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Caminar ligero

Uno de esos días en los que sales a caminar, tenías un objetivo en mente y cargaste únicamente lo indispensable, unas monedas para tu pasaje y las expectativas por los suelos. No había necesidad de cargar teléfono celular, ni mis lentes de sol, tampoco llevaba mi mochila Nike desgastada por el uso o la sudadera negra de Adidas. Iba vestido como un Godínez cualquiera con mi pantalón de vestir color azul y de corbata negra, saber la hora era prescindible por lo que el reloj lo dejé en casa. Salí sin importar a dónde ni por qué, solo quería ir ligero, ver gente insignificante por las calles y saber que ninguno de ellos repararía jamás en mi presencia.

La lluvia

El día estaba húmedo y pronto la lluvia ligera que comenzaba a formar charcos y meterse entre mis calcetines se transformó en un aguacero. Seguir mi camino era muy molesto y se volvía peligroso por los conductores que pueden andar distraídos en las calles. Estaba lejos de un lugar para refugiarme y entonces decidí sentarme en un desnivel de un local que se encontraba cerrado con la cortina de metal abajo. En ese lugar la lluvia me alcanzaba sin ningún esfuerzo, pero deseaba sentirla en mi cabeza, me recordaba el agua cayendo de la regadera en días pasados. Traté de no pensar en la polución que esa agua albergaba y me centré únicamente en la sensación. En unos instantes y sin darme cuenta ya estaba haciendo una especie de meditación con los ojos cerrados, bajo la lluvia ácida de una de las ciudades con más contaminación del mundo cuando me di cuenta de algo, estaba sonriendo.

–¿Esta sonrisa alberga felicidad?– me pregunté.

Me fue difícil saberlo.

–Cuando uno reprime sus sentimientos, los reprime todos. Si uno pudiera reprimir únicamente el enojo no habría mucho problema, pero ese mecanismo abarca todas las emociones–, recordé a mi psicoanalista de varios años atrás. Él decía una cosa semejante.

–¿Será posible, Christian Núñez, que muy en el fondo seas una persona feliz?– hablaba conmigo mismo, –que fuera de ese carácter afable que sueles mostrar a los desconocidos y el sarcasmo que presentas con tus seres queridos, ¿no seas mas que un ser humano feliz? ¿Es que ya dejaste de ser consciente de tu propio sufrimiento y de los pesares de la humanidad? ¿Es posible que hayas olvidado los males y la corrupción, el odio, la podredumbre y el mierdero que es la vida por estar condenada a ninguna otra cosa mas que la enfermedad, la desdicha y la muerte? ¡Eres un desgraciado! ¡¿Eres feliz?!

–¡¿Cómo te atreves?!– me respondí –¡No! No creo que estar sonriendo de la nada por yacer bajo la lluvia contaminada y esbozar una leve sonrisa significa que uno sea necesariamente feliz… tal vez es otra cosa, ¡tal vez enloquecí! ¡Sí! ¡Eso debe ser! ¡Esta agua portadora de enfermedades me acaba de ocasionar un daño cerebral agudo y súbito!

Ambos, mi mismo y yo, soltamos una carcajada.

–Maldito bastardo–, me dije a mi mismo, –resulta que después de todo, eres feliz–.

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