De no haber encontrado las calles tan vacías cuando me propuse salir a comer, puede ser que no me hubiera enterado de dos eventos que en conjunto parecen tener un efecto embriagante entre mis conciudadanos: un partido de la selección mexicana y las votaciones. No sé cuál de ellos es más estúpido, probablemente sea como cuando uno trata de elegir cuál es su canción preferida, tiene que hacer una especie de clasificación mental sobre los géneros y los muy conocedores incluso sobre la cronología, hacemos una lista con una serie de factores como el ritmo, la letra, el impacto social de la canción, también las fuentes que influenciaron al artista o compositor y por supuesto, el contenido emocional que nos trae la melodía, luego entonces seleccionamos alrededor de 10 canciones que debido a su carácter e influencia pueden ser consideradas entre las mejores, pero nunca nos podemos guiar por los instintos y decir cosas como “mi canción favorita es la de soñé de Zoé porque es la que estoy escuchando ahorita”. De esta manera busco discernir cuál de estos dos eventos es más estúpido, mi primera deliberación sería elegir las votaciones por todo el proceso que implicaron, me imagino, solo por poner un ejemplo, el proceso de elegir las imágenes de sus pancartas publicitarias, las sesiones de fotos de los candidatos con decenas y decenas de fotografías que pasan por sus focus groups para ver en cuál se ven menos panzones o desde qué ángulo su sonrisa fingida refleja menos desconfianza, porque las encuestas reflejaron que los votantes prefieren sujetos sin bigote y con la ceja depilada. ¡Qué cosa más absurda! En lugar de hacer elecciones de los candidatos de los partidos políticos les recomendaría a los del INE que agarran las bases de datos que contengan los nombres de todos los ciudadanos registrados y les asignaran un número, lo metieran en una tómbola y con este proceso estadístico aleatorio donde cada participantes tuviera la misma probabilidad de ser elegido determinaran a sus diputados, senadores, presidentes, gobernadores y ya entrados en eso hasta podrían elegir a los conductores de programas de televisión; posiblemente con este método se elegirían personas con un mayor grado escolar y mayormente preparados, teniendo en cuenta que el promedio de estudios en México es de segundo de secundaria, y los demás detalles serían fácilmente corregibles, podrían maquillarlos, escribirles sus propuestas, susurrarles lo que debe de decir, hacerles todas esas cosas que les hacen a los políticos y hasta les ahorrarían estas semanas de ajetreo que parecen ser las únicas donde esta gente trabaja.

Mucha gente se alarma cuando uno dice cosas como “votar es estúpido” o “yo iba a ir a votar pero mejor hice algo de provecho”, pareciera que ofendes sus valores cívicos que inculcaron durante casi una semana leyendo notas sobre algún periodista de moda, porque los “expertos” dicen que al no votar es como alabar al inicuo y solo la marca en tu dedo te purifica cual si recibieras la hostia consagrada, si lo hiciste eres un ciudadano ejemplar y demuestras que te importa tu país y así generas el cambio. Si los cambios se generaran tras ir a votar cada que hay elecciones para elegir quién ocupará los antiguos puestos sucios y corroídos del gobierno, tal vez estos se habrían dado desde las primeras elecciones en mil ochocientos no-sé-qué. Pero tengo entendido que no ha sido así, aunque no soy un historiador licenciado tengo entendido que a partir de esa fecha siguieron los males del hombre: la guerra, el hambre, la enfermedad y a los que elegimos para cultivar los valores del Estado proveyendo de paz, salud y equidad, han hecho únicamente lo mínimo indispensable por cumplir con estos ideales. Los cambios se dan de manera personal a través de hacer conciencia de uno mismo y de nuestro entorno, son un poco más complejos que ir a votar.

El otro evento que tenía absorta a la gente fue un partido amistoso de futbol entre la selección de México y Brasil. Personas con una mentalidad un tanto estrecha y carente de perspectiva asumió ingeniosamente una posible conspiración donde estos dos eventos estuvieran relacionados entre sí. Las personas con este tipo de creencias son las mismas que piensan que tienen buenos o malos días según los haya favorecido la posición de Saturno, o que si lanzan dos monedas al aire y obtienen las dos veces águila es más probable que la tercera caiga sol. Aunque escribir esto parezca vulgar y retrógrada, cada palabra que pongo por escrito es únicamente el reflejo de la realidad que sigo observando en mi vida cotidiana. En este país uno nunca podrá ver un partido de futbol sin repetirse a sí mismo la frase “al pueblo pan y circo”, tal vez no exista un país con una afición tan desasosegada por un deporte en el que obtiene resultados tan (como mínimo) modestos, me recuerda esa actitud tan mexicanizada en la que nos aferramos al sufrimiento en lugar de movernos, pero es algo que tenemos en nuestro acervo cultural y en nuestra religión.

