Hace algunos meses tuve el placer de tomar cátedra con uno de los maestros, académicos, intelectuales y humanos, más entrañables que haya conocido; el logoterapeuta congolés Kitimbwa Lukangakye. Originario de la República del Congo tuvo una vida difícil que lo llevo a descubrir esa “voluntad de sentido”, como la llamaba Frankl, y a abocar su existencia a la espiritualidad y el desarrollo humano haya a donde va.

Sin embargo, su historia será material para otra ocasión ya que hoy quiero centrarme en un suceso que, si bien lo involucró y escuché de su boca, tiene como protagonista a otra persona; el exsecretario de SEDESOL Heriberto Félix. En la época del sexenio de Felipe Calderón, Kiwi (como es conocido por sus amigos) viajaba constantemente a Ciudad Juárez para participar en programas sociales que pretendían atacar la violencia rampante y la descomposición social que asolaba a la ciudad del norte en el momento. En una de estos viajes se reunió con el secretario Félix, quien tenía como encomienda estudiar el fenómeno de la violencia en la ciudad y diseñar una estrategia que permitiera contener el gravísimo problema.

Tras estudiar la dinámica que sucedía en el paso fronterizo los datos de inteligencia apuntaron a una concentración de la violencia y la actividad criminal en un triángulo conformado por tres colonias populares y marginadas de la ciudad, mismas que era controladas por un solo individuo del crimen organizado que había consolidado ahí su coto de poder. En un esfuerzo por transformar la ciudad, zona crítica de forma equiparable a regiones en guerra en ese momento, el secretario decidió introducirse en dichos barrios de forma encubierta con la esperanza de acceder hasta el narcotraficante en cuestión bajo la excusa de realizar un trato de drogas y obtener alguna información que les diera ventaja en el diseño de un plan de contingencia.

Heriberto, político pero también hombre de gran sensibilidad y humanismo, accedió hasta el epicentro y logró concertar una cita con el capo bajo la excusa de querer negociar una gran compra de drogas. Ambos hombres se reunieron y mantuvieron el diálogo por largo tiempo, situación en la cual Félix trató de encontrar un punto para conectar con el hombre, no el criminal. A través de esta visión pudo localizar dos tatuajes de rostros entre los múltiples diseños que decoraban los brazos del hombre. Atraída su atención hacia eso desvío la conversación y cuestionó al capo sobre su significado. Éste le respondió que pertenecían a dos de sus mejores amigos desde la infancia, junto a los cuáles sobrevivió en las calles y que ante la falta de oportunidades y movilidad se unieron con él a las filas del crimen organizado.

Al seguir indagando, el secretario descubrió que aquel hombre corpulento, lleno de tatuajes, de aspecto malencarado, numerosos guardaespaldas, vehículos, armado hasta los dientes y mirada apagada había llegado a su actual posición tras matar a sus dos amigos de la infancia por órdenes del cartel tras haber hecho negocios con una banda rival. “Era matar o morir” le dijo, y él eligió vivir, aunque a costa de cargar con las consecuencias de su acto por el resto de su vida. Para honrar la memoria del par decidió tatuar sus rostros en su cuerpo. Heriberto entendió el dilema y la encrucijada moral que había resultado en la vida del hombre, y tras hacer acopio de su excepcional tacto le preguntó el por qué seguía en esa vida, cuestionamiento al cual respondió con gran aplomo “porque prefiero vivir de pie aunque sea un solo día que morir de rodillas”, tras lo cual volvió a cuestionar de forma aguda “¿y por qué no vivir todos los días de pie?”.

Después del encuentro continuaron las labores de inteligencia y se decidió implementar una amplia estrategia de rehabilitación social en donde se comenzó la construcción de centros comunitarios que contaban con diferentes actividades deportivas y culturales, así como atención psicológica y médica gratuita para los habitantes de estas colonias y todas las aledañas de forma que se rodeó el foco donde se concentraban los sucesos con dichos centros después de hacer intensos operativos que inhabilitaron a las células delictivas que se agrupaban ahí. El proyecto piloto fue una escuela de música comunitaria que se replicó en la ciudad al comprobarse su efectividad en la prevención de la integración de jóvenes a la delincuencia.

