Creíste que ya habías superado las pruebas principales que había que superar para convertirte en adulto: abandonar el hogar materno, pagar tus propias cuotas, planchar tu ropa, subir tu garrafón al departamento aunque eso te costara una hernia, terminar de una vez y para siempre con esas malas compañías de la adolescencia y hacer tu mejor esfuerzo por no recordar las culpas que te persiguen; ahogarte en trabajo y dejar de ahogarte en alcohol. Enamorarte, comprometerte con alguien de verdad, mudarte a vivir con él. De verdad parecía que tenías la lista completa, hasta que llegué yo. No me esperabas, cierta y estúpidamente, porque la verdad es que hay partes de ti, de tu casa y de tu relación que son una invitación abierta a mi presencia. No me esperabas, pero llegué a demostrarte que, sin importar cuánto te esfuerces, una parte de ti sigue siendo la niña mimada que no puede enfrentarse a los problemas de la vida, y óyeme bien, nunca lo va a hacer.

Estas duras palabras me carcomían la cabeza mientras hacía fila en el supermercado con un único artículo en la mano. La chica que estaba delante mío me vio con ojos de incredulidad y me dijo ¿qué no hay fila rápida? -Creo que no, musité, avergonzada porque noté como sus ojos fueron de mi cabeza a mi mano y, notando lo que estaba a punto de comprar, me dijo “si quieres pasa primero”. Supongo que mi rostro reflejaba urgencia y pánico al mismo tiempo. Eso sentía. Ella llevaba dos paquetes de seis cervezas, un queso carísimo, un jamón carísimo y una mermelada carísima. La mujer que estaba delante de mi llevaba tres bolsas de verduras y dos niños insoportables brincando en el carrito, pero no llevaba cambio y eso retrasó la fila como diez minutos, que a mí me parecieron eternos mientras estaba ahí, casi como un retrato de mi vida, entre la chica de las cervezas que trató de ser amable ante una pobre mujer -yo- con un único y espantoso artículo en la mano, y la fastidiada madre de dos niños insoportables. Después de lo que me pareció una eternidad pagué y no acepté una bolsa, guardé mi vergonzosa compra en mi bolsa de mano y caminé a mi casa pensando en lo que me esperaba:

Tenía dos noches sin poder dormir. Empezaron siendo ruidos aislados, que creí que provenían de mi cabeza, pero una exploración, que obviamente no realicé yo, fue suficiente para aclararlo: había un ratón en el departamento. No diría nunca -en una conversación cualquiera, sin el animalito presente- que me dan miedo los ratones, pero la verdad es que ahora que recuerdo, dejé caer uno en las primeras clases de la universidad y, discretamente, siempre me rehusé a tocar a las ratas del experimento de aprendizaje y memoria que alimentábamos con frutlups para pasar la materia… en fin, desde que lo descubrí no me pude acercar a la cocina. Él estaba ahí.

Llegué, puse el pega-ratas lo más cerca que pude del sitio donde había sido visto el sujeto por única vez, temblando de miedo de que saltara encima mío y me hiciera cosas indecibles, ignorando por completo cualquier sentido de lógica elemental y subí al tapanco del departamento inmediatamente pensando que eso me salvaría de tener que enfrentarme a él. Cinco minutos después me di cuenta de lo incomoda que estaba y de lo estúpida que me vería si alguien me estuviera viendo, así que hice acopio de todo el valor que me queda, que no es mucho y baje, exponiéndome a su compañía. Pero nada pasó.

Unas horas más tarde, ya habiendo conciliado el sueño, otro ruido nos despertó, pero esta vez fue un sonido plástico.

-Ya pegó

-Espérate, a ver si sí (mi respuesta estaba más inspirada por el miedo a que el ratón nos descubriera despiertos y hablando que por la duda). Claro que había pegado, el chillido desesperado lo confirmó.

-Hay que sacarlo. -Obviamente había que sacarlo, ni modo que nos quedáramos dormidos oyendo a un ratón chillar toda la noche, pero era una petición sutil para que por favor lo hiciera él, aunque hubiera trabajado hasta muy tarde y estuviera muerto de cansancio… Para que por favor fuera el héroe que salvara a la desprotegida damisela -en este caso, yo-.

Y así fue como enfrenté la prueba: fui a comprar un pega-ratas y me hice la indefensa. En realidad estaba aterrada y, como lo “suprimí” dos días después tuve un ataque de pánico… ¡Valiente adulto!.

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