La madrugada del sábado pasado un bote pesquero con más de 900 inmigrantes salió de Libia con rumbo a Italia. En deplorables condiciones, como casi todas las embarcaciones que usan los traficantes de personas,  sucumbió en la fosa masiva en que se ha convertido el mediterráneo. Ninguno de ellos sobrevivió, probablemente nunca sabremos sus nombres, sus países de origen, probablemente su familia nunca podrá velar sus cuerpos y llorar sus muertes como deberían.

Recapitulando solamente la última semana las muertes podrían sumar tantas como 1750, todos ahogados en medio del océano tratando de llegar a Europa, escapando de países hechos trizas por la sombra de la guerra; Irak, Libia, Siria o de multitud de países africanos sumidos en la miseria y la descomposición social.

Hoy seré claro y conciso, sin rodeos. Me embarga una profunda tristeza pero aún más experimento rabia y coraje, impotencia y dolor. Sin miramientos; para todos aquellos hablando sobre este incidente como una tragedia déjenme decirles algo, no fue una tragedia, eso implicaría un suceso accidental y aleatorio que no se pudo prevenir. Esto fue simple y llanamente un asesinato, una masacre sumaria. ¿Por qué? porque es el resultado de una política migratoria que se podría resumir en la premisa “detengamos la migración asesinando migrantes”. Todo cortesía de la bendita Unión Europea.

Hasta hace un año la guardia costera italiana implementaba un programa llamado Mare Nostrum el cual lanzaba búsquedas programadas en el mediterráneo para buscar y rescatar posibles naufragios de botes tripulados por migrantes tratando de llegar a Europa. Dotados de tecnología punta y recursos económicos las embarcaciones italianas rescataban gente de morir ahogada para llevarlos a tierra firme y brindarles atención médica, psicológica, alimentos y agua. Una vez en tierra podían ser repatriados a sus países de origen o tenían la posibilidad de solicitar asilo, tenías esperanza. El único inconveniente de dicho programa era su costo; 80 millones de euro anuales. Las crisis económicas vinieron, el malestar social creció, los políticos oportunistas comenzaron a hacer promesas para “regresar” ese dinero a los italianos. El resultado fue su cancelación y sustitución por Frontex, un programa nuevo de solo 3 millones mensuales implementado por empresas de seguridad privadas encargadas de simplemente reforzar y vigilar las fronteras, no más operaciones de rescate.

A pesar de la ley europea que establece que cualquier inmigrante, legal o ilegal, puede solicitar asilo una vez tenga un pie en territorio europeo los guardias de Frontex apoyados por los gobiernos y ejércitos de los países expulsores y receptores se han encargado de tratar de frenar las olas de migración a punta de violencia y técnicas represivas. Se han documentado deportaciones y expulsiones de migrantes una vez dentro de territorio europeo (cosa completamente ilegal), golpizas y asesinatos tanto en las vallas como en los campamentos que la gente implementa antes de cruzar (muy importante, estando estos campamentos en países no europeos, como Marruecos, cosa aún peor ya que las autoridades están masacrando a sus propios habitantes en su territorio) e incluso, con pruebas irrefutables en video, el asesinato de migrantes en el agua a base de ráfagas de metralleta por guardias de Frontex, asesinados a balazos como perros cuando bastaba un brazo para sacarlos del agua y evitar que se ahogaran. Esa es la política.

Muchos se rasgan las vestiduras cuando encaramos esto. Muchos tienen miedo del inmigrante, muchos se han dedicado a cultivar y refinar este miedo. Se dice que el programa de rescate es demasiado costoso y que ese dinero debe ser de los italianos, se dice que la culpa es del inmigrante que ha destruido su país y ahora viene a otro continente a tomar los recursos y los empleos que deben ser del europeo, se dice que los europeos no tienen por qué llevar la carga que representa la asistencia a todos estos hombres, es su responsabilidad, dicen, quedarse y sacar adelante a su país o quedarse y sufrir el destino que ellos mismos labraron en su tierra de origen. Y yo les respondo ¿acaso no fue Europa quien saqueó África durante siglos dejando a las colonias bajo el yugo de la esclavitud, sin posibilidad de explotar o ver riqueza generada por su trabajo y recursos naturales, acaso no fue Europa quien cometió genocidios tan abominables como el perpetrado por Bélgica y dejó a los países africanos sumidos en una inestabilidad y tensión social de forma que quedaron mutilados para regenerarse aún después de su independencia? Me pregunto si en verdad no tienen responsabilidad en las oleadas de migración que como en ninguna otra época de la historia estamos experimentando.

Es claro para mí que esto no es una tragedia, que no es un accidente, que no es un hecho fortuito que no podía evitarse, no es ningún designio y ciertamente no debería ser el destino de absolutamente ninguna persona en este planeta. No, que quede claro una y otra vez, esto no es ninguna tragedia, ¡esto es un claro asesinato! Si contamos con la más mínima señal de humanidad en nuestros corazones en estos tiempos posmodernos, neoliberales, intrascendentes, irrelevantes, de vacío y desesperación les pido que por favor griten, que por favor se dejen sentir y encuentren en ustedes el dolor del otro, de aquel que no conocen y jamás han visto pero que comparte con ustedes la misma valía, que comparte la misma dignidad y que se encuentra, hoy en día, sumergido en un mar de dolor, tristeza y desesperanza, ajeno ya no a los privilegios sino a los derechos que tantos se han empeñado en robarle, aquel que es invisible bajo los ojos ya no del tirano sino del ciudadano común que ni siquiera se digna a verlo pues ve en el a la justificación perfecta para los problemas de su mundo justo como alguna vez empleamos al judío o al negro. Les pido que por favor griten y encuentren dentro de ustedes la voz que le ha sido arrebatada al migrante, que encuentren las lágrimas que otros no derramaron, la indignación que casi nadie comparte, la rabia que se merecen los políticos que legislan sobre la vida desde la comodidad de una curul sin el menor atisbo de compasión y los guardias que, ciegos y sordos, se han volteado contra sus propios hermanos. A todo aquel que lea estas palabras le pido que resista y que no sucumba a las doctrinas y filosofías que consideran al hombre mercancía  no ser humano. A todos allá afuera; les pido que busquen en su corazón y griten este horror, que no es de inmigrantes sino de hombres, que nos concierne a todos y a todos les pido que por favor vean en estos hombres a la imagen viva de un Cristo crucificado, que se involucren y tiendan una mano a aquellos que se ahogan en este océano, en este mar de desolación, en esta fosa común de agua. Ningún ser humano es ilegal.

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