Llegan las fechas de los arrepentimientos, de los hubieras, de las reuniones con amigos que muchas veces extrañamos todo el año, y con otros con los que ya no tenemos nada en común más que los buenos recuerdos que nos unieron. Llegan las fechas de cenar con una familia que no nos cae bien, con la tía preguntona, con los primos presumidos, con los abuelos que nos consintieron de niños y nos juzgan de adultos. Llegan las fechas de hacer ponche y promesas, igual de calientes y de efímeros los dos, igual de mezclados con la fruta de las culpas y a veces con el alcohol de las ilusiones. Llegan las fechas de darse de topes por todo lo que no pasó, de alegrarse en vano, de añorar a los que faltan. ¿Por qué nos pone melancólicos una fiesta inventada, que ni cae en el día que refiere, y que a fin de cuentas ya no sabemos qué significa? ¿Es el frío? ¿Nos pone melancólicos el frío? Como los pobres nórdicos que se matan porque no tienen luz más de seis meses al año y algo les pasa en el cerebro que creen que es mejor no seguir viviendo… El calor no es la respuesta, al menos no lo fue para mí: no creo que haya en mi vida una época más melancólica que la que pasé a las brasas del Caribe y que hoy veo como algo casi lejano, como el panorama en el retrovisor, que está más cerca de lo que parece pero que nos gusta ignorar. Me gustaría decir que cada vez pienso menos en los hubieras, pero me persiguen, y además ya llegué al punto en que tengo que aprender cómo funcionan para explicárselos a otros, a gente que habla otro idioma y que confía en mí para que les enseñe el mío, como si se pudiera confiar en mí para algo. No sé si esto les pase a todos, pero mi juez interno se emociona con el fin de año y me hace la vida difícil, mucho más de lo que me gusta admitir. Me hace buscar pretextos para preocuparme, razones para rechazarme, motivos para odiarme. Me hace recordar todas las intenciones fallidas, todos los errores, todas las mentiras. Me hace verme en un espejo y repetirme que no soy lo suficientemente buena, que no puedo, que nunca podré. Que esa niña sonriente que me ve desde la fotografía ya no va a volver, que la maté a punta de desengaños y sinsabores, que la maté por descuidada, por confiada, por creer en mentiras, por inocente. Y yo sigo luchando por revivirla.

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