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Cada vez que me he sentado a escribir algo que hay dentro de mí es porque hay algo turbio que no me deja descansar. Podría decir que escribo cuando no me siento sano, cuando las letras melancólicas o los tiempos irascibles  son el pan de cada día. Recientemente me había sentido muy lejos de estos humores. Estos días habían sido buenos. Ahora solo me encontraba preocupado por la vida cotidiana, por andar sobre  un corriente y ordinario camino en el que todo el mundo parece sumergido. Y luego algo pasó, algo grave y nefasto, pero al mismo tiempo lleno de paz.
Meses atrás, estuve en la consulta donde tuve la oportunidad de conocer a un hombre mayor. Él tenía los mismos pensamientos de incertidumbre que existen en cualquier padre de familia: si en verdad había trabajado lo suficiente para darle un mejor futuro a sus hijos, si debió haber hecho más por ellos para que fueran personas de bien, si eran felices con las vida que estaban llevando, etcétera etcétera. Este señor parecía haber perdido la energía para seguir adelante.
Además, presentaba una característica muy particular. Había perdido la capacidad para nombrar los objetos de uso diario en su casa. Tenía que decir las características de las cosas que quería para darse a entender, cuando quería la leche –lo blanquito–,  cuando quería el cuchillo pedía –el que corta–, si necesitaba el jabón –el que lava–, y cuando quería decir el nombre de sus familiares prefería llamarlos con apodos de antaño, porque en su cabeza no encontraba los nombres por ningún lado. Desde luego que esto no ayudaba en nada a mejorar su estado de ánimo, le dificultaba tener una conversación y tardaba mucho en expresar sus pensamientos.
Sus familiares pensaban que era un problema de memoria, pero cuando se realizaron algunos ejercicios para explorar esta capacidad se pudo ver que en realidad sus recuerdos se almacenaban correctamente, el problema era para expresar esa información. Se trataba de un tipo de alteración del lenguaje y su causa era difícil de especificar podía ser alguna enfermedad como Alzheimer que había comenzado por esa área o algún microinfarto cerebral  que de algún modo interrumpió el complejo mecanismo por el cual accedemos a las palabras. Sea cual fuera el diagnóstico había muchas cosas que hacer.
En múltiples ocasiones me reuní con el señor y cada vez parecía un poco más animado. Puede ser porque cuando iba conmigo lo acompañaba su familia y entonces hacía un pequeño viaje juntos cada semana o porque algo se llevaba de cada visita. No importa realmente. Cada vez nos conocimos más. Algunas reuniones eran más melancólicas que otras, pero recuerdo que en una muy particular nos despedimos con un abrazo, con el pretexto de que si no podemos encontrar la palabra adecuada, un gesto siempre hablará más claramente por nosotros.
Todo parecía ir bastante bien hasta que un día tuvo una caída. Durante su visita a un restaurante perdió el equilibrio o le faltaron las fuerzas (no sabemos) y se desprendió del suelo estrellándose contra una puerta de vidrio que de inmediato se trozó en miles de pedacitos pequeños que permanecieron en el suelo. A partir de ahí todo fue muy confuso, salió el gerente del lugar, los clientes se asomaron llenos de curiosidad por ver algo diferente a sus tediosas vidas, el chef dejó su puesto para ver qué podía hacer, el señor estaba confundido sobre lo que pasaba, su mujer no sabía exactamente qué hacer, llegaron los paramédicos y encontraron al señor revuelto en sangre pero consciente. Lo atendieron y, aparentemente, no pasó a mayores. Pudo ponerse en pie y regresar a casa sin más.
Después de eso vinieron semanas buenas para el señor. Llegaron las fiestas decembrinas y su ánimo mejoró bastante. Comía más, reía más y convivía más. Tuvo días buenos en los que se reunió con toda su familia, fueron vacaciones donde se olvidaron de cualquier otra cosa que no fuera disfrutar a sus seres amados y darles fuertes abrazos que atesorar.
Cuando vi al señor después de eso, lo noté más deteriorado. Actividades sencillas que antes podía haber realizado se vio incapaz de hacerlas pero la familia lo parecía ver mucho mejor. Ya no lo veían triste sino animado y risueño, muchas de las quejas que habían llegado a tener sobre él habían desaparecido, sus días eran más plácidos y llevaderos. Cuando hice notar este decaimiento del rendimiento del señor en el equipo de trabajo aparentemente no fue muy relevante, se hizo mucho hincapié en la gravedad que había tenido la caída y en que debía ser supervisado, que cualquier cosa fuera de lugar que notaran debían inmediatamente dirigirse a urgencias pues, aunque de momento no se presentó nada, la situación podía complicarse. Ahí nos despedimos.
Al día siguiente, el señor fue llevado de urgencia al hospital, tuvo convulsiones y la tomografía mostró múltiples infartos lacunares. Estuvo inconsciente la mayor un par de días y con una cánula todo el tiempo. Cuando despertó, únicamente lo hizo para lograr despedirse de su familia con la mirada. Falleció momentos después.
Yo me enteré al día siguiente y fue triste. Me di cuenta que tal vez fue lo mejor para el señor. De alguna forma sé que había dado en su vida todo lo que estaba en sus manos. Para mi no es la primera vez que me entero del fallecimiento de uno de los adultos mayores que he atendido y con los que he trabajado. Sé que probablemente todas las personas mayores con las que trabaje morirán antes que yo. Pero es que me objetivo en la vida nunca ha sido darles más tiempo a vida a ellos, sino que sus últimos años puedan tener una atención más digna.
–Hola Christian, quería avisarte que mi papá falleció anoche (…), sé que en parte fue por ti y la doctora que él pudo estar mejor en sus últimos días–.
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