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Louie Zamperini fue un atleta, soldado, predicador y orador ítalo-americano. Sus padres llegaron a Estados Unidos procedentes de Verona a principios del siglo XX sin siquiera hablar inglés. Desde sus primeros años mostró facilidad para meterse en problemas; a los cigarrillos y el licor le acompañaban constante riñas con otros jóvenes que lo hacían objeto de burlas y acoso por su origen y dificultad para socializar. Siempre en estira y afloja con la policía de su localidad, su hermano, destacado atleta de su preparatoria, le reclutó y comenzó a entrenarlo con la esperanza de canalizar en la pista su energía y rabia.

Zamperini pronto comenzó a destacar y a batir los records de su hermano y de otros tantos atletas hasta ganar reconocimiento en las competencias regionales y la prensa. Sus records en la pista le ganaron una beca para ir a la universidad y su rendimiento cada vez más destacado le llevó a calificarse para los juegos olímpicos de 1936 en Berlín, siendo aún hoy en día, el americano más joven en calificar para la prueba de 5000 metros tras lograrlo con 19 años y 178 días de edad. Aunque no logró una medalla su vuelta final fue la más rápida de todos los competidores y al regresar a la universidad su record en la milla se sostuvo por 15 años.

Tras su paso por la universidad se enlistó en la fuerza aérea en donde piloteó bombarderos. Durante una misión en 1943 su avión tuvo fallas y se estrelló en medio del océano. Solamente él y dos tripulantes más sobrevivieron, muriendo uno a los 33 días de estar en alta mar y resistiendo el ataque de bombarderos japoneses y los tiburones. Tras 47 días a la deriva fue rescatado junto a su compañero por la marina japonesa y hecho prisionero de guerra. Pasó por diferentes campos de prisioneros en donde fue golpeado, torturado y abusado hasta el punto de la inanición por Mutsuhiro Watanabe “The Bird”. Durante este tiempo resistió trabajos forzados, interrogatorios, golpizas que le dejaron al borde de la muerte, hambre, sed y tortura psicológica al hacerle creer que su familia y compañeros habían muerto y que su país había perdido la guerra. Finalmente fue liberado y regresó a casa al término de la guerra en 1945 en donde fue recibido como héroe.

En 1946 se casó y durante algún tiempo se dedicó a contar su historia a los medios pero poco a poco estos fueron perdiendo interés. Asediado por pesadillas y un claro síndrome de estrés post traumático Louie cayó en la bebida por un tiempo hasta que acudió a una iglesia cristiana por recomendación de algunos amigos en 1949. Tras este suceso decidió convertirse y recomponer su vida como predicador y orador motivacional, giro que lo ayudó a lidiar con su condición y recuperarse. Uno de sus temas recurrentes como orador era el perdón, hecho que lo movió a viajar a Japón y encontrarse con algunos de sus captores y torturadores, perdonándolos y reconciliándose con ellos.

En 1998 Zamperini corrió una etapa con la antorcha olímpica de los juegos de invierno en Nagano cerca de uno de los campos donde fue retenido. Ahí decidió visitar a Watanabe quien logró eludir los juicios tras la guerra y vivió una vida confortable hasta su muerte, sin embargo, éste rechazó reunirse con Zamperini. Tras esto Zamperini continuó predicando e impartiendo conferencias sobre el perdón de forma incansable hasta su muerte a los 7 años en 2014.

Durante su juventud el hermano de Louie solía repetirle una frase cuando entrenaban; “if you can take it, you can make it”. Muchas visiones, filosofías y corrientes insisten en determinar al ser humano, en encerrarle como el producto de sus impulsos e instintos más básicos, yo sigo rechazando frontalmente esas concepciones. Creo que, si bien somos condicionados, no somos determinados ni definidos solamente por nuestra constitución biológica y el medio, creo que tenemos voluntad, creo que tenemos una voluntad de sentido, la necesidad intrínseca de darle un significado a nuestra existencia y llevarla al plano de la trascendencia, creo que tenemos un espíritu que complementa y se sobrepone al cuerpo y la mente, creo, firmemente, que la vida vale la pena ser vivida bajo cualquier circunstancia.

Muchas veces vemos historias extraordinarias de personas extraordinarias y los consideramos semidioses que nosotros mismos nunca seremos capaces de ser. Pero ¿qué pasaría si nos diéramos cuenta de que la única diferencia que hay entre ellos y nosotros es la visión, el sentido?. No tenemos que pasar por campos de concentración ni ser prisioneros de guerra para sufrir, cada uno de nosotros ha encontrado en su experiencia sus muy particulares holocaustos y la respuesta ante ellos, aún si no nos damos cuenta, es eso; lo que llamamos sentido, la voluntad de darle un significado mayor, la voluntad de saber para qué está pasando esto y la tenacidad de trascender. Todos nosotros tenemos el potencial de ser héroes, la capacidad de levantarnos y plantar cara a la adversidad, todos nosotros somos capaces de cosas extraordinarias…como el perdón. Bien decía Viktor Frankl que transformar una tragedia humana en un triunfo humano era un acto heroico. Creo que hace mucha falta vernos en el espejo y reconocer nuestra propias heridas de batalla para darnos cuenta de dónde venimos y a dónde vamos, creo que hace falta reconocer al héroe que hay en cada una de las personas que nos topamos día a día, creo que hace falta asumir que el perdón es la mejor vía hacia la paz, que si podemos resistir esto podemos lograr cualquier cosa. Creo que hace falta que veamos en cada ser humano a un héroe y que dejemos de lado las fórmulas mágicas y los remedios milagrosos, el coraje, la perseverancia y la tenacidad son el camino. Simplemente creo que todos son capaces de cosas extraordinarias  creo que es hora de decirlo. Si estás leyendo esto, creo que tú eres capaz de cosas extraordinarias, que tu vida tiene sentido y que eres un héroe por llegar hasta aquí, creo que puedes lograrlo, sea lo que sea, creo que tu espíritu no puede ser doblegado.

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