Al cabo de unos días, no esperé que mi suerte cambiara en temas de seudo-amorosos. Por lo que decidí al menos participar en algo que saciara otro tipo de apetito y llenara un hueco de saberes intelectuales de poca utilidad práctica, que suelen resumirse en libros llenos de términos técnicos con diagramas de flujo elaborados en infinitas páginas de un procesador de textos. Me inscribí en un congreso de mi área con ánimos de encontrar ahí alguna que otra mente brillante con la cual hablar, que me dejara asombrado y estupefacto de tal modo que mi única opción fuera pedirle que me llevara consigo para aprender todo lo que él o ella sabía. Obviamente estas siempre son falsas esperanzas. No sé si es la actitud con la que uno se presenta en estos supuestos eventos científicos o si de verdad no producimos trabajos de la suficiente calidad como para aportar algo diferente a los almanaques del conocimiento, pero con excepción de un par de grandes trabajos, los demás fueron menos que simples réplicas-copias-revisiones de temas ampliamente abordados en las revistas arbitradas cuya exposición apenas y sirve para matar el tiempo en lo que se preparan las conferencias magistrales; unas de esas ponencias con los expertos que ni se molestan en preparar nuevas diapositivas sino que sacan unas láminas que parecen haber utilizado cuando los llaman a exponer en eventos que sirven únicamente de divulgación. A pesar de ello, uno logra filtrar toda la bazofia y extraer un par de ideas que podrían o no ser fructíferas en un futuro.

Dentro de una de la ponencias magistrales había una chica a la que nunca había visto anteriormente pero se acercó a saludarme como si fuera lo más natural de la vida. Al parecer el mundo de las redes sociales en internet logra acercar tanto a los desconocidos que cuando se encuentran cara a cara ni siquiera se toman la molestia de presentarse, de modo que uno actúa siguiendo la corriente. Nos comportamos de forma natural ante esas personas desconocidas aunque no hace más de 10 años que esas herramientas comenzaron a usarse. Crucé un par de palabras con ella, ni siquiera sabía bien qué decirle y poco me importaba dado que la acompañaba un tipo que tomé por su pareja. Si hubiera dedicado al menos unos 20 segundos de mi atención en él, me habría sido suficiente para darme cuenta de que se trataba de su amigo homosexual del cual no tenía porqué encelarme. Durante una charla casual me enteré de que había llegado a la ciudad de México ella sola, tomando un avión para participar en su primer evento de este tipo y haciendo acopio de toda mi caballerosidad me ofrecí a llevarla a cenar. Le dije de algún lugar en el centro de Tlalpan donde pudiéramos comer algo sencillo y me sirviera para seguir saciando mis demás apetitos.

Mientras cenábamos y durante todo el camino estuvo charlando como si quisiera evitar a toda costa que el silencio interrumpiera la noche, creo sinceramente que las personas podríamos conocernos más a través de nuestros silencios que durante nuestro falso discurso, es en esos momento cuando uno se da realmente cuenta cómo se siente con la persona que tiene en frente. Me contó toda su historia de los últimos 4 o 5 años hasta el presente, esto es bastante común en la gente, rara vez alguien empieza hablando de sí mismo tomando como referencia su primera infancia y diciendo cosas como “a veces mis padres me encerraban en el closet y me amarraban lo pies para que no saliera”, uno realiza una selección de los eventos que le hacen sentir orgulloso y los comenta como si fueran cualquier cosa con asomo de falsa modestia. En este caso ella habló de la ciudad donde venía, se me hace de lo más raro que tengamos diferentes husos horarios en el norte, de donde era ella, y en el centro. Todo su plática era bastante fluida, como un ensayo que hubiera escrito, memorizado y repasado una y otra vez frente al espejo, destacó sus logros escolares y laborales, me explicó a detalle cómo había descubierto la sal yodada y el agua hervida, ¡todo con su acento norteño! sin dejar de referirse a mí como un chilango. Me decidí a pedir la cuenta después de tomar un par de cervezas para embriagar el momento. Salimos a caminar un poco, como era un día entre semana estaba bastante solo y aunque se le antojaba tomar un trago yo preferí plantarme frente a ella y besarla.

