Tengo un amigo que ha estado conmigo en las buenas y en las malas, ha compartido los momentos importantes y también ha estado ahí en los más difíciles. Me ha soportado los peores desplantes, y yo a él. Después de la quincuagésima vez que me reprochó que hubiera puesto antes que él a un novio, me di cuenta de que no importaba cuantos hombres pasaran por mi vida, él habría estado antes, y seguiría después que ellos. Esta revelación me ha acompañado desde entonces, y me ha hecho valorarlo y tenerlo de la forma en que sólo pueden tenerse un par de hermanos.  Nos hemos emborrachado juntos hasta el hartazgo, llorado juntos y reído hasta las lágrimas, y me enorgullece decir que ni por un momento he sentido la espina de que esa amistad encubra algún deseo oculto o alguna necesidad especial. Sin embargo cada novio que he tenido lo ha celado y yo he odiado secretamente a cada novia que ha tenido él, porque siento que nadie lo merece. Cada que alguien sale con el cliché de que la amistad entre hombres y mujeres no existe yo pienso en él y me tranquiliza saber que no es verdad, que yo lo tengo a él y él me tiene a mí, con, sin y a pesar de los lugares a donde la vida nos ha llevado y de las personas que nos ha puesto enfrente. Hace unos días estaba, como es costumbre, de visita en mi casa y mi papá nos contó, como una simpática anécdota que había encontrado unas galletas saladas que le habían sabido medio extraño: tenían cinco años caducadas. Entre risas y burlas empezamos a divagar sobre que dentro de cinco años comentaríamos la anécdota y de pronto algo me golpeó: lo miré fijamente y le dije “dentro de cinco vamos a tener treinta”. Mis papás se miraron y nos miraron a nosotros: nos han visto crecer juntos, como un par de escuincles a los que mi mamá alimentaba en la kermes del colegio, como un par de adolescentes que se solapaban las escapadas, como un par de jóvenes tratando de hacer algo con su vida, ahora como un par de niños queriendo ser adultos y dentro de cinco años, nos seguirán viendo, no sé como rayos. No pude evitar pensar en el momento en el que esas galletas caducaron: hace cinco años estaba luchando por no abandonar en el segundo año de universidad, me habían roto el corazón, me ponía borracha a la menor oportunidad y trataba de no pensar en nada que no fuera llegar al viernes con suficiente dinero como para regresarme a mi casa. Si en ese momento me hubieran dicho que dentro de cinco años estaría hablando con él y con mi papá de las galletas que caducaron entonces, que habría acabado la carrera, que habría de volver una y otra vez a tomar veneno hasta darme cuenta de que estaba a punto de matarme, y que lo dejaría por fin y para siempre, que el hombre que me rompió el corazón me daría una explicación por demás decepcionante después de haber tenido juntos más de una oportunidad de volver a intentarlo, que iba a tener una relación sumamente seria pero no permanente, que habría renegado una y otra vez de mi profesión, que me iba a escapar a un lugar cualquiera a encontrar cualquier cosa que no fuera eso, y que la iba a encontrar, y que me iba a gustar, y que iba a estar haciendo planes con el hombre que sí va a ser permanente, feliz y agradecida de todo lo que hubo de pasar para llegar a este punto, aunque en el camino hubiera tenido varios episodios depresivos, tal vez no hubiera creído nada, más que, después de esos cinco años, iba a estar hablando con él de eso. No sé que me vaya a contar a mí misma dentro de cinco años, cuando tengamos treinta, y hable con mi papá y mi amigo de las galletas que caducaron hace diez, pero estoy ansiosa por saberlo.

Advertisements