Soy de la generación de mujeres que pueden cargar su propio garrafón, o al menos eso me gusta creer. Resulta que a mí y a mis contemporáneas se nos permite usar la píldora anticonceptiva, al tiempo que se nos exige terminar una carrera. Se nos permite votar, al tiempo que se nos exige trabajar y ser mamás. Se nos permite participar de la vida política, económica y social, al tiempo que se nos exige estar jóvenes y bellas eternamente. Soy de la generación de mujeres que no lucharon por votar, ni por usar la píldora pero lo están haciendo al tiempo que se debaten entre luchar por el amor de su vida y su trayectoria profesional. Soy de la generación de mujeres que saben que no van a encontrar un príncipe azul, pero no dejan de buscarlo. Somos mujeres desorientadas, yo creo, porque tenemos más opciones de las que deberíamos. No me malentiendan, lectoras, pero hace 100 años las mujeres sólo debían casarse, y hace 50 sólo debían luchar por tener la elección de no hacerlo y hoy debemos hacer las dos cosas y además creer que todo es posible y conseguirlo. Es demasiado, para cualquiera, tenga pene o no lo tenga. La vida nos presiona demasiado para ser mejores, para ser más, para darlo todo, para llegar más alto. Hay quienes se quedan en la base,  en lo seguro, donde no hay vértigo ni escalones y el cuello sólo se tuerce por mirar hacia arriba, y está bien. Hay quienes suben un poco, y deciden que están cómodos con mirar entre las copas de los árboles y disfrutar al mismo tiempo de su sombra, y también está bien. Hay quienes llegan al primer mirador, o al segundo, y se empiezan a sentir exhaustos y dejan de sentir la sombra y llega el primer mareo y deciden que es mejor parar, que seguir es arriesgado, y ellos son sensatos. Hay quienes pasan los escalones, porque empiezan a disfrutar la vista una vez pasados los mareos, pero se encuentran que más arriba todo es resbaloso y confuso, y que sería mejor parar, y esa es la mejor decisión en su caso. Hay quienes llegan hasta el letrero, y lo ven, y ahí se detienen. Ese letrero borroso que dice “no siga” y que algunos, los últimos, decidimos ignorar, porque vemos que hay algo un poco más allá, y queremos llegar hasta ahí. Hasta el final, nuestro final, desde donde se ve todo lo visible y lo invisible desde abajo. Desde donde el vértigo se convierte en paz y el cansancio en aliento y la respiración se normaliza y hasta se purifica.

No voy a vanagloriarme, queridos lectores. Yo ni siquiera hubiera llegado a la casilla de registro si no hubiera sido porque tengo la fortuna de tener pocos pero buenos amigos, y uno de ellos me miró con cara de “don´t be a pussy” y yo decidí que todavía tengo orgullo. Gracias Omar, por -esta vez- llevarme más allá del límite de mi pereza, prometerme que iba a valer la pena y cumplirlo, por tenderme la mano cuando sentí que me caía y mirarme con desafío cuando sentí que ya no quería, y por recordarme que aunque haya veces que no quiero ni salir de la cama, soy capaz de subir una montaña.

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