Las gotitas son una medicina controlada y son para que no me den convulsiones… o en teoría eso dice en internet, la doctora dijo “impulsos nerviosos desorganizados” y “estabilizarme” porque soy “fluctuante”, poco después de preguntar si había tenido alucinaciones y escuchar con atención sobre las “sombras” que a veces veo. La pastilla rosa, la chica, la cara, esa es pura y dura para la depresión, y más me vale hacerme su amiga porque vamos a tener una relación larga. La pastilla rosa, la grande, la que también toma mi hermana para su “migraña” resulta que también es para los “impulsos nerviosos desorganizados”, supongo que han estado tan desorganizados durante tanto tiempo que me dejaron venir toda la artillería pesada. La amarilla, la más pequeña, esa es por si todo lo anterior falla, para no engendrar a nadie que tenga que venir a este mundo a soportar una madre depresiva y las vicisitudes que eso conlleva. No culpo a mi madre, lo trae en los genes, también su padre y mis tías y tíos entre los que se reparten desigual pero generosamente múltiples enfermedades mentales que van desde ataques de pánico hasta esquizofrenia. “Traes un componente genético muy pesado”, dijo la doctora sin más ni más y como si hubiera descubierto en mí una mina de oro. Le dije, en el punto en el que estaba, que no creía en la terapia psicológica, en cosas que ya sabía que me iban a decir y que no me hacían sentir mejor. Me dijo que “nosotros”, como si yo entrara en tal grupo, creíamos que con hablar se curaban las enfermedades. Yo lo que quería eran drogas, y las conseguí. Las drogas no van a tomar mis decisiones, eso es verdad, pero al menos espero que me hagan sentirme menos miserable al respecto. Espero que las drogas me ayuden a no ver una azotea como un bungee o a pensar en el futuro con más ánimo que si fuera una sala de tortura. “Tienes que aprender a vivir con tu enfermedad” y ahí fue donde todo me golpeó. No son sólo imaginaciones mías: es real. La ansiedad, los terrores nocturnos, la desesperanza, la tristeza, famosa pero menos importante que la angustia, el miedo y la culpa, son todos reales. También son reales los efectos secundarios: la somnolencia, los temblores, el empeoramiento de los síntomas, las contraindicaciones y la dilatación de las pupilas que hacen que mi madre me diga, una vez más, que para qué tomo esas cosas, que no las necesito, que me aliviane, que todo va a estar bien, que cambie de vida, que me vaya, que ella no me ve tan mal, cualquier cosa que nos ayude a esconder bajo el tapete o dentro del clóset que estoy “mal de los nervios”. En fin, de cualquier forma esa fortuna que gasté presa de la desesperación en una farmacia, y que ya estoy contando entre mis gastos corrientes, va a tardar por lo menos un mes en hacer efecto, si lo hace, y yo voy a volver al consultorio cada que la doctora crea que necesito seguimiento, lo que necesito son ganas de vivir, no seguimiento, lo que necesito es dormirme hasta que el dolor y la angustia pasen y lo que necesito es que dejen de decirme que todo está bien, cuando lo único que puedo sentir es que no lo está.

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