Al principio fue bastante tímida, me beso con bastantes precauciones y lo dudó en un inicio, pero finalmente desistió y nos dejamos sumergir en la sensación de los labios del otro. Siendo yo tan callado en esos momentos tal vez pensó que eso me soltaría un poco más la lengua y efectivamente así fue, después del beso yo estuve más tranquilo, más relajado y sereno. Nos seguimos besando unos instantes hasta que decidimos que ya era lo suficientemente tarde como para irnos de aquel lugar. Los faroles apenas iluminaban y a uno le cuesta tener recuerdos verdaderamente vívidos de esos lugares, ero las sensaciones y los hechos perduran siendo fácilmente recuperables para volver a erizar la piel. Como era una chica foránea evidentemente había llegado a un hotel cerca de la sede del evento, le pedí al taxi que se dirigiera para allá y en menos de diez minutos habíamos llegado. Cuando nos bajamos me acerqué vacilando a la entrada del hotel mientras dejé que ella tomara la iniciativa, dubitativo la miré como esperando el momento para despedirme o a pasar.

–¡Pásate!– exclamó como si fuera obvio que eso tenía que haber hecho.

Subimos a su habitación y me metí entre sus piernas empujándola hacia la cama. Era una chica de complexión bastante delgada de modo que podía montarse sobre de mí en formas bastante sensuales, besé su cuerpo recorriéndola de la forma más romántica que pude y cuando quise acercarme a acariciar con mis labios su sexo, me pidió que me detuviera, dócilmente acepté y a cambio le pedí que se sentara encima mío mientras de forma gentil me deslizaba dentro suyo. Sus manos siempre estaban con las mías, cuando estaba encima mío movía sus caderas buscando que nuestros sexos quedaran atrapados y lentamente con movimientos circulares la penetraba, poco a poco, le causaba un poco de dolor y me hizo pensar que no estaba acostumbrada a la sensación, lo que me excitó aun más. Mi éxtasis fue tanto que no pude evitar correrme mientras apenas comenzábamos. –No importa–, pensé, –el primero no es nunca el mejor–.

Ella se veía bastante complacida, yo en realidad sí lo estaba, pero como hombres tenemos la magnifica ventaja que a menos que sea un acostón verdaderamente muy bueno, la sensación orgásmica es prácticamente la misma.

Las siguientes dos o tres veces fueron mucho mejores. Llamarla a la ducha y hacerlo mientras la tenía atrapada entre mis brazos es parte de una fantasía que debe aprovecharse cada vez que uno tiene la oportunidad. Con el agua tibia cayendo por nuestros cuerpos uno experimentaba en el otro con más curiosidad, en la ducho jamás se está completamente consumido por el deseo debido a la sensación que dejan las gotas al tocarte, pero eso hace que lo busques más, que te tomes tu tiempo y utilices cada minuto en forma especial. La ducha del hotel era bastante amplia y tenía una elevación donde uno podía sentarse (o recargarse) según nuestro instinto lo buscara. Ella no hizo más que complacerme cada vez más. Al final, pese a todo, jamás terminé y si no me hubiera cansado físicamente después de un tiempo, puede ser que siguiéramos ahí dentro.

Cuando volvimos a hacerlo en la cama antes de que fuera demasiado tarde regresar a mi casa me invitó a quedar. Yo me sentí muy complacido porque el camino de regreso me llevaría al menos una hora. Dormimos abrazados y me preguntó si le seguiría hablando después de eso, aunque creo que eso no es lo que en verdad quiso preguntar. Para mi esa noche fue especial, pero para ella involucró algo más. Casi antes de dormir me dijo entre sueños:

–Es la primera vez que hago esto–

–¿Hacer qué?–

–Pasar la noche entera con alguien–

Tampoco sé si eso fue en verdad lo que me quiso decir.

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