Tiempo después Heriberto Félix regresó a Ciudad Juárez para entregar un reconocimiento al hombre que inició ese proyecto pionero. Llegó como normalmente lo hace un secretario del gabinete federal, aún más en una zona delicada, portando un traje, en camioneta blindada y seguido por el estado mayor presidencial. Al iniciar la ceremonia y estrechar la mano del hombre en la entrega cruzaron miradas y el secretario fue increpado; “ya me di cuenta que me mintió secretario”. Félix, desconcertado, no supo a qué se refería esa persona, pero fue señalado nuevamente; “ya lo caché, se quitó el traje y se hizo pasar por uno de nosotros”. Heriberto genuinamente desconcertado le dijo al músico y fundador que no sabía a qué se refería, tras lo cual el hombre le estrechó la mano, le miro de forma penetrante a los ojos y con el pecho inflado le dijo; “¿recuerda que le platiqué que me gustaba la guitarra y el rock, que me hubiera gustado ser músico en otra vida?…ahora vivo de pie todos los días señor secretario”.

Hoy en día veo muchos linchamientos, públicos y privados, pero no veo justicia, no veo compromiso con la sociedad de la cual estos fenómenos y estas personas son sólo síntomas. Cientos de personas compartiendo fotos, datos personales e historias de supuestos ladrones, violadores, secuestradores, narcomenudistas que incitan a agredir, acosar y, en ocasiones, francamente a torturar o asesinar sujetos que no conocemos en persona y de los cuales no se nos ha ofrecido ninguna prueba sobre su culpabilidad. Cientos de personas defendiendo a las instituciones castrenses y de seguridad pública cometer ejecuciones de supuestos criminales que, sin importar si culpable o no, no fueron sometidos a un debido proceso y juicio. Miles abogando por la pena de muerte en un país en donde el sistema de justicia está corrompido hasta la raíz y no tiene la fuerza necesaria para probar inocencias o culpabilidades de forma veraz y efectiva, en donde los culpables y las evidencias se fabrican en serie y de la noche a la mañana, abogando por un fenómeno que se ha demostrado por demás inefectivo e inhumano en última instancia, abogando por matar a una persona para demostrar que asesinar es incorrecto, así nuestra ciudadanía tan justiciera.

Veo todo esto y más en un país que se ha probado harto de la injusticia, el abuso y la impunidad pero que tampoco ha asumido un verdadero compromiso con la justicia, la legalidad y la sociedad que conformamos todos. Hasta que no tomemos parte activa en la erradicación y prevención de las causas originarias de estos males, hasta que no le otorguemos el mismo valor y dignidad a cada vida humana independientemente de los actos que pueda haber cometido, hasta que no asumamos una actitud de prevención y reinserción antes que de castigo y ejecución no podremos avanzar como personas y como país. Jamás debemos perder de vista una de las principales capacidades humanas; el cambio. Todos podemos cambiar, es responsabilidad de todos fomentar el cambio individual que pueda permear en un cambio social. Es igual de injusto, inútil e irresponsable pretender acabar con los males de un país en forma de ejecuciones sumarias, legales o ilegales, de civiles o policías o militares que aquellos actos ante los cuales pretendemos tomar parte como juez y verdugo. Hagamos un llamado al compromiso social, a la prevención, a involucrarnos y asumir nuestra parte de responsabilidad en los asuntos que vive nuestro país, no volvamos la vida y la dignidad de las personas algo intrascendente y prescindible. Si queremos seguridad, estabilidad y progreso aboguemos por el compromiso, por estar involucrados, por resanar el tejido social tan dañado y que muchas veces nosotros hemos ignorado o incluso contribuido a perjudicar. Asumamos el compromiso con nuestra comunidad, con la vida, con el llamado del sentido. En lugar de juzgar y ejecutar aprendamos de ese secretario y preguntémonos; “¿por qué no vivir todos los días de pie?”, pero allá, afuera, en las calles, en la marginalidad, donde existe la necesidad, donde está el llamado.

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