Continuamente me doy cuenta de que no medí la magnitud de mis actos hasta que me enfrento con sus consecuencias: para entonces, por supuesto, ya es demasiado tarde. No alcanzo a apreciar la relevancia de las cosas mientras suceden, siempre tengo que tener algo de distancia con los acontecimientos para darme cuenta de su impacto. La culpa, el placer, el orgullo, el arrepentimiento, la cordura, todos llegan a destiempo. Resulta entonces que vivo de lo que sucedió mientras yo no me daba ni por enterada, que mi inconsciente me las empieza a cobrar pronto pero de a poco, de manera que la cúspide de los remordimientos llega cuando ya tengo un par de cosas más en que preocuparme, cosas que por supuesto dentro de unas semanas o meses o días me darán la impresión de haber sido completamente distintas. Mis recuerdos son todos inocuos pero falsos, mis decisiones todas irrelevantes hasta que se demuestra lo contrario, y créanme queridos lectores, lo contrario se demuestra siempre con pruebas fehacientes é irrefutables: tardías pero reales.

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