Vivo en Querétaro desde hace ocho años. Llegué aquí para estudiar la universidad y buscando un lugar diferente al que conocí por dieciocho años. Aquí he tenido algunos de los mejores momentos de mi vida. Conocí amigos entrañables que marcaron las épocas de mi vida hasta hoy en día. Aquí encontré y perdí personas. Viví en diferentes realidades y fui diferentes sujetos que aún habitan mi ser en diferentes noches. Aquí termine teniendo un hogar y una pareja. Aquí he encontrado algunas de las causas, mentes y espíritus que me han inspirado a tratar de ser lo que puedo ser y no sólo lo que soy, brújulas en este periplo que transito desde que nací. Aquí he conocido algo de la peor miseria humana y también hombres de a pie convertidos en héroes por su prójimo.

Fue en esta ciudad donde me encontró esa crisis de la juventud que nos ataca cuando terminamos una carrera y nos preguntamos; y ahora, ¿qué putas hago de mi vida?. Ese momento en que uno abandona las fantasías hedonísticas y se da cuenta que las cuentas tienen que pagarse y el estómago necesita algo más demás de cerveza. Justo cuando te das cuenta que la visa se disfruta…pero no es gratis ni fácil. Aquí aprendí a trabajar mis necesidades.

Si me pongo a recordar todo esto no es por nostalgia o porque anhele demasiado épocas pasadas, sino porque últimamente el mundo me ha hecho pensar en las particularidades de esta ciudad y sus habitantes, los que nacieron aquí y los que hemos llegado con el paso de los años. Pienso en sus diferentes realidades o, al menos, las que han insistido tanto en trasmitir en spots en todos pinches lados. Esa ciudad que ha sido un bastión del desarrollo económico, con su industria que crece y crece, que deja riqueza y empleo para los ciudadanos, esa metrópoli segura y resguardada en donde las historias de violencia tan recurrentes de otros estados no son más que mitos lejanos, esa ciudad casi idílica para criar a una familia en donde la paz y la tranquilidad de “provincia” (¿qué chingados significará eso?) se mezcla con el crecimiento, la empleabilidad y la modernidad de las grandes urbes.

En otro rincón de materia gris pienso en toda la gente que vive fuera de esta mancha urbana y muchos de los que sí tienen lugar dentro de sus fronteros. Pienso en la carencia, la miseria y las historias de abandono y marginación que se entretejen y mandan a miles fuera ya no de la ciudad o del estado sino fuera del país hacia un espejismo de sueño americano para ponerles un pan en la boca a sus hijos. ¿Cuántas vidas y cuantas esperanzas no emigran con una mochila llena de sueños y terminan sus días expulsados del paraíso de plástico para emprender un camino de espinas de vuelta o para deambular entre un calvario en el desierto mexicano entre prostíbulos y cantinas? (perdonen el largo de la pregunta, nunca he sido bueno para ser concreto).

Y decía que todo esto no es nostalgia ni anhelo del pasado, es solamente lo que viene a mi mente cuando enfrento una de las realidades más palpables pero más negadas del lugar donde resido. Y es que resido en un estado racista y xenófobo. Es un estado con pocas familias e individuos de padres y abuelos locales, es un lugar que se quedó a medio camino entre la tradición y las costumbres y que se metió un chingadazo de frente con la modernidad. Otrora bastión del conservadurismo y las “buenas costumbres” (que tanto me cagan porque no sé ni que chingados son y sólo sirven para maniatar incautos) la ciudad ansiaba transforman su rostro pueblerino en la gran mancha urbana que nadie esperaba pero quiso hacerlo sin adaptarse a los tiempos que habrían de venir. Y así cada día me topo con cosas que me sorprenden de la ciudad y el estado que (no confundir) quiero tanto y me ha dado tanto. Queremos desarrollo, empleos, industrias, “oportunidades” y “soluciones” pero no queremos tráfico, contaminación, explosión inmobiliaria. Queremos paz en nuestro país y que chinguen a su madre los narcos pero no queremos que la gente que huye de la violencia descarnada de otras zonas se asiente aquí porque ya somos un chingo y pues porque estamos muy ocupados siendo uno de los primeros lugares en adicciones y muertes relacionadas a toda la parafernalia. Presumimos los tesoros de nuestro estado pero queremos que los foráneos los disfruten sólo el fin de semana porque si no se van a querer quedar a vivir y van a hacer más tráfico y se van a venir a vivir aquí y está bien que nuestra publicidad diga que aquí se vive a toda madre pero, oye, eso es sólo para la raza aria que se persigna aquí desde tiempos de Don Porfirio. Queremos que la ciudad siga creciendo pero que sea sólo de los queretanos y al parecer también queremos que se teletransporten porque sólo hay como 4 entre 2 millones de habitantes y aun así desearíamos que esto fuera como un feudo o una línea de sucesión al trono donde sólo aplican los que vivan aquí desde hace más de 30 años. Nos molesta e indigna tanto lo que sucede con bufones como Donald Trump, el holocausto de los migrantes centroamericanos y los dramas de los exiliados sirios que nuestra mejor respuesta es hacer lo mismo con nuestros propios connacionales; patético, incongruente y síntoma de lo que estamos siendo como sociedad. En resumen; queremos colgarle un letrero a la estatua de Conín para que los foráneos den la vuelta, simbólicamente queremos mandarlos a la verga (si no fuera por su taparrabos) porque seguramente ellos nos muestran las nalgas cuando llegamos a sus estados. ¿O no?

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