Enero ha traído muchas ideas revueltas pero no tanto inconexas a mi mente. El otro día leía un artículo con tono de crítica hacia la psicología positiva. Nos advertía del peligro de crear pequeños monstruos déspotas y narcisistas que dieran demasiado peso a las llamadas emociones “positivas” y que vivieran en búsqueda de un perpetuo hedonismo esquivando emociones “negativas”. Por otro lado, acudí a un foro sobre “ciencias de la felicidad” y he continuado interesado en la logoterapia desde hace ya años, cuanto más leo más me convenzo no salí de este lugar o de alguna de mis lecturas convencido de la idea de que la felicidad es un hedonismo de buena vibra y banalidad, al contrario, creo que si pudiera retomar una sola idea de todo esto sería aquella que ve cultivar las emociones positivas y, en general, el desarrollo humano en base a las emociones negativas y a todo lo que el ser humano promedio experimenta en su vida como la tristeza, el dolor, la pérdida, la desesperación, la ansiedad y la frustración. Más que asimilar que debemos de ser yuppies que encuentren su dosis en la forma de una emoción positiva fácil y rosa, alienados de la realidad y evadidos de cualquier cosa que resulte ser ligeramente dolorosa debemos darnos cuenta que el camino a esa felicidad es la resiliencia y la superación de aquella miseria y marginalidad presente en casi cualquier contexto humano por más que queramos edulcorarlo con cápsulas de negación. Esas partes podridas, dolorosas, vergonzosas, que nos gustaría esconder, esos momentos en que nos gustaría cerrar los ojos, esos segundos, horas o días en que nos gustaría ser insensibles y menos evolucionados para no tener emociones más que comer, dormir, defecar y tener sexo, esa parte oscura que a veces sintiéramos amenaza con devorarnos. Esas partes potencialmente (no exclusivamente) pueden llevarnos a descubrir lo mejor de nosotros mismos. Muchas veces nos preguntamos (y me han preguntado); ¿por qué dedicas tiempo a esto?, ¿por qué usas tiempo, energía y, sobre todo, dinero, en esto?, ¿por qué no valoras tu vida?, ¿por qué no haces cosas más propias de tu edad?, ¿por qué no te dedicas a facturar primero y ver por los demás después?, ¿por qué no ayudas a alguien desde la comodidad de tu zona de confort? Muchas veces escucho a personas decir “que triste, que deprimente, que tragedia”, “jamás tendría fuerza para eso, me deprimiría demasiado” y así podríamos seguir con la lista hasta que nos dé lunes.  Conozco a muchos que han dedicado sus vidas y su humanidad entera a velar por el indefenso, por el oprimido, por el que ha sido tratado con injusticia, por el miserable, por le marginado, por el desnudo, estamos lo que tratamos de poner un grano de arena pero podríamos hacer mucho más y después están los que no quieren hablar de eso porque es “muy triste”. No pretendo decir que absolutamente todas las personas deberían de involucrarse en causas complejas, demandantes o potencialmente desgastantes (que eso sí, pueden serlo) si no lo desean, cada quien puede contribuir a mejorar esta realidad que vivimos con su trabajo y sus acciones sin necesidad de pasar a ser el próximo Luther King o un renombrado activista. Lo que no entiendo es visualizar lo positivo como egolatrismo narcisista y megalomaniáco y lo marginal como triste, depresivo y última opción que no deberíamos “forzarnos” a nosotros mismo a vivir porque no nos tocó caer ahí y no deberíamos “sufrirlo”. ¿Acaso no es posible que cosas maravillosas surjan del más terrible sufrimiento, de la marginalidad, de lo diferente, de lo estigmatizado, de la miseria, del dolor, de la tragedia, de lo terrible, del más espantoso dolor? Y esto que surge ni es rosa ni es hedonista porque el dolor te pega chingadazos magistrales pero tampoco es depresivo porque el dolor transforma y construye, y eso amigos, lejos de ser tragedia es el florecimiento de todo lo que podemos llamar humano y hermoso. Hoy entiendo esto y he tenido la fortuna de ver situaciones que sí, son terribles para aquellos que las viven y deben ser por sobre todas las cosas combatidas, pero que también renuevan un dejo de esperanza lejos de deprimir, porque no hay nada más bello que aquello que nos lleva al límite, que nos sacude, que nos cimbra, pero que nos hace recordar que existe aún lo humano por sobre la injusticia y la tragedia. Su nombre era Alex, tiene 16 años y venía desde Honduras, lo encontré un domingo por la tarde, había llegado el día anterior corriendo mientras seguía el camino trazado por las vías. Huía de SEICSA, la nueva corporación que vigila a la bestia, tienen un nombre nuevo pero se dedican a lo mismo que la empresa anterior; disparar, golpear, robar y amenazar migrantes. Alex y sus amigos, unos niños que no rebasan los 22 años se quedaron adoloridos, confundidos y sin dinero, temerosos de que el hambre, la sed y el frío llegaran mucho más pronto de lo que pensaron. Alex ha pasado muchas más cosas desde el 24 de octubre que yo y la gran mayoría de personas que conozco a una edad en la cual debería estar sentado en un salón de clases preocupado por aprobar el examen de matemáticas, lamentablemente la vida no lo quiso así y el hombre contribuyó a su exilio. En medio de su periplo y a medio camino en un país extraño, después de vivir la persecución y arriesgar su vida Alex no piensa en eso, él sólo se concentra en jugar futbol y en llegar a Los Ángeles, su propia versión del edén. Su sueño es cruzar la frontera y escribir canciones, lo que más anhela en la vida es cantar. Ese día entendí que lo brutal puede llevar al hombre a ser, a ser todo lo que puede llegar a ser, a ser un ser humano. Quizás el new age y los pesimistas nunca entiendan que el dolor derrumba pero también construye, que el dolor, la tragedia y la injusticia nunca se glorifican ni se justifican pero que ese niño no necesita Prozac y sus sueños tampoco son evasivas a su realidad, que su sufrimiento no lo ha degradado, lo ha hecho crecer y tocar su parte más profunda, que ese niño está lejos del ego y el vacío y cerca del sentido. Si eso no es esperanzador no sé qué sí lo es.

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