Vivimos en una época de tiempos demasiados acelerados. El trabajo y la oficina que nos demandan tiempo, que nos demandan rendir, entregar resultados, facturar. Hacer ejercicio y comer bien porque hoy en día todo da cáncer, y lo que todavía no, no tardará en haber un estudio que lo catalogue como cancerígeno. Tenemos que usar el dinero que ganamos, poco o mucho, para vivir día a día; compra víveres, compra ropa, vete de vacaciones, compra un coche híbrido porque el mundo se está calentando como palomitas en el microondas, compra un techo en el que apenas vas a dormir porque hay que trabajar para pagarlo. Nuestras relaciones de pareja, de amistad, de familia también nos demandan tiempo porque esto de la soledad nos dirige con mira infrarroja a la locura y la alienación. De vez en cuando es recomendable también salir y ver más gente, escuchar algo de música, tomar algunas cubas con más agua que coca porque la pinche azúcar está matando más gente que los nazis y los comunistas juntos, ver la película que va a ganar el Oscar, ir a un bar para ensordecernos un poco más que para hablar. Ya no hacen líderes mesiánicos como los de antes así que no nos queda de otra más que sumergirnos en la supercarretera de la información y dejarnos llevar por el culto a la persona, al máximo dios, a nosotros mismos. Debemos de perseguir el éxito profesional, sea lo que sea eso, y dejarnos los pulmones, el alma y la alegría en el camino, cambiar a un escritorio más grande, más números en el cheque de la quincena, más llamadas, ser chingón y empezar a tener personal a cargo (pobres, no saben lo que les espera). Y, por supuesto, debemos adoptar un perrito, eso nos transforma automáticamente en las almas caritativas que tanta falta le hacen a este mundo, eso de voltear a ver a las personas que fueron expulsadas del paraíso, de la gracias de dios, y se encontraron con el infierno en la tierra es cosa de charros y nacos. Tal vez estoy siendo cínico, y tampoco soy tan irracional como para sobregeneralizar (es que también voy a terapia porque soy altamente funcional y equilibrado y a mi ya no me pasan esas cosas), pero a veces algunas vidas, algunas personas, algunos días pareciera ser así y a uno no le queda más que el último reducto de la libertad. Lo que trato de decir es ¿qué queda del hombre si no accede o, más aún, reniega de su propia esencia, de su espíritu?. ¿Qué será de nosotros si esta vida posmoderna nos atrofia y nos consume lo suficiente como para olvidarnos de lo que nos hace ser nosotros mismos?, supongo que para responder a eso deberíamos primero preguntaron ¿quiénes somos?, ¿qué nos define realmente?, ¿qué estandarte sostenemos en nuestro paso por esta vida?, no quiero estar dispuesto a matar por ninguna causa pero ¿por cuál estamos dispuestos a morir?, ¿por quién bien valdría la pena el sacrificio, por cuál bien mayor, por cuál alma?. Cuando esta vorágine de mundo parece querer tragarnos en una nada negra e inconmensurable siempre será bueno reagruparnos y dejar de buscar afuera lo que sólo puede ser encontrado dentro, en el espíritu humano. En ese espíritu que no enferma, que a veces se cansa pero que se resiste a capitular y siempre está ahí. El único punto que busco exponer aquí es este: ¿qué sería del hombre sin principios, sin valores, sin convicciones?, ¿de dónde saldrían las fuerzas?, ¿cuál sería la brújula para navegar?. Un hombre que no busca no encuentra. Así que busquemos en el interior porque…un hombre que traiciona sus principios ha renunciado a lo último que le quedaba en este mundo, un hombre que traiciona sus principios se traiciona a si mismo.

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