No es mi estilo mezclar dos temas en una exposición y las pocas veces en que lo he intentado no creo que haya salido del todo bien pero voy a darle una oportunidad sólo porque no quiero dejar pasar uno y el otro me encabrona bastante. Y creo que de alguna extraña manera podrían estar relacionados, espero no demeritar ninguno. Así las cosas.

Es bastante sencillo y va más o menos así. Hace un par de semana fue beatificado (paso previo para la santificación y bloqueado por el vaticano durante mucho tiempo) monseñor Oscar Arnulfo Romero, sacerdote católico y arzobispo de San Salvador famoso por sus homilías en donde denunciaba las numerosas violaciones de derechos humanos y abogaba por la justicia para los pobres, oprimidos y perseguidos por el régimen del general Carlos Humberto Romero. Durante su ministerio se destacó por la defensa incansable a los derechos humanos de los marginados, los desprotegidos y los sin voz; campesinos, obreros, sacerdotes y cualquier otra persona que recurría a él en el contexto de violencia y represión que trajo la dictadura militar a El Salvador. Fue incisivo en su crítica a un sistema político y económico opresor y generador de personas en miseria, de los actos de violencia por parte del gobierno en turno y de la oposición a este mismo. Siempre defendió la “opción preferencial por los pobres”. Su vida terminaría la tarde del lunes 24 de marzo de 1980 cuando fue asesinado por un francotirador mientras oficiaba una misa en el hospital de la Divina Providencia.

Ahora hago un cambio. El fin de semana pasado salí de la ciudad para visitar a mi familia, a quienes siento que veo cada vez menos, a veces por el trabajo, a veces porque prefiero convivir con la gente con la cual convivo aquí y otras por franca desidia, simplemente a veces se vuelve cansado y tedioso pasar tiempo con ellos. Para no hacer esto demasiado largo iré al grano; mi primo va a mudarse junto con mis sobrinos a Cancún por una oferta de trabajo. Lo quiero como parte de mi familia pero tiene tres características que no me agradan; no sabe beber despacio y sin decir sandeces, tiene un amor desmedido por el dinero y le encanta escuchar misa pero comportarse totalmente al contrario. Como en casi cada fiesta terminó por beber de más y darme una de sus “demostraciones de afecto”, lo que otras veces ya me ha casi reclamado, el por qué estudié psicología y no algo más “acordé a mi enorme cerebro”. Al parecer considera la psicología como algo poco digno de una persona inteligente, parece ser que su concepción de inteligencia va directamente ligada a la cantidad de ingresos que puedes tener con tu profesión, de forma que si logras hacer billetes eres inteligente, respetable y talentoso. En sus propias palabras; “¿para qué estudiaste eso?, ¿qué vas a hacer siendo psicólogo?, sí, tal vez vas a ser feliz y esas cosas, tal vez te sientes realizado por dedicarte a lo que te gusta, pero dime ¿de qué chingados te sirve eso en la vida?, ¿de qué vas a vivir, qué vas a hacer con la miseria que ganas como psicólogo?”. Todo esto mientras se reía, al parecer lo encontró muy gracioso.

Supongo que si han resistido y llegaron hasta aquí se estarán preguntando qué carajos tiene que ver una cosa con la otra. Al menos en mi cabeza tiene sentido. Desde hace un tiempo, y especialmente desde que empecé a trabajar con poblaciones migrantes, se ha fortalecido cada vez más en mí la idea de que una persona que tenga una creencia, la que sea, alguna convicción o sistema axiológico, por más básico que sea, debe actuarlo, debe vivirlo, más que predicarlo. Monseñor Romero también lo decía sin parar; “…una religión de misa dominical pero de semanas injustas no le gusta al señor. Una religión de mucho rezo pero con hipocresías en el corazón no es cristiana. Una iglesia que se instalara sólo para estar bien, para tener mucho dinero, mucha comodidad, pero que se olvida del reclamo de las injusticias, no sería la verdadera iglesia de nuestro redentor”.

