. Resulta que encontrar al amor de mi vida fue una empresa accidentada y dolorosa, no siempre que uno encuentra algo este algo se queda, tal vez para mejor. Resulta que mi timidez y mi ansiedad social se convirtieron en un F.32 en una receta de un señor que me dice que “me ve mejor” y yo le respondo que yo también me siento mejor, aunque dos días después tenga otro ataque y otro arranque y sepa que ya no hay vuelta atrás, ahora lo sé, y tengo que vivir con eso y con las cinco pastillas que me tomo en la noche y las tres en la mañana para ser medianamente funcional. Tengo que vivir con la ansiedad y los temblores y con la permanente sensación de que soy una bomba a punto de explotar, pero poniendo una cara bonita siempre, porque cómo es posible que yo esté deprimida, si lo tengo todo. Resulta que ser “perfecta” en la escuela no sirve de nada, oh sorpresa, porque los papeles están guardados en el cajón de mi madre que los atesora y los vidrios están limpios en la repisa de mi madre que se preocupa y los conocimientos están en mi cerebro, sepultados por ideas obsesivas y la certeza de que uno no puede dejar de saber algo de lo que ya se enteró. Como quisiera que mi memoria fuera tan mala como finjo que es. En estas tribulaciones me encuentro trabajando más de lo que puedo, porque es lo único que me absorbe y porque las drogas no se pagan solas, y  porque quiero tener dinero para, el día que me arme de valor, tomar un avión y  largarme a cualquier parte, como siempre, tratando de huir de mi misma sin lograrlo y caer en otro episodio tan pronto como me de cuenta -otra vez-, de que no importa a donde vaya, ella va conmigo, no por nada es femenino el sustantivo, la hija de la chingada hace de mí lo que se le da su puta gana. Daría la mitad de mi reino porque lo que siento fuera medible, observable, curable, o el reino completo por no tenerlo. Pero no tengo reino, y aunque lo tuviera, no hay quien me haga el cambalache. Sólo tengo mis palabras, es lo único que me queda, y las atesoro igual que mi madre los papeles que dicen que sé mucho y que no sirven de nada. Y las dejo salir cada quince días en este espacio que me acoge y  me consuela, esta quincena un poco tarde, pero más vale tarde…

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