Hace ya mucho tiempo que comencé a correr. No recuerdo exactamente cuándo fue que tomé mi primer par de tenis y me lancé al parque que había al final de la calle en donde estaba la que en aquel entonces era mi casa. Sólo recuerdo que nunca fui particularmente rápido, sin embargo, era bueno para permanecer corriendo por períodos más largos de tiempo y distancia, tomaba un paso y resistía con el más tiempo que los demás.

Hasta ahora mi mayor marca es haber corrido 21 kilómetros y la siguiente parada serán los 42.5, el maratón. Después de tantos años de hacerlo ininterrumpidamente muchos podrían considerar que las distancias que he alcanzado no son extraordinarias y que podría haber alcanzado metas mucho mayores en este tiempo si hubiera entrenado y me hubiera dedicado como debía. Sin embargo, a mi me gusta pensar justo lo opuesto. Y es que estos años no han sido solamente de correr sin parar, han sido años en que he caído en constantes lesiones; la rodilla, el tobillo, etc. En ocasiones estas lesiones me han llevado a reposos de seis meses. Cuando se ha llegado el tiempo de salir a la calle he comenzado a recorrer incluso 1.5 km después de conseguir un medio maratón debido al tiempo sin actividad.

Hoy he superado mi ultima lesión hace meses y me encuentro entrenando para repetir el medio maratón y más adelante conseguir los tan ansiados 42 kilómetros. En algún punto me gustaría poder correr un ultramaratón y dejarme el alma y las uñas en las calles. Cuando comento este gusto con algunas personas es frecuente escuchar comentarios que me dicen que es una exageración, que debería de correr menos, que debería de dormir más y levantarme más tarde, que cómo me gusta algo tan monótono y aburrido, que no es natural recorrer esas distancias y me obligo a hacer algo para lo cual no estoy diseñado, pero sobre todo me dicen que esa meta, sea la que sea, es demasiado grande, demasiado complicada, demasiado extenuante y que ellos jamás la lograrían y, por lo tanto, yo tampoco podré hacerlo. Es curiosa la mentalidad de las personas; cuando nos enfrentamos a un obstáculo grande pero superable no pensamos en un plan para confrontarlo, pensamos en que tan incapaces somos de lograr enfrentarlo. Es más fácil darnos por vencidos antes de intentarlo que cultivar constancia y dedicación a una empresa más grande que nuestras capacidades actuales.

Mientras escribo esto en mi mente imagino cómo es cuando recorro las calles entrenando. Me gusta ir ligero, solamente unos shorts, una camiseta, una gorra, mis tenis y el ipod más pequeño que pude comprar. He dejado de usar rodilleras, tobilleras, compresores y demás cachivaches deportivos que lo hacen a uno lucir como un terminator ejercitándose. También he dejado de usar reloj o aparatos para medir distancias, he aprendido a calcular las distancias que recorro mentalmente y a medir el tiempos transcurrido también en mi cabeza. El punto es que prefiero irme “minimalista” por ahí, sin demasiadas complicaciones que me distraigan de mi objetivo principal. Una vez corriendo no solamente se trata de los kilómetros recorridos sino de cómo la cabeza se despeja, las ideas fluyen, los problemas revelan soluciones que no había contemplado con anterioridad, la respiración toma un ritmo constante, los pies se mueven al ritmo de la música y las condiciones climáticas dejan de importar. Siempre he creído que ese momento es una especie de meditación, uno percibe las cosas que normalmente no percibe y se olvida de todo lo que es irrelevante, lo que no es necesario y lo que no está en ese momento, no existe pasado o futuro, es solamente el ser con ese momento de presencia. Al final del día uno aprende que, como en la vida, no se trata de velocidad sino de resistencia y perseverancia.

Esta aparente carrera de obstáculos que sigue su curso según lo esperado muchas veces pero que en ocasiones te lastima la pierna y te manda a la silla por meses pudiera parecer una historia de fracasos o de masoquismo por lo menos. Pero cada vez que he tenido que empezar desde cero he permanecido motivado por que he recordado lo que ya he logrado y todo lo que aun está pendiente de hacerse. He decido que no sean episodios para resignarme y paralizare en la desventura sino retos para permanecer motivado expectante de la oportunidad de volver a romperlos y saber que puedo superarme a mi mismo. Mientras más he avanzado en esto más me doy cuenta que no se trata de una cuestión física (y esto es el punto más importante para poder correr) sino de una cuestión mental; con el entrenamiento y la alimentación adecuada nuestro cuerpo puede superar barreras como esos 42 kilómetros, u 80 o 160, es nuestra mente la que nos detiene de lograrlo al decirnos en automático “no puedes” cuando hacemos un intento.

¿Qué pasaría si aceptáramos que somos nosotros mismos quienes nos detenemos de lograr lo que parece imposible?, ¿qué pasaría si en lugar de decirnos no puedo comenzáramos a preguntarnos hasta donde podemos llegar?, ¿qué pasaría si lográramos abstraer nuestra mente de todas las cosas triviales y dedicar nuestra energía y recursos a una tarea en el presente?. A través de estas experiencias no concluyo que todo mundo debería correr, sé que no es para todos, pero sí me ha llevado a pensar más que en el mero hecho de la carrera, es la naturaleza de nuestros límites. Una vez que uno ha probado la libertad y ha roto barreras personales es difícil volver atrás. Me pregunto y veo a tantas personas limitadas en sus expectativas, en sus deseos, en sus creencias, en lo que conocen y desconocen, en lo que esperan lograr, en sus capacidades, en su curiosidad, resistencia y tenacidad naturales. Veo a personas tan cómodas en su zona de confort que son incapaces de experimentar el deseo por conocer y conquistar nuevos lugares de este hermoso planeta y también incapaces de domar su propia mente. Veo a tantas personas vivir una vida comatosa de forma incluso plácida que siento una mezcla de miedo y tristeza. Tristeza de saber que podrían lograr tanto pero anhelan tan poco y temor de poder terminar así un día. Hoy he descubierto que necesito salir de barreras y buscar siempre los límites de mi mente y mi cuerpo, de mi curiosidad y mi humanidad. Hoy no creo que todos deban corre una carrera, pero sí creo que todos deberíamos retar estas creencias y perder el temor de explorar porque una persona que ha cesado de buscar y de aventurarse ha perdido la mera esencia de la humanidad y sus grandes logros. Salgamos a ver cuantos no puedo podemos vencer hoy.

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