El inconsciente no falla. Cuando creo que le voy ganando la batalla, que lo estoy engañando, que ya se creyó mis mentiras, cuando creo que por fin me va a dejar salirme con la mía, viene de noche, sigiloso pero contundente, certero y abrumador, a partirme la madre donde menos puedo defenderme: entre sueños. Se hace de cualquier artimaña para ponerme en mi lugar, ya lo conozco, veinticinco años lidiando contra ese cabrón y todavía me sorprendo de lo que decide proyectarme en lo que deberían de ser mis horas de descanso. Que poca madre, la suya, de aprovecharse de mi cuando yo debería de estar durmiendo plácidamente. Pero no. Me pone en carreteras, en problemas, en teatros, en barrancos, en situaciones viejas, en situaciones venideras. Me hace llegar tarde a mis citas, o si no tarde, desnuda. Me hace pedir un número telefónico que no tengo, para llamarle a un hombre que no me quiere, para decirle que sigo existiendo y que aún no sé que decirle para convencerlo de que se quede junto a mí. Es patético. Soy patética. Pinche inconsciente chingaquedito que bajita la mano no me deja en paz. Y lo peor es que lo recuerdo. Recuerdo el barranco, la carretera, el teatro, al hombre y hasta su número de teléfono. Que poderosa es la mente. Que frágil la resignación.

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