Nosotros los seres humanos somos seres curiosos, y no necesariamente por nuestro instinto de husmear, sino por las complejidades que residen en nosotros y las idiosincrasias que hacen que valga la pena observarnos a nosotros mismos. Somos simples y en extremo complicados a la vez. Somos capaces de crear y experimentar los matices más complicados y enrevesados, vivimos en un mundo multicultural y diverso, hogar de millones de realidades. Sin embargo, corremos hacia los extremos y nos cegamos a las particularidades, vemos todo como blanco y negro aunque sean ausencia y suma de colores, tenemos, finalmente, tendencia a inclinarnos por lo fácil aunque esté sesgado porque somos perezosos. Somos cabronamente complicados pues.

La moralidad, la noción de lo bueno y lo malo, no es la excepción, y, de hecho, es uno de los temas más complicados y más excesivamente simplificados. Lawrence Kohlberg creía que la moralidad se desarrolla de modo gradual a lo largo de la infancia y adolescencia. Durante su carrera realizó diversos estudios, en uno de ellos tomó a 72 niños de entre 10 y 16 años y les presentó problemas morales que tenían solamente dos respuestas posibles, ninguna totalmente aceptable en estándares comunes. Una de las preguntas planteaba si era correcto que un hombre sin dinero robe las medicinas que su esposa gravemente enferma necesita. Durante décadas Kohlberg siguió a los participantes y repitió el test cada tres años para observar cómo cambiaban las respuestas. A partir de esto infirió que existen seis etapas del desarrollo moral. En las dos primeras la moralidad se determina por los castigos, recompensas y la reciprocidad. En las siguientes dos gira en torno a lo que otros creen que es correcto, a la ley establecida y el oren final. En las etapas finales el individuo juzga lo moral según su conciencia y principios morales universales, no normas sociales.

Hace un par de semanas conocí a un joven de 15 años. Su padre trabaja como obreros en una fábrica rolando tres turnos. A veces sale de un turno doble y duerme en el coche para esperar su siguiente ingreso porque el parque industrial está sumamente lejos de su casa. Cuando llega a su domicilio realiza trabajos de mecánica automotriz que salen esporádicamente. Le pide de mala gana a su hijo que lo ayude con estos trabajos aunque ello signifique que interrumpa sus tareas y no tenga tiempo de estudiar o cumplir sus obligaciones en la escuela. Esta situación hace que las calificaciones del muchacho vayan en descenso y se siembra en él el miedo de repetir año escolar. Con lágrimas en los ojos me dice que quiere ayudar a su papá, solamente desearía que no le gritara ni se enojara cuando se lo pide y que le diera tiempo de terminar sus deberes escolares. Su padre es un hombre de otra época tratando de sobrevivir, no sabe de contacto y apertura emocional, busca proveer, nunca aprendió del todo a escuchar y mostrar cariño.

Este mismo hombre tiene dos hijos más además de mi joven amigo; una mujer mayor que estudia la preparatoria y una niña pequeña que aún no está en edad de ir a la escuela. Esa niña tiene cabello negro como la noche y ondulado como las olas, su cara esboza una sonrisa que no hace ningún esfuerzo por contenerse y que combina con sus ojos grandes y expresivos. No titubea al saludar con su alegre voz y sus pequeñas manos, corre y brinca, grita y ríe a carcajadas, juega con sus crayones y colorea cualquier espacio que esté indefenso como la biblia de la primera comunión de su hermano.

Esa pequeña no comparte la misma sangre de mi amigo y su padre; es adoptada. Su verdadera madre tuvo suficiente con un solo hijo (aunque continuo embarazándose de diferentes parejas) y decidió no hacerse cargo de ella al igual que la bebé que vino después. Acudió a esta familia para ofrecerles quedarse con la niña antes de entregarla a un orfanatorio o dejarla a su suerte en las calles o en manos de algún desconocido. Después de unos momentos de meditarlo el padre dijo que sí. Desde entonces se enfrentó a un proceso de más de dos años con las autoridades correspondientes para hacerse de la custodia legal y ha comenzado a trabajar más turnos y tiempo extra para poder proveerla de casa, vestido y sustento. Sale con ella y su perro al parque y la ha criado para sentirse como su hija y a sus hijos para sentirse como sus hermanos. Mi amigo me ha contado que su padre no soportó la idea de dejar a esa criatura a la deriva.

Solamente quiero usar este ejemplo para terminar y apuntar un par de cosas. ¿Seguiremos creyendo que las personas solamente son buenas o malas, blancas o negras, o nos daremos cuenta de que todos somos seres complejos llenos de matices e historias que se fundamentan en estas complicaciones sin necesariamente contradecirse?, ¿seguimos creyendo que lo bueno, lo moral, es seguir las normas y la opinión pública o nos atreveremos a desafiar las leyes injustas y a ejercer valores universales, humanos?, ¿creemos que somos buenos por pensar y opinar sobre la base de nuestro código moral, por apuntar con el dedo y recitar un credo? o dejaremos de hablar y empezaremos a actuar sobre esa bondad y humanidad básica, elemental y digna. La pregunta es amigos; ¿somos morales, procuramos el bien común, actuamos éticamente y desarrollamos la empatía humana o predicamos una doctrina, somos obedientes, bien portados y aleccionamos al otro en que tan mala persona es?

1b_etica_y_moral

Advertisements