Lloré por mi perro, y por la soledad de la cual me salvó. Lloré por su enfermedad, y por la de mis abuelos. Lloré por su mirada molesta, agradecida, expresiva, y por tantas miradas y tantos silencios que me han calado igual que esa. Lloré porque no quiero que se muera, ni que se mueran con él sus miradas, sus juegos y sus tonterías. Recordé el día en que lo adopté, la primera vez que se enfermó, cuando tuve que irme, cuando tuvo que irse. Lloré por cada vez que pude haber hecho más y no lo hice. Por las veces que lo sacaba a pasear como pretexto, por los golpes que me dio al no saber medir su fuerza ni limitar su amor. Lloré porque él nunca limitó su amor, a pesar de ser macho. Lloré por el amor limitado que me dejó en un limbo emocional que me llevó a querer tener un perrito, por ese amor que nunca tuve, y que nunca tendré. Yo lo adopté, pero él me salvó. El me salvó del precipicio con una lealtad incomparable, sin importar cuánto tiempo pasara, el podía sentirme a distancia, y nunca me desconoció. Lloré porque perderlo significa alejarme de ese amor que no fue, de aquél hombre invasivo, del que insistió, del que regresó, del que volvió a irse, del que lo logró, del que llega. Es despedir a esa mujer herida que adoptó un perrito por sentirse menos sola, por depositar sus afectos en algún ser vivo, por encontrarse en alguna mirada, y aceptar que ya no existe. Ni la mujer, ni la soledad, ni el ser, ni la mirada. Lloré por mi perro, y voy a llorar más cuando se vaya.

Lo normal es que si un ser humano y un perro son jóvenes juntos, el perro muera primero. La lógica lo indica, los perros viven menos. Pero dan más. Me cuesta mucho aceptar que se tiene que ir, que se va a ir en algún momento. Definitivamente no quiero ser yo quien le compre el boleto. Pero no puedo ser tan egoísta. Después de tantas horas felices, de tantas risas, de tanta protección, de tanta fidelidad, lo menos que puedo hacer es dejarlo ir con el menor dolor posible. Yo me aferro a la idea de que va a estar bien, de que se le va a quitar la anemia, de que no tiene nada atorado en la panza, de que la operación salió bien, de que se le van a curar las heridas, de que va a volver a comer. Me aferro a la idea de volver a verlo correr y treparse donde no debe y a ganarle las tortas a los trabajadores y a ladrarle a los extraños. Me aferro a la idea de que se va a poner bien y va a vivir diez años más y se va a morir de viejo, quedándose dormido, tranquilo. Dudo que dentro de diez años esté mejor preparada para dejarlo ir, al contrario, cada día que pasa me siento menos lista, menos apta, menos fuerte.  Yo me aferro a la idea de que se va a poner bien, y él también.

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