“La verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo al presente.”

-Albert Camus

El pasado jueves 14 de mayo Cristopher Raymundo Márquez Mora, de 6 años, salió a jugar acompañado de otros cinco menores. La noche de ese mismo día su madre no pudo encontrarlo y tras pasar la noche buscándolo sin éxito reporto su desaparición a la mañana del día siguiente. Después de activar alertas y protocolos de investigación la policía confirmó la muerte y el hallazgo del cadáver del niño el sábado 16 del mismo mes tras el CERESO de Aquiles Serdán.

A pesar de la aparente simpleza (que jamás justificación o normalización) dentro de estos hechos trágicos hay varias cosas que llaman la atención y que convierten a este caso en algo muy particular. Los cinco menores que acompañaban a Cristopher aquella tarde son tres niñas y dos niños, ellas de 11 y 13 años y ellos de 15. Cuando la policía comenzó a investigar las pistas se dirigieron hacia ellos, que fueron los últimos en ser vistos con el niño, lo cual terminaría con la madre del adolescente de 15 años llamando a la policía después de que éste le confesará haber cometido el asesinato. Una vez fueron asegurados declararían que los hechos sucedieron mientras “jugaban al secuestro”.

En la prensa nacional no trascendieron mayores detalles, sin embargo, a nivel local diversos medios revelaron detalles del acto que nos obligan a confrontar una realidad macabra. ¿Qué clase de juego fue este?, ¿qué clase de juego es aquel en donde a un niño de seis años se le ata de pies y manos, se le golpea con un palo lleno de espinas, se le arrojan rocas directamente a la cara y se le sofoca con otro palo en el cuello?, ¿qué clase de juego es aquel en donde se mete un cadáver en una fosa común y después se le apuñala 27 veces por la espalda, se le quitan los ojos y se le apedrea nuevamente sólo para ser enterrado junto a un cadáver animal?.

No quiero hablar sobre los aspectos legales o criminológicos del caso, no sé si dichas personas deberían ser juzgadas como adultos, no sé si tenían consciencia de sus actos o verdaderamente estaban jugando, no sé cuál es la mejor forma de proceder con alguien que ha cometido un crimen de naturaleza tan sádica y atroz, con tal nivel de saña y falta de empatía alguna hacia otro ser humano. Lo que me interesa retomar es lo que pocos han cuestionado, el entorno que rodea a estos niños y la forma en que es indispensable para poder responder a las preguntas anteriores y para poder vislumbrar (y con suerte cambiar) el futuro que le espera a este país.

El asentamiento del cual son originarios los protagonistas de esta historia es un predio que comenzó a poblarse primeramente por los familiares de aquellos recluidos en el CERESO que se encuentra en las inmediaciones. Es un lugar completamente marginal, los habitantes no tienen acceso a servicios elementales como drenaje y deben cubrir sus necesidades recurriendo a métodos como la recolección de leña. Desde luego la tecnología y la educación son cosas inexistentes aquí, ante la falta de trabajo y la ausencia de familiares inherente que originó este agrupamiento las condiciones son paupérrimas. La marginalidad aquí está a todos los niveles; no hay servicios, no hay educación, no hay ingresos, no hay recursos y geográficamente la población se encuentra aislada de aquellos que viven en la ciudad, creciendo a la par del reclusorio que le resulta simbiótico.

Si a esto sumamos el bagaje histórico y social de la zona en los último años tenemos una mezcla poco agradable. Esta llamada “guerra contra el narcotráfico” se emprendió sin ninguna planeación estratégica, sin ninguna lógica, se planteó imposible de ganar desde un principio cuando se decidió dar golpes mediáticos y dejar pasar desapercibidas las estructuras financieras, cuando se trató un problema de salud pública como uno de seguridad, se quiso luchar con las armas contra algo que ya se había enraizado en el imaginario y la cultura popular, cuando el narco ya era parte de nosotros mismos. En el afán de seguir luchando en una rueda para hámster decidimos fabricar, torturar y enjuiciar culpables, decidimos tomar una olla a punto de explotar y repleta de comida en estado de descomposición, taparla y ponerla a fuego alto esperando obtener una comida deliciosa.  Hoy en día esa guerra ya no es lo que era (más por el cerco informativo que por su decline) y mientras capos vienen y van, grupos emergen y decaen, gobiernos pegan y se van nos hemos olvidados de lo que en algún punto se tuvo el descaro de llamar “daños colaterales”, nos hemos olvidado de las familias, de las personas, del tejido social sin el cual será imposible escapar de este escenario, nos hemos olvidado que los crímenes comunes y las consecuencias en el sistema de salud no eran lo más grave, sino el tremendo daño social  humano de esta guerra, de esta guerra que comenzó hace ya años pero que algunos, pareciera, nunca se percataron de su arribo. Nos hemos olvidado del marginado y lo hemos expulsado a un gueto aún más lejano, profundo y doloroso del que ya se encontraba, decidimos taparnos los ojos y voltearnos sin ver el descomunal bache hacia el cual estamos manejando sin remedio.

Hoy la vida de Cristopher y de muchos otros ya no se puede recuperar pero debe servir como recordatorio para apuntar la vista a aquellos que lo ultimaron y tantos otros que ha parido esta tierra y vagan productos de un olvido sistemático y un sistema olvidadizo. Mi pregunta es muy sencilla; ¿qué será de México en unos 10 años, cuando todos esos niños que ayer vieron a sus padres morir, ser encarcelados, ser masacrados por delincuentes o fuerzas gubernamentales, que vivieron la guerra que se llevó a cien mil se conviertan en adultos, en la fuerza laboral y el motor económico, social e intelectual de México?, ¿qué estamos haciendo hoy para rescatar a toda una generación pérdida?

-Omar Ojeda

crito

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