Tuve el afortunado descuido de decidir escribir mi aportación quincenal hasta el último momento. Suficientemente afortunado para alcanzar a leer el de Omar primero, colega, amigo y compañero de múltiples experiencias, muchas de las que me han hecho ser lo que soy hoy. Resulta que leo tu cuartilla lo mismo con admiración y con tristeza. Se nota que te repatea tu chamba. Hablas de los migrantes con una pasión inagotable, te escucho admirada y hasta me atrevo a decir que quisiera compartir esa pasión en cualquier cosa de las que según yo “me apasionan”, y sí, es verdad, nomás en tu currículum se han de reflejar esas ocho o sabrá Dios cuántas horas diarias que pasas en una oficina con mujeres insoportables, haciendo cosas tediosas, ganándote la quincena. Primero que nada, mi última intención aquí es sermonearte, me conoces bien, no soy nadie para juzgar ni tampoco tengo los huevos para hacerlo, y una vez más, yo admiro profundamente la pasión que tienes por lo que amas y la valentía con que te ganas la quincena en ese sitio que odias. Porque en mi franca opinión, para aguantar eso se requiere mucho valor. Yo no lo tengo. Lo más que yo he durado en un trabajo formal, y en uno que amaba, tengo que decirlo, son seis meses. Por uno u otro motivo salí corriendo y renuncié a esa estabilidad, a esa tranquilidad, a esa certidumbre de tener con qué pagar la renta, la luz, el agua, el súper, el teléfono y hasta el gustito banal de ir al cine una o dos veces por semana, cosas que bien dices, son pendejadas todas, sí, pero pendejadas que no sé como voy a solventar el próximo mes. Soy mi propia empleada, como tu dijiste alguna vez chusca pero atinadamente, porque no se puede decir que sea mi propia jefa todavía. Me levanto todos los días con las mismas preguntas en la cabeza ¿cuánto va a durar esta situación?, o lo que es lo mismo ¿cuánto nos va a durar el dinero?, ¿qué puedo hacer hoy para acercarme a donde quiero estar?, ¿de verdad vale la pena tanto orgullo? Y digo orgullo porque eso fue lo que me hirió el último cabrón con el que fui a una entrevista de trabajo: me iba a pagar lo que le diera su gana por hora, dependiendo de cómo me viera y/o si yo decidía hacerle ojitos y enseñarle las piernas, no iba a tener contrato, tenía que enseñar inglés, horarios de fines de semana, en fin, yo sólo pensaba en que le iba a vender mi alma al diablo y por supuesto que cuando no le dio seguimiento a la entrevista lo único que sentí fue gusto. Y no es que no me esté esforzando, todo San Miguel tiene el reluciente CV en el que presumo de una educaciónn impecable y meritoria de reconocimientos y medallitas de honor y diplomitas que me sirven de un carajo a la hora de pagar la renta. También cuento ahí como es que hablo fluidamente un idioma extranjero y tengo bases de otros dos, en total cuatro idiomas deberían apantallar a alguien, pero no, de lo único que me ha servido es a la hora de ser empática con mis propios y contados estudiantes, porque en ese papelito también se refleja que fui una renegada de la profesión que elegí y que encontré un camino alterno, mismo que estoy intentando seguir por mera pasión, porque se que ahí no hay dinero que me alcance. Todos los días mi superyó me lo recuerda: de psicóloga hacías cálculos, en temporadas de vacas gordas, de 300 pesos por hora, mínimo, porque eres buena, y escuchabas pacientemente las vicisitudes de las vidas de los demás, y lo puedes hacer, no hay duda de eso; con tu sueñito de cambiar el mundo un extranjero a la vez, no sacas más de 80 pesos por hora, pinche malinchista intolerante, así de duro me juzgo. Pero resulta que atender las vicisitudes de las vidas ajenas me dejaba, por decirlo de algún modo, seca el alma. Con cada señora que venía a contarme cómo su marido le pegaba pero la quería, yo sentía como se moría una parte de mi, sentía impotencia, sentía desagrado, sentía hastío. Con cada extranjero que se pone frente mío y se va contento, siento como si esas partes revivieran una a una y tuvieran sexo delicioso y engendraran más pedacitos de felicidad, y todos decidieran quedarse a vivir conmigo porque soy buena en lo que hago (o al menos eso pasa en mi fantasía). También hay días malos, por supuesto, también está el que gritonea que nunca va a poder aprender español y que mejor se lo diga de una vez, y entonces yo me flagelo pensando en lo mala maestra que soy y en lo rápido que estoy tirando mi juventud a la mierda y en lo poco que gano y en lo poco que me esfuerzo y todas esas cosas horribles que me digo a mi misma cuando siento que le fallo a alguien. En fin, ya hice el cuento muy largo y sólo espero haber mostrado la otra cara de la moneda: la de las quincenas invisibles.

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