Estamos solos, no sé quien esté más, si tú, con tu soledad evidente y alejada, o yo, con mi soledad cercana y acompañada. Estamos solos por cobardes, porque entre dos cobardes no puede haber amor. Estamos solos porque así quisiste, porque sin importar en qué tono te pregunte si me amas tu respuesta siempre es un silencio, en el mejor de los casos. En el peor, un no sé. Estamos solos, y no sé hasta cuando sigamos así, hasta que me entere por una casualidad que por fin alguien te llenó el ojo, y que no fui yo. O hasta que… no sé, no sé que más nos pueda pasar. Nos hemos dejado tantas veces, te he dejado tantas veces, eres como dejar de fumar, tan fácil que lo he hecho una y otra vez con el mismo éxito mediocre. Te odio, ya te lo dije, porque me empujaste al borde de un abismo interminable. Porque cada efímero segundo de felicidad a tu lado representa días y días de desolación y de angustia, de incertidumbre y de evidente infelicidad: sólo me haces darme cuenta de lo infeliz que soy. De que teniéndolo todo estoy completamente vacía. De que la farsa crece y crece y yo me voy quedando pequeña en medio de la tormenta. De que no me quieres. Sin importar que digan tus ojos, tus manos, tus labios. Tus actos siguen siendo los mismos y cada vez están más lejos de ser los que yo quiero que sean. Ya no tengo fuerzas para pedírtelo una vez más. Ya no tengo cara para enfrentarme a la realidad, ya no tengo ganas. No tengo ganas de levantarme en la mañana, de verle la cara a un extraño y explicarle porque los códigos funcionan como funcionan y que me discutan y lo único que quiero decirle es “tienes razón, nada funciona en este pinche mundo en el que vivo”. Eso es lo que me haces ¿cómo puedo estar tan aferrada a alguien que me hace tanto daño? ¿cómo puedo perdonártelo todo, una y otra vez, que me veas sufrir por ti, que me veas rogarte, que me vas los ojos llenos de agua porque te vas? ¿cómo puedo pedirte una y otra vez que lo reconsideres, que me digas que tengo una oportunidad? ¿cómo puedo ser tan estúpida? No debí perdonarte la primera, debí añejarte el rencor, para que cuando regresaras pudiera tirártelo todo en la cara con la misma sangre fría que tu lo hiciste. Eso me hubiera protegido. Pero fui tan bondadosa que decidí perdonarte y perdonarme, decidí liberarme, dejarte libre para que pudieras ser feliz, como si un infeliz como tú fuera capaz de tal cosa. Debí aguantarme las ganas, debí pensarlo más y no dejarme llevar por la emoción del reencuentro, del primero, del segundo, del tercero. No debí tomar ningún avión, no debí esforzarme tanto por ti. Te me has muerto tantas veces, te he llorado tantos duelos, te he dejado ir de tantas formas. Y aquí sigues, como una sombra en la ventana que no se quiere ir, pero tampoco pasa. Pasa o vete, pero ya no te quedes en la puerta porque me estás asfixiando, me estas quitando las ganas de vivir con tanta incertidumbre y tanto miedo, me estás haciendo doler el pecho igual que la primera vez, al punto en que creo que me voy a morir, que sería mejor hacerlo. Nadie se muere de amor, dicen, pero algunos llegamos a sentirlo. Ese hueco, esa llaga, esa grieta en el pecho que no se va a curar con nada, ese conflicto irresoluble que no puede y no quiere curarse, esa esperanza estúpida al fondo del alma, de que se puede, de que un día todo va a ser diferente. Me repito que necesito tiempo. Me repites que necesitas tiempo. Se nos está yendo la vida ¿qué no lo ves? ¿que no lo entiendes? No nos estamos haciendo más jóvenes, por favor, entiéndelo, date cuenta de una vez por todas de que se nos está haciendo demasiado tarde. Te quiero y te quiero hoy, y ya no quiero esperarte. Ya no quiero esperar un tren que no sé si va a venir, que no se si viene hacia mí, no sé a qué velocidad, que no trae luces y que no se para en mi estación, un tren que sólo me atropella y me deja herida o medio muera, pero al que me aferro a subirme. Ya no te puedo seguir esperando así. Yo quiero pensar que ese beso fue una promesa, pero más bien creo que fue una despedida.

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