Ya perdí la cuenta. Ha habido tantas veces en que he querido renunciar a mi trabajo que ya es casi imposible seguirle el hilo a la procesión. Hay tantas veces en que no me han faltado ganas de decirle a todos que los odio y que se vayan a la mierda. Y es que la verdad es que me caga mi trabajo, es como una patada en el culo. He pensado en las otras opciones que hay allá afuera y me da miedo pensar en mandar currículums y tal vez ir a alguna entrevista para acabar en un trabajo nuevo pero, en esencia, igual al que tengo ahora. Y es ahí, en mi cv, el único lugar en donde hago mención de mi presencia en esta oficina llena de control freaks, estrógeno, las gotas olor a menta que tanto me cagan y una tipa que me odio como sólo los niños de preescolar pueden odiar (aunque a ellos se les olvida en 5 minutos y a esta ya le duró meses la mirada de “vete a la mierda”). Fuera de esas dos cuartillas me gusta pensar que son otras cosas las que me definen, que hay mucho más esperándome y mucho más de lo que soy capaz porque todavía (tal vez de forma ilusa) pienso que si algo te apasiona lo suficiente y haces un poco de esfuerzo por ser suficientemente bueno y tienes tres dedos de frente puedes ganarte la vida haciendo eso que tanto te gusta. Aún creo en la vocación.

Para ser honesto he pensado muchas veces en renunciar pero invariablemente me he contenido al último momento. Y es que, he encontrado aquellas cosas que me apasionan, así, en plural (cuando de por sí ya es bastante difícil encontrar una), pero aún tengo pendiente descubrir cómo generar ingresos suficientes de ella como para costearme la vida. Y es justo ahí en donde ejerce su mayor poder ese deus ex machina llamado día de quincena. Llega dos veces al mes directo desde el cielo al escenario después de ser larga y agonizantemente esperada y no resuelve la vida pero si paga las cuentas que es casi lo mismo para tantos en este mundo. Predial, luz eléctrica, agua, mantenimiento, celular, gas, el madrazo que le metí al coche la otra vez, la llanta que se me ponchó y no tuvo arreglo, la reparación de mi computadora cuando se mojó. Pendejadas vistas por separado, sí, pero pendejadas que cuestan dinero y que para ser honesto no quiero que mi madre pague toda la vida.

¿Pueden ver el dilema? Trabajamos (trabajo) para pagarnos la vida que en tantas ocasiones aborrecemos y que nos hace sentir miserables por miedo a volver a sentirnos inestables, inciertos…aunque quizás también en paz. No soy nadie para responder a preguntas tan trascendentales. Simplemente hago mi mejor esfuerzo por vivir una vida digna, digna para mí, digna para los demás y digna de recordarse.

Sin embargo por más difícil que parezca, de vez en cuando logro ver para qué sigo aquí. Su nombre era Ricardo Reyes, lo encontré en la calle mendigando algo de comer. Tenía 23 años y era delgado como las personas que se matan en dietas sin comer nada más que aire, la diferencia estriba en que él si quería pero no podía por falta de dinero y no lo había hecho por días. Llegó a Querétaro desde Chiapas montado en La Bestia y atravesó infinidad de lugares, incluido Veracruz en donde casi pierde la vida a manos de delincuentes que querían quitarle el poco dinero que le quedaba en ese momento. En Chiapas dejó a sus amigos y sus sueños, dejó a su madre, dejó su niñez y sus caballos, sus amados caballos. Dejó la marginalidad porque allá no podía ni comprar pan para alimentarse con sus trabajos miserables. Montó en el tren con solo una mochila llena de las pocas esperanzas que le quedaban y un espíritu que se dobla pero no se rompe, no tan fácil como el de los que lo hemos tenido todo al menos. Me contó cómo iba camino a Estados Unidos a buscar un mejor empleo y a su padre y hermanos pero el hambre lo venció justo aquí y decidió buscar algo de comer antes de buscar la manera de regresar a las vías para ir al norte. Platicamos un momento y después compramos algunas provisiones; agua, pan, papel de baño, un jabón, unos cacahuates sólo por el antojo. Tomó todo y lo empacó en su mochila. Le di algunas indicaciones para tomar el tren nuevamente y algunos consejos de seguridad que he aprendido con el tiempo. Nos despedimos con un apretón de manos y me agradeció con una sinceridad que pocas veces he visto en mi vida. En ese momento recordé porqué sigo aquí; ese día de quincena no ha de esclavizarme a mi sino que ha de ser un vehículo para poder realizar el sentido que veo en esos espíritus inquebrantables, en esos hermanos migrantes que me recuerdan la fuerza que a mi me hace falta a veces.

Gracias Ricardo por recordarme que “quien tiene un porqué vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Algún día nos volveremos a encontrar en el camino.

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