Este artículo lo escribí anoche, iracunda, por supuesto que no voy a publicar la sarta de barbaridades que se me ocurrieron en un momento de tanta rabia incontrolada y voy a hablar de algo sumamente menos visceral, pero decidí conservar el título, porque… porque se me da mi gana. Porque no he terminado de digerir una pendejada de esas cuando ya me la dijeron otra vez, otra persona, otro. Resulta que las mujeres modernas tenemos que lidiar también con el sentido de inferioridad de los hombres, que una vez desplazados de su rol de proveedores por el feminismo y la liberación, no encuentran su papel fundamental en la vida de su mujer, y no saben dónde buscarlo. Resulta que ya no nos tienen que mantener, porque trabajamos; ya no tienen que arreglar lo que está descompuesto, como una llanta ponchada o un foco fundido: las mujeres hemos evolucionado hasta el punto de ser capaces de cargar y subir al departamento nuestro propio garrafón; vaya, ya ni para el sexo son indispensables: cualquier fantasía alcanza para satisfacer casi cualquier libido, y el sexo sin compromisos resuelve lo esencial. ¿Qué hacen entonces, cuando ya no son necesarios? Se vuelven controladores. Tin tin tin tin tin. El cavernícola salió de la cueva de civilidad en la que se escondía y en el momento en el que se sintió amenazado sacó su lado más oscuro y castrante: el del controlador. Lo viví en carne propia: yo era un caso del libro de la codependencia, él me necesitaba, yo lo salvaba, él se autodestruía, el nos destruía, él sufría, yo tenía la culpa de todo porque… porque era la única forma de mantenerme a su lado: haciéndome sentir inferior. Yo no sé cómo hice para aguantar tanto tiempo, ni como hice para alejarme de él. Luego lo vi, cita tras cita en un consultorio, y mujer tras mujer todas con los mismos argumentos, como si todas fueran esposas del mismo tipo, el mismo con el que yo me había involucrado, el mismo del que no nos podemos separar porque “nos quiere”. Yo ya no lo quiero. Por favor, ya no lo quiero.

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