-Y necesitas psicoterapia.
-Ajá. Fue lo único que respondí, mientras en mi mente la única respuesta era NO. Cuando me pongo a racionalizar mis resistencias me doy cuenta de que son absurdas, como la vida misma, y que más me valdría darle otra oportunidad al análisis -la única vez que lo intenté salí peor de lo que entré-.
-Es más fácil aceptar que necesitas ayuda a seguir negándolo.
Eso cree usted, que está del otro lado del escritorio improvisado con una mesa de plástico, del lado seguro, cerca de la puerta, por si algún paciente se le pone loco, o mejor dicho, agresivo, porque locos estamos todos. ¿Habrá sido un paciente el que le causó esos rasguños que trae en la nariz? Trata de tapárselos, pero son demasiado evidentes. Todo él es un ejemplo de rectitud. Su peinado perfecto, su pantalón pulcramente planchado, sus manos limpias, su mirada tranquilizadora, y su voz fuerte pero estable.
-Ya veo, entiendo, háblame de esto, de aquello, te voy a subir la dosis.
¡Más drogas! Otras drogas. ¿Porqué estas no están funcionando? ¿O no funcionan como deberían?
– Los ansiolíticos actúan inmediatamente, los antidepresivos tardan entre ocho y diez días, si no te sientes mejor ven a verme la próxima semana, de otra forma dentro de quince días está bien, y no te olvides de la psicoterapia.
No, no me olvido doc, cómo me voy a olvidar de este fantasma que traigo en la espalda y de todos los que lo acompañan. Cómo me voy a olvidar de que la gente crea que hablar me hará sentir mejor y que incluso puede llegar a ser suficiente, cómo me voy a olvidar de que me digan que estoy exagerando, “que me entienden”. Nadie entiende. No si no lo ha vivido. Y aún, quien lo ha vivido me dice que se puede salir sólo, sin pastillas, sin doctores, -sin vida, pienso yo, pero no lo digo-. Cómo me voy a olvidar de que la otra psiquiatra me cobre consulta nada más por mandarme a hacer unos análisis y que el internista me diga que tome agua y haga yoga y que trate de encontrar el sentido de mi vida. Cómo me voy a olvidar de estos temblores, de esta ansiedad, de las sombras, de las voces, de los reflejos, del insomnio, de mi mal humor y de mis arranques de llanto. Cómo me voy a olvidar del miedo de salir a la calle, de ir mirando hacia atrás porque siento que alguien me sigue, del estrés que me produce estar mucho tiempo fuera de casa, cómo me voy a olvidar si tengo en el buró cinco cajas de pastillas diferentes. Tengo 25 años y tomo cinco pastillas diferentes ¿qué me espera? ¿Hasta cuando voy a estar drogándome para ser funcional? Los doctores dicen que un año, mínimo, pero que puede volver en cualquier momento, casi que cuando quiera, y yo no quiero que vuelva así que tal vez me haga la mejor amiga de las pastillas rosas y las blancas, y las gotas y todas las que se acumulen.

En la universidad escuché hasta el cansancio que la enfermedad mental es un tabú, que está “mal vista”, que no es aceptada, ni por el paciente, ni por los familiares, a veces ni por el sistema médico. Pure bullshit. Uno no sabe de lo que se trata hasta que está dentro de su misma piel. Hasta que el médico más prestigiado te dice que tomes agua y hagas yoga y que todo va a estar bien, que tu mamá te dice que qué te pasa, si ya estabas bien ayer, y que le “eches ganas”, hasta que te encuentras a ti misma odiándote por cualquier motivo, y odiando a los demás por todos los motivos.

Un cambio de doctor, una segunda opinión, una tercera, todos coinciden, tengo que aprender a vivir con esto. No sé si pueda. O si cambie de vida cada seis meses que tenga otro episodio y quiera mandarlo todo a la mierda. Ahora lo veo con más claridad, me releí los síntomas que sabía de memoria y había querido olvidar, y vi los mismos signos y síntomas que escribí en un cuadernito para que no se me olvidaran a la hora de narrárselos al psiquiatra.

-Disculpa que ponga el diagnóstico en la receta, lo solicitan las farmacias aunque a mí me parece una falta de respeto.

No se preocupe doc, hace mucho que me dejó de importar lo que piensa de mí la de la farmacia…

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