PAN

El doctor Sergio Camarena se había retirado prontamente del ejercicio de su profesión, desde hacía más de 10 años había dejado de ver clientes en su consultorio y prácticamente había abandonado su hábito de lectura al que tan profundamente se había consagrado. Solo unos pocos allegados tenían ya en mente que él había sido un doctor reconocido por sus colegas y cotizado por sus pacientes. Nunca fue muy acaudalado pero vivía cómodamente, sin embargo, ahora tenía que mantenerse con gustos más austeros y los lujos, como cambiar su viejo automóvil, eran una cosa que no podía costearse. Ello no parecía importarle sobremanera.

Su nuevo oficio como panadero parecía satisfacerlo grandemente, al menos, era lo suficientemente agotador como para distraerlo de toda situación desagradable que engendrara el mundo y su sociedad. La panadería la aprendió en un curso que tomó hacía poco más de 30 años cuando estudiaba en la preparatoria, no se trataba de una actividad forzada, pero en algún momento escucho de esta “capacitación para el trabajo”, como ellos lo llamaban, y decidió inscribirse principalmente para no estar de ocioso. Durante los 6 meses que duró la enseñanza en panadería aprendió las cosas básicas que nunca pensó que fuera a utilizar realmente.

Sin embargo, la parte favorita del trabajo seguía siendo aquella donde se relacionaba con las demás personas, recibir a los clientes en su local y hacerles una pequeña sugerencia o, si se trataba de un comprador recurrente, preguntarle qué le había parecido su compra anterior, como en general se esmeraba mucho en su proceso y conseguía materia prima de buena calidad, los comentarios solían ser bastante positivos. Sus clientes en realidad caían poco en cuenta sobre el sabor de los productos del doctor Camarena, les parecían sabrosos, dado que volvían, pero tampoco eran extraordinarios, si hubieran colocado otra panadería más cerca de sus casas probablemente irían a ella y olvidarían por completo la del doctor.

Todos sus clientes ignoraban que el señor panadero había sido doctor y si su local no se llamara “Panadería de Sergio” probablemente tampoco habrían sabido su nombre. Pero algunos viejos hábitos se mantenían a pesar del paso de los años. Ocasionalmente entraba al local alguna persona que parecía examinar detenidamente el pan antes de añadirlo a su bandeja metálica y después de tomarse su tiempo lo tomaba con las tenazas y lo agregaba a su colección de piezas delicadamente seleccionadas, a este tipo de cliente se les acercaba para ofrecerles una taza de café en la barra que usaba de mostrador. Ahí había colocado varios bancos altos pues más de alguno decidía bebérselo ahí mismo. Muchos parecían disfrutar el olor del pan recién horneado con una taza de café mientras el doctor les hacía algunas preguntas para hacerlos sentir cómodos o les ofrecía el periódico, mismo que les cobraba por separado.

Este método había resultado tan exitoso que había tenido que ampliar un poco más su local colocando un par de mesas y sillas para recibir más clientes, ocasionalmente se ocupaban pero cuando esto pasaba y la situación lo ameritaba, iniciaba alguna charla amena. El doctor tenía cierta capacidad para saber cuándo era adecuado conversar con alguien y cuándo no. En una ocasión una señora acompañada de su hija pequeña, después de hacer su compra, tomó asiento y cuando el doctor se acercó con una bebida caliente para ofrecérsela ella negó haberla ordenado.

–Es una cortesía, se ve que quieres hacer algo de tiempo para ir a donde te dirijas– le dijo con una sonrisa de complicidad.

Así se enteró de algunos problemas familiares de esa señora, al parecer tenía otro hijo que estaba en drogas y su esposo ayudaba poco con la situación. Se sentía muy acongojada y la niña que llevaba consigo lo resentía también. A causa de ellos se encontraba bastante deprimida y muy ansiosa. Este tipo de problemas no eran raros dada la zona en que se encontraban, pero escucharlos de viva voz nunca resulta agradable. Se dio cuenta que Sergio, el panadero, era inútil en esa situación y se quedó con la duda de si Sergio, el doctor, hubiera podido ofrecer una verdadera ayuda.

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