De todos estos eventos al menos tuve la fortuna de obtener una mesa en un restaurante donde normalmente uno debe hace fila de uno 20 o 30 minutos antes de que le ofrezcan si quiera un vaso de agua. Pero más afortunada fue mi compañía en ese lugar: una chica de lo más risueña y simpática, de tez blanca y bajita, de ese tipo de gente que pareciera liberar una ligera sonrisa solo de traer el recuerdo de una travesura en días pasados. Aunque yo no me caracterizo por ser una persona sencilla de tratar sino que suelo ser más bien serio en mis primero contactos, a esta chica ya tenía más de un año de conocerla, la plática debiera ser más ágil y llevadera, un tema debería ser capaz de llevar a otro rápidamente y pronto se habría descuidado lo suficiente para deslizar mi mano sobre la suya en un intento de romper la barrera del lenguaje para dejarme llevar por las sensaciones y eventualmente, besarla. Pero esto no ocurrió, si interfirió que llevara este plan tan meticulosamente calculado o si me sentía con un nudo en el estómago que no me dejaba mover libremente no lo podría decir, lo que creo es que me llegué a poner tan serio con mis comentarios y reflexiones que hasta yo mismo me aburría de escucharme, para ella debía ser algo poco menos que agobiante. Terminando de comer creo que no fui el único en pensar que sería mejor que cada quien tomara su camino a donde quiera que fuera.

–¿Quieres que caminemos?– dijo.

Mi intuición me falló o simplemente ella estaba siendo amable. Luego comprendería que en realidad en uno pueden convivir facetas agradables y aburridas al mismo tiempo y que haber pasado un momento de hastío no implica dejar pasar la oportunidad de pasar un poco más de tiempo con esa persona. Tardamos un poco en adaptarnos cada uno al ritmo del otro, caminábamos y parecíamos torpes al hacerlo, como si lo estuviéramos haciendo por primera vez, cosa que en realidad es cierta y a veces uno no se detiene a pensar pero cuando caminas al lado de otra persona deben sincronizar su andanza aunque esto suele ocurrir de forma espontánea nosotros tuvimos que decirlo. Y pronto tomamos un ritmo lento y calmo mientras paseábamos por las calles y avenidas, estaba soleado pero los árboles nos protegían, era una sensación bastante agradable aunque en muchos sentidos insignificante, tan vana como para que ninguno de los volviera a pensar nunca más en eso en el resto de nuestra vidas ¿con cuántas cosas nos sucede esto? Sin embargo, ese fue un momento especial, fue el presente, fue un paseo breve y fue con ella, de rato le pregunté con el tono más formal y recatado que pude:

–¿Qué opinas de mi?–.

Me dijo que yo ya sabía que opinaba de mi y es que en general estamos dotados de esta capacidad, podemos saber lo que los demás opinan de nosotros sin que se tenga que decir, a veces incluso hacerlo consciente lo convierte en algo molesto y absurdo, yo mismo he comprobado que dejar las cosas implícitas suele ser más sano. Lo que ella opinaba de mi es que soy un tipo bastante confundido, con un afán de reconocimiento difícilmente posible de satisfacer, aunque simpático en algunos momentos con un humor peculiar y un tanto visceral. Lo más importante es que me veía como un amigo, un amigo que hacía aproximadamente unos 10 meses le había escrito una carta de amor y hecho una especie de confesión sentimental, pero tampoco es que sea un romántico adepto a escribir cartas al por mayor. La caminata siguió hasta una jardinera decorada con papel picado y por su mirada parecía bastante complacida con esos adornos, le pedí que se sentara conmigo y aceptó, tomamos unos instantes para permanecer callados viendo una decena de pájaros buscando alimento entre los adoquines mientras yo me daba cuenta como todos mis pensamiento sobre besarla se habían esfumado y ahora solo quería saber un poco más de ella, porque me quedaba claro que pasaría mucho tiempo antes de volver a estar junto a ella en Coyoacán.

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