Captura de pantalla 2016-02-10 a la(s) 15.23.23Hace poco viajé a Guadalajara y visité el hospicio Cabañas. Me encontré con una exposición de David Shrigley; “Lose Your Mind”. Me sentí atraído por su estilo irónico y su sátira y sentido del humor ácido. A medio camino de mi recorrido me topé con una instalación muy curiosa. Un proyector empujaba contra la pared un video, en el veía solamente un fondo blanco y una mano con los característicos trazos del artista sostener un vaso con un dado, después de agitarlo la mano tiraba el dado sobre una mesa resultando en la cara del uno mirando hacia arriba. Acto seguido la mano colocaba el dado nuevamente en el vaso y volvía a tirar…para volver a conseguir un uno. Y así en un loop sin fin.

No pude evita quedarme parado viéndolo durante varios minutos, su simplicidad me dio de inmediato una sensación de vacío, de tedio, de absurdo, de algo incompleto y a la vez hipnótico, de algo que te absorbe pero que, de la misma forma, te deja la impresión de tiempo perdido cuando decides avanzar.

No es tiempo perdido por el mero hecho de observar la obra, es simplemente que su contenido abre un pasaje a una cuestión que más tarde comprendí y encontré totalmente absurda; la forma en que pasamos nuestra vida entera en muchas ocasiones.

Al irme de ahí reconocí en muchas de las personas que habitan este mundo al hombre que siempre tiraba uno con los dados. Vidas que podrían crear, sentir, maravillarse y maravillar pero que optan solamente por depositar el dado dentro del vaso y tirar. Tirar un uno, un dos, un tres, un cuatro, un cinco o un seis. No importa. No importa porque son vidas que prefieren dejar al azar lo que deberían tomar en sus manos, esperan siempre obtener un número, un resultado diferente. Asumen que la libertad es tomar ese dado y tirarlo.

No nos damos cuenta que la verdadera libertad está en hacernos responsables de la consecuencia de nuestros actos, en asumir que nosotros decidimos el siguiente movimiento y que el resultado es consecuencia de lo inmediatamente anterior. Preferimos abrazar al azar y pretender que solamente tiramos un dado a la mesa, atamos nuestras acciones a los designios de la probabilidad creyendo que es una voluntad suprema, un algo tratando de decirnos todo sin acabar de significar nada. En este proceso nos embrutecemos e involucionamos hacia una postura de victimización. No decidimos, deciden por nosotros. No actuamos, observamos. No sentimos y tampoco pensamos, nos adormecemos corazón y mente. Perseguimos el ideal de regresar a ser niños sin responsabilidades, sin capacidades, perseguimos volver a ser capaces de creer que algo desaparece si no está justo frente a mí, siempre con éxito comprobamos cuando es demasiado tarde para volver a ser personas otra vez. Ese hombre apático, pálido, tibio, indiferente, alienado, desinformado, desensibilizado, intoxicado, marioneta, papalote, irresponsable e intrascendente seguirá lanzando el dado una y otra vez. El uno seguirá aflorando una y otra vez. Jamás nada cambiará porque ha renunciado a su libertad y responsabilidad, a su humanidad, y en el camino perdió el propósito y la sensibilidad. Definitivamente es más fácil dejar que el dado decida por nosotros. Definitivamente espero que nadie escoa esta opción.

Alguna vez me he visto tentado a tomar el dado y dejar que sea el quien decida, seguramente tú lo has hecho alguna vez. Para mí y para ti nos digo; NO lo hagas. Toma el dado, arrójalo a la mesa, date media vuelta y no regreses. Sólo tú tienes las riendas de tu vida (si decides tomarla). Al carajo el dado, el hombre adormecido que renuncia al azar se vuelve hombre doliente, sí, pero el hombre doliente se vuelve hombre que trasciende y hoy más que nunca este mundo necesita personas que trasciendan su propia existencia y vean al otro, al que está enfrente.

 

“La verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo al presente.”

-Albert Camus

Advertisements