“El Gobierno de la República ofrece sesenta millones de pesos por cualquier información que lleve a la captura del delincuente Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo”; su denuncia será anónima”. Y los ciento veinte millones de mexicanos que sabemos donde está El Chapo nos quedamos callados. Imposible creer que no haya dinero que alcance para sobornarnos, a nosotros, los mexicanos… Nadie con dos dedos de frente se traga el cuento de que un túnel fue excavado a diez metros de profundidad de un penal de máxima seguridad sin ser detectado, así que obviamente hay “políticos y funcionarios corruptos involucrados en el caso” además, un sólo hombre, aunque sea El Chapo, no puede hacer ese trabajo solo y sin herramienta, así que “hay cómplices”. ¿Quién fue sobornado? ¿Quién soborno? ¿Quién excavo? ¿Quién se hizo el sordo? Dejemos de fingir. Todos excavamos el túnel. Yo, al pedirle a mi novio que falsificara mi firma y el al hacerlo. Cualquiera que le haya pedido a un tránsito que “se arreglaran” o a un profe que “le diera chance”: todos sobornamos, todos aceptamos el soborno, todos lo hacemos, y el que diga que mo, miente. Y entonces El Chapo anda por ahí y le empiezan a colgar el milagrito del petróleo, del dólar, del avión, de los deportistas, del presidente pendejo, del gabinete corrupto, del país harto, del país inseguro, del presidente muerto. Pobre Chapo, el que sólo quiere trabajar. No lo estoy defendiendo lectores, pero síganme un poco la corriente, llegaremos a un punto: pongamos que Joaquín Guzmán Loera nació en una familia humilde en Durango y después de muchos años de trabajo y de empezar desde abajo pudo fundar su propia empresa, pongamos que pese a toda la burocracia pudo exportar y que pese a los malos manejos de las instituciones ha podido generar miles de empleos y pongamos que a este distinguido empresario, uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, un día lo secuestran. Pongamos que lo privan de su libertad y que toda la gente que depende de su astucia y sus decisiones queda a la deriva. Pongamos que logra pagar el rescate y sale libre, y después de más de diez años de seguir trabajando duro por su familia y su gente lo vuelven a secuestrar. Una vez más, logra pagar su rescate, porque años y años de trabajo le han permitido amasar una fortuna, pero no sólo eso: sus empleados lo quieren. La gente lo quiere, se ha convertido en un ídolo del pueblo y su paradero es un secreto a voces: todos sabemos donde está El Chapo. Está tan cerca que no alcanzamos a verlo, lo podemos sentir en cada semáforo rojo, en cada oficina de gobierno, en cada trámite, en cada peatón cruzando a media calle, en cada niño copiando en la escuela, en cada puesto de trabajo que se le da a la hija de la amiga, y no a la profesionista. El Chapo vive en la casa de todos, su túnel lo excavamos todos, el ruido lo silenciamos con cualquier novela pendeja del trece o del once y cuando el decidió largarse todos volteamos hacia otro lado, porque nos da lo mismo que esté afuera que adentro. El Chapo no es el problema, ni la solución. A mí me da más miedo un presidente pendejo que un narcotraficante suelto. Sesenta millones ya no nos alcanzan, ni aunque los repartieran entre ciento veinte millones de mexicanos, ni aunque los duplicarán, porque nos tocaría un peso por cabeza y nuestra cabeza vale más que eso. A nadie le importa que El Chapo esté afuera, ni vamos a hacer nada porque se regrese, y muy en el fondo a algunos nos da hasta placer que se burle de un sistema podrido y de una sociedad estúpida que le cree a la televisión, al menos un hombre inteligente que lucha por sus ideales y tira muros y construye túneles por su libertad, al menos uno no se deja.

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