Hace mucho que no tenía una comida de sábado con mi familia en la vieja casa de los abuelos. Todo transcurrió según lo esperado; la comida estaba deliciosa, comí como obeso mórbido, hablamos de los mismos issues familiares de siempre. Nada de esto es sorprendente pero la última parte de nuestra sobremesa de horas captó mi atención; hablamos de política y de lo que sucede últimamente en México con este gobierno, hablamos de Ayotzinapa, del 2018, de la casa blanca, el tren México-Querétaro, los impuestos, la reforma educativa, el movimiento magisterial, las marchas y tantas otras cosas.

La conversación se dividió en dos grupos; aquellos que identificaban a los participantes de una manifestación pública como vándalos, delincuentes, alborotadores y causantes de destrozos y otro grupo que validaba este tipo de muestras como método para exigir derechos y hacer sentir el descontento de la población, para exigir justicia pero que en ocasiones eran infiltrados por agentes gubernamentales para ejecutar agresiones y tornar a la opinión pública contra el movimiento en turno.

La experiencia me haría esperar que esto dos grupos fueran formados por los miembros mayores de la familia y los más jóvenes respectivamente. Considerando las diferencias ideológicas, educativas y el contexto parecería lo más natural. Sin embargo eran también algunos miembros mayores los que expresaban su apoyo a las marchas y manifestaciones y reflejaban su hartazgo y falta de confianza en el gobierno, su negación de la legitimidad del mismo y la falta de una sensación mínima de representación, orden o justicia.

Hace unos días gobierno federal difundió a través de internet un nuevo spot en el que se ve a dos carpinteros trabajar mientras escuchan la radio y en este medio se habla sobre los beneficios de las reformas del presidente Enrique Peña Nieto. Mientras uno de ellos se queja del tema el otro lo interrumpe súbitamente y replica “…ya chole con tus quejas”. Básicamente ese discurso antaño de deja de quejarte y ponte a trabajar (como si lo que estuviera mal fuera nuestra mano de obra y no la situación política, económica, de corrupción y ausencia de derechos humanos en el país) o la vieja cantaleta de “¿y tú que estás haciendo para cambiar al país?”, “deja de marchar y ponte a hacer algo de provecho”, etc.

Lo que es una certeza es que el gobierno de este país sigue viviendo en una burbuja con forma de palacio imperial e interior de cuento de hadas en donde no se escuchan los reclamos y el descontento. En ese recóndito lugar no se escucha ni se ve la realidad de los ciudadanos comunes y corrientes, del mexicano de a pie que lucha por sobrevivir en la jungla que es esto a veces. En ese lugar es fácil decir ya chole porque no se vive en un miserable pueblo en medio de la pinche sierra asolado por la delincuencia a sol y a sobra y en el cual las llamadas “fuerzas de orden” no se asoman y si lo hacen es sólo para colaborar con los criminales, con quienes pareciera que se camuflajean para operar, obligando a las personas a tomar la justicia por sus manos y crear autodefensas para proteger su patrimonio y su familia. Es fácil porque no se vive en una normal rural en donde se tiene que ir a la ciudad a botear porque se duerme en catres y se come apenas lo que se cultiva desde que el presupuesto del país olvido a los que algún día irán a dar clases a lugares en los que ni tu ni yo nos asomaríamos ni por error y en donde además se vive a la sombra de los abusos, la represión, el asesinato y la desaparición forzada. Es fácil porque no se forma parte de los 53 millones de pobres que existen en el país ni de los tantos millones que son miserables entre los miserables y tienes menos de un dólar al día, es decir, no tienen para comer. Es fácil porque no se vive en Ciudad Juárez, en el Estado de México o en cualquier otra de las entidades en donde los feminicidios tienen 30 años pasando sin que nadie diga nada. Es fácil porque no tienen que defender sus tierras y su sustento contra mineras trasnacionales, no tienes que pagar más impuestos que se usarán para transportar funcionarios en helicópteros como si fueran taxis o una casa de siete millones de dólares en las lomas, no violan a tus mujeres los policías y el ejército ni matan a tus hijos con balas de goma y balas reales, no se ejecuta a más de 20 personas en un predio. No, en esos lares no se huele la miseria, el hambre, el plomo, las balas, la rabia, el coraje.

Y hoy en día salgo a la calle y veo un pueblo enojado, desilusionado, sediento de justicia. Veo a estudiantes, amas de casa, profesionistas, ejecutivos y niños marchando por la injusticia, la impunidad y la búsqueda de todos aquellos que nunca volvieron a casa. Veo al pueblo tomando pueblos y regiones enteras en armas buscando defenderse cuando los responsables de hacerlo se unieron al crimen. Veo a personas cada vez más enojadas desconociendo a las fuerzas de la “ley” que cada vez imponen menos orden, documentando y exhibiendo los abusos, atropellos, impunidad y extorsión. Veo gente tomando la justicia por su propia mano y a muchos que están en el límite para hacer lo mismo. Veo a un gobierno que a cada intento de acallar una protesta con un decálogo hueco y sin sentido recibe la indignación y el grito de un pueblo harto que seguirá regresando contra su gobierno cualquier estrategia insultante hasta que no se reconozca su clamor. Veo cada vez a más ciudadanos organizándose para salir a tomar las calles y los espacios públicos que por legítimo derecho les pertenecen, organizándose para actuar y cambiar realidades, organizados para rescatar a sus seres queridos y proteger a los suyos. Veo a un pueblo indignado que cada vez con más frecuencia saca a sus gobernantes y burócratas a la calle a punta de edificios quemados y manifestación iracunda. Veo cada vez a más ciudadanos desconociendo en el servidor público una autoridad y exigiendo y aprendiendo derechos, veo cada vez personas más vigilantes y alertas. Veo cada vez a más ciudadanos asumiendo que la autoridad lo es por decreto pero no por legitimidad. Veo cada vez a más personas dispuestas a la desobediencia civil.

Para finalizar simplemente hagan un ejercicio, entren a su cuenta de Facebook, de YouTube, busquen cuantos videos y mensajes pueden encontrar de personas exhibiendo a una autoridad o funcionario público y negándose a obedecer, de personas exigiendo sus derechos, de personas protestando, de personas tomando la justicia en sus manos…¿muchos?, ¿notan un patrón?. Lo increíble no es que esto suceda, lo increíble es que el gobierno no se dé cuenta y se parezcan a la rana que entra a la olla cuando el agua está tibia y se queda inmutable hasta que se convierte en sopa. Lo increíble es que el gobierno no haga algo ya no por justicia sino incluso por mera supervivencia porque la última vez que vi yo algo igual se crearon revoluciones y a un rey le cortaron la cabeza junto a su María Antonieta. Lo increíble es que no se den cuenta de que se deben a su pueblo y su pueblo grita justicia desaforadamente. Ojalá continuemos haciéndolo.

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