Cada mañana cuando salgo de casa pienso en las cosas que haré en el día. Pienso en mis pendientes de la oficina, si veré o no a algún paciente, tal vez iré al súper mercado a surtirme de alimentos o vaya por mi ropa a la lavandería, con un poco de suerte puede ser que vea a un amigo, quizás mire una película con mi novia. No puedo decir que tenga la certeza absoluta de que al final del día regresaré a mi casa porque estoy consciente de mi condición mortal y sé que cualquier día podría ser el último, ¿qué sé yo?, un choque, algún accidente, mil cosas. Sin embargo, siempre tengo esperanza de que regresaré, quizás por fe, quizás porque aún está en mis manos, aunque sea un poco, el prevenir que suceda. Sea esperanza o sea pensamiento mágico la verdad es que al salir de casa con el sol todos esperamos volver al anochecer y lo tomamos como un hecho, como algo integrado a una rutina, a un orden natural. Pero ¿qué sucede con aquellos que salen a hacer su vida y no regresan?, ¿qué pasa cuando la posibilidad de un imprevisto, un accidente, un berrinche, incluso de la muerte se descartan y tu familia se da cuenta de que no regresarás y que no es debido a tu voluntad?, ¿podemos tolerar la idea de vivir en un mundo donde siempre salimos pero no sabemos si regresaremos con bien? Me aterra pensar que en este momento, en este lugar, vivimos una era de desapariciones forzadas y, finalmente, ¿qué son?, su mera definición es ambigua. Sustraer a una persona, privarla de su libertad contra su voluntad y con carencia de una orden judicial, hacerlo comendado, ordenado o respaldado por una institución oficial o delincuencial organizada que no admite estar involucrada, retenerla con el fin de negarle el amparo de la justicia. La realidad que en algún momento pensamos que era fantasía sólo perteneciente a otras latitudes se respira hoy en nuestra atmosfera y es tan pesada y tan triste. Tiene color y tiene sonido. Tiene el color gris de la opacidad, de los ojos que no quieren ver, no porque no puedan, sino porque prefieren ignorar y voltear a otro lado, son aquellos niños con cuerpo de adulto pero que mantienen la misma lógica infantil; si no está frente a mi desapareció, si no lo veo no existe, sin saber que ahí, tras la espalda de su interlocutor la pelota sigue existiendo, tan real como siempre. Tiene el sonido del silencio en la alcoba de una persona que no llegó a dormir, el sonido del llanto de una madre que sabe que su hija no se iría sin decir palabra, de los golpes al aire de un padre que no entiende que una persona pueda irse sin dejar rastro, de la línea telefónica que nunca enlaza cuando un hermano llama por teléfono aun cuando la respuesta solía ser instantánea y las pláticas eternas, tiene el sonido de la voz de una madre que se rompe en llanto al no pedir otra cosa más que justicia y certeza por su hijo que hace 9 años se fue y no regresó. Me aterra pensar que la palabra desaparecido se ha normalizado en nuestro vocabulario cuando hace diez años no hubiéramos sabido a qué se refería. Me aterra pensar que podría llegar a pensar que esto es normal (aunque siempre usaré todas mis fuerzas para negarme) en base a caras nuevas pidiendo ayuda para regresar a casa en las redes sociales, en espectaculares, en la televisión y la radio. Nunca he tenido que pasar por una situación así y sin embargo me preocupa y me rompe el corazón a partes iguales conocer a personas  que coexisten conmigo en esta urbe, a sólo kilómetros de distancia, y saber que han tenido que atravesar por un dolor inexplicable en cualquier idioma. Y es un dolor inexplicable porque es una pregunta sin respuesta; ¿a dónde van los desaparecidos?, ¿dónde están casi trescientas personas en Querétaro y más de veintisiete mil en el país que salieron de casa y nunca volvieron?, ¿qué les decimos a sus seres queridos?, ¿cómo se vive sabiendo que esa persona a quien tanto amo no tiene para cuándo regresar?, ¿cómo se vive cuando me aterra que esa persona esté muerta pero ni siquiera tengo esa certeza para poder llorar mi dolor? Son preguntas sin respuesta porque no hay actos aislados, esto nos carcome a todos y este dolor es de todos. ¿A dónde van los desaparecidos? No lo sé, pero anhelo que todos busquemos con uñas y dientes, por debajo de la tierra, hasta encontrarlos, anhelo una autoridad humana, anhelo descanso para e que se fue y por el que se quedó, anhelo justicia. Anhelo que todos nosotros que tuvimos la fortuna de volver al hogar alcemos la voz y gritemos por esos padres, hermanos, abuelos, hijos y amigos que siguen extrañando, que siguen esperando. Anhelo que nos fundamos en un solo grito para propulsar su llanto y encontremos un faro que los traiga de vuelta a casa. Esto no es normal. No descansaremos hasta encontrarlos.

Yosheline-Arenas-Heredia_ESPECIAL

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