Hace mucho tiempo, cuando estaba en la preparatoria y no sabía nada de la vida, me alejé de la iglesia católica. Hoy en día sigo sin saber gran cosa sobre la vida pero me he reconciliado poco a poco con creencias a las cuales cerré la puerta de forma abrupta en algún momento. En aquel entonces me molestaba ver a demasiada gente dándose golpes de pecho en las iglesias durante una hora a la semana solamente para ser indulgentes con ellos mismos, subsanar su culpa y volver a su rutina diaria una vez terminado el sermón. Esto implicaba, muchas veces, volver a una actitud de indiferencia, apatía, clasismo, racismo, xenofobia e intolerancia que incluso pasaba desapercibida por la naturaleza casi sutil de sus manifestaciones. Aún recuerdo la última vez que fui a misa; el sermón versaba sobre los matrimonios homosexuales recién aprobados en el Distrito Federal y como estos destruían a la institución básica que es la familia. No hacía mucho tiempo un miembro de mi propia familia me había dicho que era gay. Simplemente en ese momento mis inquietudes y valores más florecientes me parecían incompatibles con esa institución. Así permanecí durante mucho tiempo…hasta el año pasado. Mientras la iglesia como institución sigue obsesionada con la vida íntima de las personas y poco interesada por construir una iglesia “de pobres para los pobres” he tenido la fortuna de encontrarme con las figuras que me hubiera gustado conocer antes de separarme de lo que ahora considero una filosofía de vida y una dogmática de belleza y ética incomparable. He conocido a un laico que no tiene en qué caerse muerto pero que ha dedicado los últimos quince años de su vida a proteger y alimentar a los migrantes que transitan por el país muchas veces a expensas de su propio bolsillo, no ha habido día o noche durante ese tiempo en que no se encuentre a pie de las vías del tren cambiando la vida de miles a quienes les ha sido arrebatada la voz. Junto a él estuvieron algunos sacerdotes que poco tienen que ver con aquellos que predicaban en mi parroquia; uno de ellos dirige un albergue para migrantes en Ixtepec, Oaxaca, cada año recorre el país de punta a punta sobre sus propios pies en el “viacrucis migrante” que exige el libre tránsito de todas las almas que día a día son masacradas en la búsqueda de una mejor vida, huyendo de realidades inexpugnables, cuando lo conocí me dijo “el trabajo de los jóvenes y de la iglesia es ser rebelde, es ser un subversivo de la conciencia, es rechazar todas la ideologías que tratan de convencernos para ver al ser humano como mercancía y no como hombre”. También el sacerdote que venía de Tamaulipas, alto, con chamarra de piel, de expresión seria y pensativa, ojeroso pero tranquilo, nadie se imaginaría que ese hombre fue el único con el coraje suficiente para denunciar fosas clandestinas que eventualmente sumarían casi doscientos muertos, todos migrantes asesinados por el narcotráfico, a pesar de ser amenazado por los Zetas, uno de los carteles más violentos del país. En Tabasco habita un fraile franciscano. O el obispo de Saltillo que vino a decirnos como cada migrante que realiza uno de los viajes más peligrosos del mundo debemos ver a un Cristo crucificado y que es en la caridad en donde se encuentra la salvación y la verdadera comunión con un ser más allá de nosotros mismos. O aquel fraile franciscano de Tabasco que ha hecho votos de pobreza y que siempre viste un viejo hábito sucio y roído pero que defiende en su albergue a los miserables, a aquellos que se encuentran en el límite de la marginalidad y que han sido convertidos en invisibles por la sociedad. Ese pequeño hombre bonachón de bigote a los pies de las vías y un viejo profesor que se dedica a tratar adictos pero se formó en el seminario me enseñaron dos de las más valiosas lecciones de vida que he tenido. Primero, que cuando decimos que estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios” no significa que seamos físicamente como ese ser, ya que el no pertenece al plano mortal, va más allá, significa que al ser Dios “todo amor” según las escrituras somos nosotros de la misma naturaleza, todo amor. Segundo; que a todos nos encanta llamarnos hijos de Dios y sentirnos especiales, porque es algo más allá de todos nosotros, un ser divino, es nuestro padre y eso pone algo de divinidad y privilegios en nosotros, nos reconforta saber que al morir tal vez esa divinidad nos lleve a los cielos. Lo que pocas veces tomamos en cuenta es que, si nos asumimos hijos de Dios, eso quiere decir que la totalidad de individuos en este mundo son nuestros hermanos, que la cercanía y el amor que tenemos con nuestros familiares sanguíneos es la misma fraternidad que debemos aspirar a sentir cuando nos topemos a un absoluto desconocido. Es solamente hasta que reconocemos en toda la humanidad a nuestro prójimo que nosotros mismos podemos decirnos hijos de Dios, no antes. Saber que nuestra esencia es todo amor y que nuestro origen divino nos hermana con el resto del mundo me lleva a entender lo que tanto tiempo trataron de meterme en la cabeza, sin embargo, difícilmente lo aprenderemos en la iglesia, porque no tiene nada que ver con la culpa o el ritual. La verdadera comunión está en el prójimo, cómo retoma la teología de la liberación “quien se relaciona con el pobre, con él mismo (Jesús) trata y a él mismo acepta o rechaza, a tal punto que esa relación será el criterio principal del Juicio Final (Mateo 25:31-46). Me hubiera gustado ver esto antes pero tal vez llegó en el momento indicado para abrirme los ojos a la brújula moral y ética que tanto necesitaba. Practiquemos lo que predicamos (independientemente de la fe que profesemos) y practiquémoslo allá, afuera, en las calles, en las trincheras, en los guetos, recordemos que; puesto de otra forma, quien no ve en el necesitado a su hermano, no puede ver en Dios a su padre.

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