En la lógica de un mundo redondo, si dos personas toman caminos opuestos en algún punto volverán a encontrarse. En momentos como este quisiera que el mundo en efecto fuera plano, y que al llegar al borde te cayeras a un abismo interminable, y vivieras toda la eternidad con ese vacío en el estómago que produce una caída, que nunca encontraras el piso contra el cual hacerte pedazos, que nunca se te acabara la incertidumbre de cuándo llegara el final. Al menos así podrías imaginar cómo me siento. Cómo me sentí cuando me dejaste. Cómo me he sentido durante tanto tiempo. Pero no, el mundo es redondo y estuvimos condenados a encontrarnos. A reencontrarnos. A seguir por caminos erráticos, paralelos a veces, distantes la mayor parte del tiempo. Te odio. Te odio por no haber sido lo que yo quería que fueras. Por no haberme amado como yo quise que me amaras. Por cobarde. Te odio porque no puedo tenerte. Te odio porque me empujaste al borde de un mundo plano y no he dejado nunca de caer. Te odio porque me arrebataste toda lógica y todo sentido moral, porque me convertiste en una autómata que sólo anhelaba tu cariño, y nunca lo obtuvo. Obtuvo tu miedo, tus dudas, tus inseguridades, pero no tu amor. Obtuvo la más coqueta de tus miradas, la más suave de tus palabras, la más dulce de tus promesas, pero no tu amor. Te odio, por todo, por ti. Odio al hombre que me enamoró y luego se fue. Odio esa llamada desde un aeropuerto, odio esa despedida en otro aeropuerto, odio ese silencio al teléfono, odio esa noche de lágrimas, incluso odio esa noche de sexo. Te odio, por no haberme dado más, por haberme dado tan poco, tan a destiempo. Te odio por haberme condenado al precipicio.

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