Hace un tiempo ya que he estado viniendo a este lugar, cada vez más rostros comienzan a parecerme familiares y ellos me reciben como uno más de su clan. Muchas veces he escrito sobre ellos, sobre su labor y sobre las oleadas de hermanos que viajan en el techo de un vagón de tren a escasos metros de nuestras narices día con día. Muchas veces he relato los sinsabores y las tragedias de ese viaje necesario pero maldito y fatídico, he escrito sobre aquellos que están de pie y en lucha por acabar con este holocausto, con las estela de desolación que deja a su paso esta tragedia que viaja montada en una bestia de ruedas de acero. Sin embargo a veces me pregunto si me he vuelto demasiado apocalíptico y me gusta recordar por qué empecé a hacer esto. Son varios los que me han preguntado cómo se resiste vivir y trabajar exponiéndose a esas realidades brutales (aunque yo siempre les respondo que deberían ponerse en el pellejo del que viaja para saber lo que es brutalidad). Muchas veces hablamos sobre qué es lo que hacemos, pero pocas veces hablamos sobre porqué lo hacemos y a veces es bueno dar un salto al extremo opuesto del espectro y arrojar un poco de luz y esperanza entre tanta tragedia. Y heme aquí que estoy el día de hoy, en medio de este atardecer, rodeado de extraños que ya considero amigos y guía morales, comiendo, bebiendo, observando el horizonte, la luz dorada del sol y lo fresco del viento. Los perros juegan en los pastizales mientras descargamos algo de ropa y agua que más temprano que tarde se irá hacia el norte. Las vías delgadas y frías permanecen inmutables, recostadas en su cama de piedras y base de concreto. Una locomotora obsoleta enclavada en un edificio abandonado de mil historias nos observan. Levanto la vista y respiro el verde que empapa la montaña y llena mis ojos. Súbitamente el ruido del tren inunda la atmosfera y el temblor de las vías nos pone en alerta, una gigantesca serpiente dantesca se desliza a toda velocidad frente a nosotros y no puedo más que imaginar las historias que en ella se han hilado tras tratar de asestar las bolsas llenas de comida en las manos hambrientas de los hombres que se cuelgan del último vagón por los costados y el techo, desesperados por alcanzar algo que los haga olvidar el hambre aunque se un momento. Observo cómo se aleja a toda velocidad mientras un hombre en cuclillas levanta su puño montado en el techo del último carro como despidiéndose y agradeciendo. Entonces llevo la vista al costado y los veo a todos, la mujer que amo y esos tres niños que han armado porterías improvisadas y disputan un partido aguerrido, el hombre que observa atento recargado en el cofre de una viaja pickup sosteniendo a su hijo pequeño que grita frases de aliento para los jugadores. Me invitan a unirme y pronto, bajo la sombra del árbol que sirve como faro vigía de aquellos que se aproximan en el tren, comienzo a jugar junto a ellos haciendo uso de mis peores habilidades futbolísticas. Termino cansado y sudoroso y justo cuando me dispongo a despedirme veo a esa familia; padre, madre y dos hijos. El padre despidiéndose del suegro, la madre tratando de abrigar al más pequeño y el mayor cargando el balón que tanta alegría le causa. Ellos pasan gran parte de su tiempo en este lugar alejado del bullicio, bañado por la tierra y las hojas que caen, rodeado por los troncos tallados que cuentan historias de quienes han encontrado aquí un oasis. El nombre de ese hombre es Alfredo. Es un migrante que llegó aquí hace algunos años montado en el tren como muchos otros. Acudió a la puerta de este refugio que ha sido santuario de muchos que, como él, han arriesgado el pellejo por encontrar un futuro mejor. Aquel camino de miles de kilómetros rumbo al norte se vio pausado antes de terminar. En esa pausa Alfredo se enamoró de una mujer, una mujer que más tarde sería su esposa y le daría dos hijos, una mujer que en ese momento le hizo estar convencido de que su odisea norteña no había hecho más que terminar porque encontró lo que andaba buscando a miles de kilómetros de su patria en Centroamérica. Hoy en día continúan juntos y el nunca más volvió a subirse al tren porque ahora debía ver por dos niños y una esposa así como por miles de hermanos que como él, recorren año con año este peligroso camino. Reparte su tiempo entre sus trabajos como electricista, su familia y la Estancia del Migrante en Tequisquiapan. Ahí toca la mano y el corazón de todos aquellos que viven lo que él ya vivió, ahí se le encuentra siempre, con un semblante callado y una mirada reflexiva, apuntando hacia el sur a la expectativa de un nuevo tren, listo con un montón de bolsas de comida en las manos para ser repartidas. Esa es su vida y ese es el ejemplo que inculca a sus hijos que han crecido para ver a un padre que trabaja, ve por ellos, juega con ellos y en el camino transforma las vidas de muchos otros que son como él fue, en un viaje sin mapa y sin garantías, en un viaje que, en su caso, desembocó en México y en una boda con la hija del fundador de este lugar de esperanza y solidaridad. El día de hoy levanté la mirada y vi a los hombres y mujeres que admiro, a la mujer que amo, la vida que quiero vivir, los amigos que siempre están, el camino al lado del cual quiero andar y la sierra que me cobija siempre. El día de hoy levanté la mirada y sonreí; por historias como estas vale la pena todo el esfuerzo y cada uno de los días que hemos vivido tragedias. Algo que pocas personas saben es que cuando has visto la peor miseria humana encuentras también las historias más hermosas y los corazones más indomables, los triunfos humanos más heroicos, la bondad, la esperanza y la felicidad en el peor escenario posible. Por eso hacemos esto.

*Para todos aquellos que han cruzado su camino con el nuestro en su viaje a una vida mejor y han encontrado un poco de esperanza aquí o en cualquier otro lugar. A todos ustedes; su valentía y hazañas nos llenan de orgullo y esperanza.

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