La mayoría de la gente que pasa por nuestras vidas hace sólo eso, pasar. Entran un día y se van otro, semanas, meses o años después, sin razón, sin explicación y a veces parece que sin propósito. Casi nadie deja huella, al menos no una palpable, evidente, comprobable. Hasta entre la familia es difícil encontrar a las verdaderas influencias, los que de verdad cuentan, los que sí se quedan. No es que quiera empezar con nostalgias avecinándose el fin de año, pero los que se han ido este año de verdad me dolieron: mi perro, mi mejor amigo, mi sueño imposible. Tres que creí que nunca se irían, porque no nos íbamos a morir, porque nos queríamos como hermanos, porque no se me antojaba acordarme que los perros viven menos que las personas. Quisiera decirles a los tres que no los extraño, que no los necesito, que su paso en mi vida fue efímero, que no me dejaron huella, pero no es verdad, yo lo sé y ellos lo saben, me calaron hasta el alma y su partida se ha llevado un pedazo de mí que nunca voy a recuperar. Su ausencia se nota en mi mirada, su mirada se me quedó grabada. Los extraño, los necesito y me duelen, y me arrepiento de cualquier cosa que haya hecho para alejarlos de mí, si es que fue mi culpa. Si no, si así es la vida, si esta es la forma en como tenemos que seguir nuestros caminos, separados, si está escrito, si es el destino, si simplemente así nos tocó, entonces seguiré haciendo lo que hago todos los días: ignorar que no los tengo, pensar que en algún lugar de este mundo o del otro, ustedes también están pensando en mí, también me extrañan, también quisieran volver a verme, también me sueñan y se despiertan con un nudo en la garganta y un vacío en el corazón que no tienen con que llenar. Seguiré ignorando que me faltan.

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