Ya casi llego, lo prometo. Así como yo sostengo que una fe o creencia (en lo que sea, de la naturaleza que sea) debe estar sustentada mucho más en la acción que en la prédica (y siendo esto otra de las partes de mi familia que de cuando en cuando no entiendo, la obsesión por la institución pero la apatía de acción cualquiera) creo que de alguna manera esto aplica para cualquier otro aspecto de la vida y, muy bien, con las cuestiones profesionales. Ese hombre que admiro y ese episodio familiar me llevan a plantearme preguntas y tal vez alguna de ellas resuene también en ustedes. ¿Para qué hacemos lo que hacemos? (ojo, la pregunta es para qué, no por qué), ¿qué nos motiva en nuestro día a día?, ¿qué fin perseguimos con el ejercicio de nuestra labor, sea cual sea esta?, ¿cuál es nuestra cosmovisión nuestra escala axiológica, y qué tanto empata con nuestra actividad profesional?, todos obtenemos una remuneración, de un tipo u otro, por desempeñar nuestro modus vivendi, la cuestión es ¿cuál es?, ¿cuál quiero que sea?, ¿cuál es el significado humano, cual es el sentido de lo que hago?

No soy iluso, cualquier persona necesita dinero para subsistir, como se dice coloquialmente uno tiene que comer…y vestir, y calzar, y beber, y tener un techo y ¿por qué no? tal vez un carrito y alguno que otro lujo inútil, sí, pero placentero al nivel más básico y superficial. Personalmente no tengo nada contra eso. Sin embargo también considero (y por esto puede que rectifiquen y concluyan que sí soy un iluso, por no decir pendejo, de lo peor) que ese flujo monetario tal vez no debe, pero sí puede, venir de realizar una actividad que nos apasione, que construya puentes y no que nos aísle, que nos construya como personas y no que destruya la poquita alma e ilusión que nos queda. Que venga de hacer algo que no nos lleve a pensar en suicidio día tras día, de algo que nos lleve a tener una visión de futuro, de trascendencia, de posteridad, algo que nos haga sacar un potencial y no dar patadas de ahogado para no asfixiarnos. Tal vez no toda profesión está destinada a tener la posibilidad de amasar millones en ganancias, pero creo que si nos apasionamos y construimos y aportamos lo suficiente a la sociedad y a nuestra propia persona podemos tener una vida decente. Una vida en donde vivimos honradamente dedicándonos a algo que nos acerque un poco más a ser humanos y no una vida en donde escojamos carrera, trabajemos, ascendamos, hagamos dinero y luego fallezcamos dejando atrás una existencia ostentosa pero miserable. No quiero eso.

Romero es una de esos personajes que me influyó grandemente cuando se llegó el momento de buscar nuevos modelos y nuevos horizontes. Aunque sea en pequeñas partes puedo atribuirle cierta responsabilidad sobre la persona que soy ahora, que no digo que sea mejor o peor, simplemente diferente. Quiero reconocerle a mi propia forma, haciendo lo que me hace feliz y encontrando la forma de contribuir con ello al bien común. Así como el siempre abogo por los pobres, los marginales, los necesitados, las víctimas de la injusticia y de esa forma, y no dándose golpes de pecho, realizó su misión como hombre de Dios, así quiero que cada uno de nosotros realice su misión en la vida, en acto, no en palabra, que seamos ejecutores de una existencia digna, y no meros espectadores mezquinos conformes con la comodidad de la butaca desde la cual contemplan su devenir. No creo que ninguna profesión sea, per se, nociva, simplemente creo que deberíamos dedicarnos a la pasión inherente a cada profesión y no al dinero relacionado a su ejercicio, mejor ganar dinero por apasionado que ser millonario por mezquindad, hastío y tras perseguir la tumba haciendo algo que odias. O lo que es lo mismo, si eres abogado, dedícate a la abogacía por sed de justicia, no por sed de dinero.

A todos aquellos que pudieran llegar a leer esto solamente quiero terminar diciendo; si alguna vez se sintieron menospreciados, excluidos, juzgados o marginados por su elección profesional no hagan caso, ustedes están marcando la diferencia con su pasión, ustedes tienen mucho que aportar, ustedes son los seres humanos en los que muchos aún tenemos fe. Esto es para ustedes, ustedes son la esperanza de un mundo mejor que ayer. No se preocupen, el talento, la pasión, la integridad y el servicio pagan, de una u otra forma pagan. Nosotros somos ricos.

-Omar Ojeda

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