La RAE lo define como la remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente, también como la indulgencia o remisión de los pecados. Muchos hablamos del perdón pero a veces creo que en realidad son pocos los que se han visto en la necesidad verdadera de plantearse si perdonar o no a alguien en su vida. Y es que la mayoría de ocasiones para la mayoría de las personas el perdón se ha degradado a ser una mera palabra que decimos como un pacto o una tregua, como una carta diplomática para transitar por un desacuerdo sin mayor complicación y pasar página, como una negociación que es mero formalismo para evitar expresiones más guturales. Perdonamos al niño que se roba nuestro lápiz o se come nuestro desayuno, perdonamos a mamá por no comprarnos el juguete que queríamos, perdonamos al gañan que nos dio un zape en la secundaria y también al hijo de puta en turno que nos madreo, nos escupió o nos insultó en la prepa, universidad o el grado en que a cada uno le haya tocado. Incluso somos capaces de perdonar traiciones y abandonos, tratos indignos y golpes, ser tratado como mercancía porque es mayor el miedo a estar solo. No pretendo desvalorizar el sufrimiento ni el esfuerzo emocional que ha pavimentado los caminos de cada uno de nosotros porque cada pelea es tan significativa como lo marca el corazón de cada quien sin embargo, honestamente, el mundo últimamente me da muchos motivos para pensar que hemos degradado de categoría al perdón confundiéndolo con pragmatismo para hacernos la vida más fácil. Perdonamos para evitar el conflicto, perdonamos a veces, incluso, para no decir la verdad. Pero tiempos como hoy me hacen preguntar ¿qué es perdonar?, ¿cómo hacemos para perdonar las cosas que verdaderamente cimbran nuestra existencia y amenazan con destrozar nuestra esencia y desterrar nuestra cordura? Hoy veo hacia atrás y desde la distancia segura de aquel que opina pero que no ha tenido que vivir horrores en carne propia me pregunto ¿cómo alguien perdona un acto desalmado de rapiña y maldad pura como los atentados de Paris, de Beirut, de Mali, a la revista Charlie Hebdo, de Noruega en 2011, de Nueva York en 2001?, ¿cómo un padre logra perdonar la pérdida de su hijo y de 43 jóvenes que ni siquiera pueden tener el descanso de una tumba?, ¿cómo logra uno perdonar la desaparición de un familiar, de un ser querido, amado cuando ni siquiera se tiene un culpable a quien apuntar?, ¿cómo perdona el migrante en el lomo del tren a su traficante de personas, al narcotraficante que le rapta, al agente de migración que le vende como ganado, al local que le escupe como plaga, al de otra nacionalidad que le etiqueta como violador, delincuente, escoria?, ¿cómo se perdona el padre que ve morir a su hijo porque está sumido en una miseria que le impide llevarle un trozo de pan a la boca?, ¿cómo se perdona el niño sicario, el niño soldado que mata porque es lo que esta sociedad le ha enseñado?. Y es que hasta el infierno tiene sucursales y categorías para hacernos poner las cosas en perspectivas pero eso no quiere decir que cierre mis ojos a las lágrimas y dolores de los que me rodean y que han llorado sus penas así como yo lo he hecho también. ¿Cómo logra uno perdonar a quien le rompe el corazón y lo orilla a recoger los pedazos después?, ¿cómo se perdonan los propios traumas que uno carga?, ¿cómo se perdonan a aquellos que nos humillan, nos hacen sentirnos indignos, estúpidos, carentes de valor?, ¿cómo se perdona el pasado?. ¿Cómo se perdona a un padre que se fue?, ¿cómo se perdona a una madre que miente?. ¿Cómo se perdonan aquellos que se traicionan a si mismos y se arrepienten?. Y lo más importante; ¿cómo hacemos para perdonarnos a nosotros mismos?, así de simple, así de complejo. Hace algunas semanas leía que el perdón no se trata de hacer un bien al otro sino a uno mismo al quitarnos peso de encima, que el perdón no era olvidar sino reconstruir, resignificar, avanzar. Hoy el reto de la humanidad entera es ser capaz de enfrentar tiempos oscuros, el de mañana será lograr ser capaz de perdonar la atrocidad. De nosotros depende convertir, como decía Frankl, una tragedia del hombre en un triunfo de la voluntad humana. ¿Qué tan capaces somos verdaderamente de perdonar?, ¿qué tan capaces somos de volver los hechos más atroces nuestra mayor fortaleza?

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