Escribo esto y trato de hacerlo como un acto solidario, como un acto afirmativo que llegue a ti a través de la palabra escrita. No te voy a mentir, a cada frase tecleada me detengo a pensar una y otra vez, pienso en si esto hará alguna diferencia en ti, en si se abrirá paso entre los días que vives en si será de alguna utilidad. Quiero usar el tono adecuado y decirte todas las cosas que no he sabido, no he podido o no he querido decirte por mil y un motivos que ni siquiera puedo recordar. Te decía, he reescrito esto ya tantas veces que no creo poder seguir haciéndolo, pertenece a ti y no a mí, pero antes de que pudieras leerlo quise hacer un giro y borrar cualquier rastro de desesperanza para hacerte llegar un poco de fe, tanta como pueda caber en estos renglones, tanta como me gustaría regalarte, tanta como la que necesitas para no doblegarte ante esto.

Recuerdo perfectamente la mañana en que nos distes las noticias; sabía que tu padre se encontraba enfermo pero no sabía cuánto. Fue como una cubetada de agua fría, sigo sin saber muy bien que hacer cada vez que hablamos sobre esto. Tampoco pretendo ser condescendiente, no puedo mentir, no te diré que sé cómo te sientes porque es falso, no tengo idea de lo que debe de ser atravesar por esto, y para serte aún más honesto no lo deseo para mí ni para nadie más. Quizás es precisamente eso, el desconocimiento hasta ahora de un dolor que se equipare, lo que me hace comprender un poco lo amargo de este trago para ti.

Creo que es verdad decir que nadie vio esto venir, es verdad que la vida a veces no da razones ni explicaciones y que el dolor tiende a cobrar todo junto, sin dar aunque sea un poco de tiempo para abonar a nuestros saldos, es un cabrón que recolecta aunque nos deje en la calle y con los bolsillos vacíos. Sé que a veces parece que nos encontramos parados en el medio de un tornado que succiona todo sin tiempo para reaccionar, cuando nosotros ni siquiera hemos tenido tiempo de asimilar qué es esto que está sucediendo. Pero siempre he creído también que los amigos están en este mundo para dividir las tristezas y multiplicar las alegrías, quiero saber cómo hacer eso contigo ahora que lo necesitas tanto, al menos sé eso, y es lo que más me interesa aprender en momentos dubitativos como los que atravesamos hoy hermano.

Déjame contarte esto; el recuerdo más claro que tengo sobre tu padre es aquella ocasión en que accedió a darnos una asesoría en tu casa. No éramos más que un puñado de escuincles que aún no sabían nada de la vida. Tu papá trataba de explicarnos el cuadro de mando integral y las evaluaciones 360°, nosotros solamente tratábamos de pasar un examen y no morir en el intento (quién diría que todas esas clases resultarían tan útiles algunos años después). Cuando me dijiste que tu papá impartía clases tuvo toda la lógica del mundo, siempre me pareció que era un gran maestro como para hacernos aprobar ese fatídico parcial. No sé explicarlo muy bien, pero en mi inconsciente siempre quedo grabada esa imagen de él como una persona sabia, emprendedora y que de alguna forma u otra te da más de una lección y te enseña más de un par de cosas. Algo me decía que tu resultaría ser tal astilla de tal palo.

Y entre el huracán que puede llegar a resultar una familia con sus propias vicisitudes, tramas y enredos, con sus ciclos y funciones y mal funciones, ese tipo introvertido que leía a Viktor Frankl y descubría música más pesada de la que nosotros podíamos llegar a tolerar, que se hallaba a medio camino entre el pequeño San José Iturbide y la convergencia de caminos en Querétaro, ese tipo se convirtió no en lo que es, sino en todo lo que podía llegar a ser. Y a la par de ser ese hijo menor, reducto de los suyos, la persona que alguna vez pudo tropezar se volvió también el amigo más entrañable y el maestro más sabio que yo haya tenido el gusto de conocer. Hace sólo unos días, mientras yo trataba de rezarle a todos los dioses y todos los santos que se me venían a la cabeza, esperando que tu padre recupere su salud, tú te encargaste de darme la lección más grande, nos pediste sólo una cosa; que le dijéramos a nuestros padres lo mucho que los amábamos antes de que ya no pudiéramos hacerlo, antes de que fuera tarde cuando uno u otro quisiera pero ya no fuera capaz de hacerlo. Me vinieron unas ganas inmensas de llorar, supe la calidad moral de la persona que lo decía, supe que tenía fortuna de contar con un amigo así. Hoy sigo rezándole a todos los dioses para que a tu padre vuelva la salud y tú no tengas que visitar más salas de hospital, y sé que no está en mis manos impedirlo, pero sí te digo que no estás sólo cada día después de las 11, en las visitas familiares, en las guardias, en tu trabajo, en tu casa, en las mudanzas, en los cambios. Con un poco de suerte esto, al igual que aquella pared llena de humedad, también lo superaremos juntos. Aunque la verdad es que cuando tú deberías ser reconfortado aún ahí nos has aleccionado. Sin duda eres el hijo de tu padre.  El tipo de persona que un día admirábamos en la recepción de nuestro incipiente negocio, ese afable hombre vienés, hoy yo lo encuentro en ti. Camaradas hasta el final.

 

*Terminé de escribir esto el día martes. El día miércoles supe la triste noticia. Tu padre había fallecido. No quise cambiar nada de lo que he dicho hasta ahora porque nada bastaría para recofontarte ni para expresar lo que siento en el fondo de mi alma. Todo lo que he dicho hasta ahora permanece; al saberlo me han vuelto a asaltar las ganas de llorar y, para ser franco, he derramado algunas lagrimas. Aún sigo rezándole a dioses y santos y me gustaría encontrar alguno que pudiera regresarle la vida a tu papá, querido hermano mío. Me reprocho cada uno de los momentos en que escribiste, ahora que pienso que quizás pude haber estado más atento, más presente, que quizás pude haber hecho algo por ti, aunque sea mínimo. Aún asalta lo más profundo de mi corazón la tristeza y la pena de saber que has tenido que pasar por estos nubarrones, navegar por la más oscura de las noches. Pero he aquí que juro por mi propia vida, por mi propia madre, que no andarás sólo por este valle. Mi mayor pésame, mi hombro y mis brazos, mis manos y mis lágrimas para ti. Hermanos en tu dolor, no estás sólo. Hermanos hasta el final. 

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