Yo era una persona normal. Era una persona como todas las demás. Ni siquiera había nacido aún pero ya lo sabía. Mis padres se ganaban la vida como podían para llevar pan a la boca de mi hermano y pronto lo harían para mi. Cuando nací fui recibido con amor y calor de familia. Los amaba a todos con todo mi corazón y estas tierras y estas montañas formaron mi hogar junto a muchos de los que quería. A veces escuché como era que algunos ya no estaban aquí. Hacía mucho tiempo que se habían ido al otro lado del mundo a tratar de tener una mejor vida…quizás algún día hubiera podido verlos. Al igual que mi hermano la guerra nació antes que yo. Un año antes para ser exactos. Mi niñez resultó ser un cumulo de amor familiar y también de ametralladoras, morteros, cañones, bombas y esquirlas. Los otros niños con los que solía jugar y sus padres ya no salían a la calle igual que yo. Allá afuera sólo había edificios derrumbados y gente que se disparaba unos a otros con mirada de querer exterminar al que tenían enfrente. Nunca entendí realmente el porqué. Finalmente cuando yo tenía tres años y la guerra estaba por cumplir cuatro los ejércitos comenzaron a pelear frente a mi puerta tocando para entrar con el sonido de los tanques y los aviones lanzando más bombas. Mis padres llamaron a mi tía. Ella vivía en un lugar llamado Canadá. A decir verdad no sé exactamente en dónde está. Me dijeron que pronto estaríamos con ella mi hermano, ellos y yo. Recuerdo que unas semanas después mis padres estaban al teléfono con ella pero su rostro estaba triste y demacrado. Aún no sé que les habrá dicho. Sólo sé que ese día mis padres tomaron las maletas y empezaron a empacar las pocas cosas que nos quedaban. En poco tiempo estábamos en la calle esquivando balazos, caminando hacia un lugar desconocido. En el camino éramos muchos, no estábamos solos. Miles de otros papás y niños caminaban junto a nitros en algo que parecía un río pero de personas. Cuando llegamos a otra ciudad las cosas se veían diferentes- Ahí la gente no peleaba, no había tanques ni aviones, solamente había muchos de nosotros viviendo en el mismo barrio, no entiendo nada. Mis padres quieren seguir caminando hacia el oeste, por donde sale el sol, pero mis pies ya no pueden más, estoy exhausto. Aunque tuviera energía para seguir caminando sería inútil porque algunos hombres con uniforme y armas nos prohiben el paso, no podemos avanzar y parece que todo el mundo quiere irse de aquí. Mi vida transcurre así hasta que muy temprano un día mis padres dan algunos papeles de colores a unos hombres extraño. Ellos los guardan con mucho celo en su bolsillo trasero y vigilan que nadie vea la escena. A continuación subimos a un bote en la playa, somos muchos de nosotros y todos tratamos de caber en la pequeña superficie. Uno de los hombres toma el timón y se dirige mar adentro. No pasa mucho tiempo antes de que las olas se vuelvan mucho más grandes y golpeen el barco. El hombre al timón las ve con cara atemorizada y sin decir una palabra corre hacia la borda y se echa al mar. Se aleja nadando mientras algunos hombres a bordo tratan de dirigir el barco. Sus esfuerzos son inútiles; las olas nos golpean cada vez más fuerte en el frente y los costados. Nuestro barco no ha tardado en girar y echarnos a todos al océano. Esto jamás lo olvidaré. Tengo mucho miedo. Estoy en el agua y muevo mis piernas y brazos con desesperación, jamás aprendí a nadar. No veo a nadie y cada vez entra más agua por mi boca. Giro mi cabeza, ¿dónde están todos? Al fin pude ver a mi papá a lo lejos- Está con mi hermano que aún está vivo y luchando por flotar, mira hacia donde estoy yo y yo apenas lo miro pues cada vez me cuesta más trabajo sacar mi cabeza a la superficie y poder respirar. Mi padre ha llegado a mi lado pero es muy tarde, hace un minuto que dejé de respirar y que mis pulmones se cerraron junto con mi última esperanza de volver a ver a mi familia, a mis amigos, mi pueblo, mis tías, a Dios. Esto me asusta y me duele justo en el pecho, jamás pensé que sabría lo que se siente no poder respirar. Al menos ahora ya no siento dolor, solo está muy frío y oscuro. Antes de cerrar mis ojos pude ver a mi madre, yacía debajo del agua con los ojos abiertos y sin rastro de vida en su cara. Una vez que mi padre llegó a mi y observó que ya no respiraba quiso alcanzar a mi hermano mayor pero el tampoco respiraba más…y nunca lo hará, está muerto. Me alegra saber que mi padre consiguió llegar a la playa, al menos el está a salvo. Eventualmente yo también lo logré, llegué a la costa y me recosté en la arena mientras el último vestigio de las olas besaba mi cara y el sol se despedía en el horizonte. Hay un hombre en uniforme como los que vimos antes observándome, me toma en sus brazos y me lleva playa adentro. A la distancia veo a una mujer con su cámara, está tomando fotografía mías. No sé porque lo hace, ¿quién quiere fotografías de un muerto?, ¿cuál es el punto? Quisiera poder pedirle a alguien que cuida de papá, su cara me dice que lo va a necesitar ahora que mamá y Galip, mi hermano, ya no están aquí. Quisiera abrazarlo y besarlo pero no puedo hacerlo, tengo mucho sueño y sólo puedo quedarme en la arena y dormir, quizás para siempre. Quizás hoy me encuentre con Dios y con todos los niños que solían jugar en mi pueblo antes de que la guerra llegara. Sólo quisera decirle a mi afilia cuanto los amo.

Él tenía tres años, igual que nosotros, nuestros padres, hermanos, amigos, abuelos, primos y tíos algún día. Él murió ahogado con sólo tres años pero a diferencia de nuestras familias y amigos no hay nadie que parezca dispuesto a gritar y llorar su muerte. Al parecer el mundo ha decidido echarse la bolita de un problema antes que sacar a gente muriendo del agua. Así son las cosas hoy en día. Esto sucede hoy en día y mañana la historia nos juzgará a todos por ello. Sí, a todos, porque callar es complicidad. Sólo les pido una cosa; imaginen que ese niño de tres años fuera su hijo…

*Su nombre era Aylan. Él, su hermano Galip, su madre Rehan y su padre Abdullah huyeron de Siria tras casi cuatro años de guerra. Marcharon a pie hasta Turquía en donde fueron condenados al ostracismo y el olvido de un campo de refugiados. Intentaron obtener asilo en Canadá junto a parte de su familia que había marchado hace 20 años. El gobierno canadiense los rechazó. Tras la negativa decidieron pagar a un traficante de personas y cruzar el océano con la esperanza de llegar a Europa y tener una vida digna. Solo Abdullah sobrevivió y hoy quiere regresar a Siria para enterrar a su familia, su dolor y, quizás, morir ahí. Todo esto mientras gobiernos observan la mayor tragedia de desplazados en 75 años de brazos cruzados. Dejemos de hablar de refugiados y empecemos a hablar de personas. Por Aylan y por los cientos de miles que han perecido y los millones que han sido forzados a desplazarse por todo el mundo.

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