Cuando los niños piden un perrito lo más común es que su mamá o papá les haga rogar un par de semanas, o meses; prometer que lo van a cuidar, que se van a hacer cargo de él, que lo van a sacar a pasear, que le van a dar de comer, que van a jugar con él… Tal vez los hagan esperar hasta el día de su cumpleaños, o Navidad, o la festividad más cercana o más lejana según su propia intención. Nunca les dicen que el perrito va a morir. Nunca les dicen que probablemente tengan que matarlo ellos mismos: nunca les dicen que los perros viven menos que los humanos, y que tendrán que enfrentarse a la dura realidad en uno, cinco o diez años, veinte, los más afortunados. Yo había escuchado que los perros cuando sienten que se van a morir, se alejan, es decir, físicamente: un día el perro se escapa y ya no regresa, y todos en casa se quedan con la esperanza de que alguna otra familia lo haya adoptado. Elvis no tuvo esa oportunidad: a pesar de haber tenido una vida de libertad y privilegios, murió triste y enfermo. Hicimos todo lo que pudimos, una operación, limarle las uñas para que no se rascara, una transfusión, dos, un caldito, dos, una camiseta, dos. Murió pidiéndonos perdón con la mirada, con cansancio en el alma y dolor en el estómago. Se resistía a irse porque estábamos todos con él, y con la esperanza de que al día siguiente amaneciera feliz y ladrando, brincándonos encima, atrapando ardillas, comiendo tortas… pero no fue así. Al día siguiente amaneció peor e hicimos lo que ninguna familia que tenga un perrito quiere hacer: llamar al veterinario para decirle que hay que dormirlo. Yo soy un adulto, me he enfrendado a la muerte y la he llorado, y me está costando un trabajo inmenso hacer lo mismo con quien fue mi rescatista y mi mejor amigo: no entiendo como los niños pueden hacer eso. No sé si esa misma adultez me da más conciencia de la salud y la enfermedad, de la vida y la muerte, de todo el significado de la llegada y la permanencia de Elvis en mi vida, de su partida. Hay cosas contra las que no podemos hacer nada, cosas que no están en nuestro control, cosas que simplemente hay que aceptar. Que yo me haya ido lejos y eso me haya costado a mi perro y a mi mejor amigo las he situado entre esas cosas que ya no puedo cambiar, sólo para quitarme culpa. No se si haberme quedado habría cambiado algo. No sé si pude haber hecho algo más. La muerte es así, uno tiene que aceptar que el otro se va. Uno tiene que aceptar quedarse sólo con sus recuerdos, con sus temores, con sus culpas. Uno tiene que aceptar que no hay remedio. Gracias Elvis, por haber llegado cuando tanto te necesitaba, y por haberte quedado el tiempo que te quedaste. Gracias por tantos momentos de felicidad y gracias por haber luchado hasta el final. Gracias por darme la certeza de que alguien me espera del otro lado. Gracias.

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