El pasado martes 23 de Junio se originó un incendio en el asilo Hermoso Atardecer de Mexicali, Baja California. Durante el siniestro fallecieron 17 de un total de 44 adultos mayores de 6 años que se encontraban en el lugar. Al mismo tiempo, de estas personas solamente 11 contaban con familiares plenamente identificados, el resto habían sido rescatados de la indigencia o permanecían ahí debido al abandono de sus familias que, en muchos casos, se marchan a Estados Unidos dejándolos a la deriva para no volverlos a ver.

Para acentuar aún más la gravedad del suceso, los resultados del peritaje realizado por las autoridades revelan un lugar en buenas condiciones de infraestructura en lo que se perfila como un incendio perpetrado de forma intencional. Adicionalmente han salido a relucir disputas entre la anterior y la actual administración, en dónde hay una denuncia por fraude de por medio. Sin embargo, no hay más avances hasta ahora y lo único certero en todo esto es que las vidas de esas 17 personas fueron sesgadas y no hay forma de recuperarlas.

La pérdida de toda vida humana, cuanto más en situaciones así, siempre es una tragedia, eso no está a discusión. Tampoco pretendo clasificar el valor de las personas en base a su tragedia personal pero si quiero hablar de un par de situaciones que he reflexionado a partir de esto y que no hacen menos que preocuparme y darme un golpe de realidad cruda.

Una realidad que nos confirma la dinámica desechable que han desarrollado los grupos humanos familiares mexicanos. Lo que en algún momento fue el epítome de la unión, solidaridad y acogimiento (más en una cultura como la mexicana) es hoy en día un ente reducido, de miembros distantes, frágiles relaciones interpersonales, orientado hacia el individuo, egoísta y centrado más en una cuestión parasitaria que sustenta a una persona hasta que puede desarrollarse (consumir) por si solo que en una cuestión de comunidad, de hogar, de valores y de red de apoyo para aquel individuo que se arriesga a caer. En este cambio de nuestros grupos humanos el eslabón más débil de la cadena pasa a ser el anciano, que de guía moral, fuente de sabiduría y objeto de respeto ha pasado a ser ese que ya no puede producir y que no se sustenta, y por lo tanto tiene que ser sustentado, siendo exiliado del grupo centrado en el individuo porque esas necesidades del yo son más fuertes que las del nosotros. En este mundo hiperveloz y estas familias reducidas, fragmentadas y de visión de túnel hemos expulsado del seno al adulto mayor y lo hemos relegado a vivir en la marginalidad, hemos intentado despojarle de su dignidad y hemos fallado en ver el gran capital que estamos dejando escapar insensibilizándonos a nosotros mismos ante el abandono de estas vidas que han aportado tanto.

Una realidad que en lo macro no presenta ninguna mejoría respecto a lo micro. El tejido social y la empatía elemental por la vida y por nuestros semejantes se diluyen rápidamente en un olvido masivo que invade un país que debería tener una memoria prodigiosa después de pasar por lo que ha pasado en siglos de historia. En este país en donde las personas desaparecen y son asesinadas en razón de decenas de miles sin que las comunidades parezcan inmutarse más hemos dejado de voltear periódicamente a ver lo que sucede en la realidad cotidiana, en la unidad fundamental. Esta bola de nieve interrelacionada es innegablemente sintomática y patógena; nos hemos vuelto insensibles a las masacres y la violencia sumaria, ¿qué le puede esperar a la persona de a pie, al vecino, al que no tiene acceso a una nota periodística, a una marcha multitudinaria, al que invisibilizamos en el día a día?

No puedo levantar el estandarte a la persona más involucrada en cuanto a la situación de los adultos mayores de nuestro país y lamento profundamente que al promedio del cual formo parte nos sean necesarias tragedias como estas para comenzar a reaccionar sobre algo que sucede desde hace mucho frente a nosotros. Sin embargo, como en todo otro hito de la dolorosa historia reciente mexicana, lo mínimo que puedo hacer es reevaluar lo que soy y lo que pienso, como individuo y como parte de este complejo lugar y preguntarme hasta dónde estamos dispuestos a llegar en nuestro olvido e indiferencia sumario. ¿En qué clase de realidad nacional vivimos que hace posible que la justicia y el castigo de aquellos que han cometidos delitos atroces sea convertido en un concurso de popularidad, en dónde las causas de moda acaparan reflectores y activistas de redes sociales pero aquellas que no elevan nuestra popularidad en nuestro pequeño microuniverso de fama pasan desapercibidas y son condenadas al olvido, la ignorancia y la apatía?, ¿qué clase de sociedad permite que esto suceda otra vez? (alguien que recuerde la guardería ABC), ¿qué clase de sociedad es esta que crea sujetos capaces de calcinar un hogar de ancianos y miembros vacunados ante tal tragedia?. Aunque el adulto mayor para muchos represente el pasado, lo que hagamos al respecto en el presente será la moneda de cambio cuando nos preguntemos qué futuro nos espera. No dejemos que nuestros ancianos, que nuestros muertos, que nuestros padres y abuelos, que nuestros orígenes, que nuestra experiencia y sabiduría se hunda en el olvido, la apatía y la indiferencia. En nosotros está la reintegración de tan valiosas personas, en nosotros está prevenir el rechazo, el olvido y el abandono. En nosotros está no tener que esperar más muertes para reaccionar como vivos.

En memoria de todos ellos.

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