Hace casi 15 años Martín Martínez y su esposa, Carmen González, llevaban una vida normal en el municipio de Tequisquiapan, Querétaro. Profundamente católicos ambos, en aquellas épocas se desempeñaban como ministros de la comunidad. No sabría decir si fue una mezcla de azar y casualidad o quizás intervención divina lo que llevó a estas dos personas a enterarse que sólo a unos kilómetros de su hogar, montados en los vagones del tren, migrantes indocumentados de todas partes de Centroamérica se desplazaban tratando de llegar a los Estados Unidos.

Movidos por la compasión y el más elemental, pero cada vez menos común, sentido de humanidad decidieron hacer una colecta para ayudar a estas personas a recibir un poco de alimento sin tener aún consciencia de la magnitud y gravedad de la situación. Tras la apatía de la mayoría de personas en la comunidad compraron 60 bolillos y algunos productos más con la ayuda de un par de familiares y prepararon tortas que llevaron hasta el lugar por el cual atravesaban los rieles. Lo que pensaron sería una buena obra para algunas personas desfavorecidas rápidamente los sobrepasó y resulto ser una escena que cambiaría el curso de su vida para siempre. Sobre los vagones de productos químicos no se encontraban un par de migrantes sino decenas o quizás cientos. Uno por uno bajaban suplicando por un poco de agua o alimento, las porciones que supondrían una buena obra durante ese día se convirtieron en poco más que migajas en cuestión de minutos. Totalmente sobrepasados por la escena, trágica, dolorosa y urgente por partes iguales, ellos y quienes le acompañaban tuvieron que correr de vuelta a la ciudad en búsqueda de lo poco que pudieran comprar de sus propios bolsillos y aquello que pudieron conseguir cedido por las personas que se encontraron en su camino. Durante aquella escena desoladora conocieron a una mujer que viajaba con su hijo de meses de nacido en brazos, cuando despertó después de haber sido vencida por el cansancio se encontró sola, alguien le arrebató a su bebé y no volvió a verlo nunca. Se encontraba casi al borde de la locura. En ese momento se dieron cuenta de que estaban presenciando el holocausto del siglo XXI, igualmente trágico y mortal, ignorado por el resto del mundo.

Antes de llegar al lugar que la Estancia del Migrante González Y Martínez ocupa actualmente Martín y Carmen buscaron apoyo de la comunidad para solventar la ayuda que supieron estaban destinados a brindar como un llamado de vida por parte de la fe y la compasión. Con respuesta casi nula solamente encontraron eco en sus propias familias y algunos amigos que se solidarizaron con lo que podían; algo de agua, algo de alimento, en ese momento un costal de arroz donado por el patrón de uno de sus amigos que trabajaba en el club de golf parecía oro puro. Lo poco que sus salarios humildes alcanzaban a cubrir era destinado casi totalmente a los hermanos en tránsito. Durante un año completo ello absorbieron la carga completamente, buscando botellas de PET en la basura para poder usarlas como raciones de agua. Aquellos que menos tenían como una humilde mujer que vendía dulces fuera de una escuela fueron quienes primero respondieron al llamado. Sin lugar donde poder establecerse todos arriesgaron sus vidas persiguiendo las locomotoras al pie de la vía y explorando montañas desoladas en medio de la noche y el frío buscando algún refugiado temeroso de ser encontrado por las autoridades o las bandas de delincuentes.

Después de algún tiempo comenzaron a usar la antigua estación del tren y finalmente se asentaron en las instalaciones que hoy en día permanecen a las afueras de Tequisquiapan, al pie de las laderas y junto a los rieles que transportan vidas humanas a diario, entre las paredes que tienen que soportar la carencia y la tragedia día a día resguardadas por la sombra del árbol que usan como torre vigía a la espera siempre constante de un nuevo tren cargado con esperanzas y miedos.

En el camino han llegado nuevos ángeles en la forma del padre Mario de Colón, comprometido como pocos. Instituciones como Médicos Sin Fronteras y el Banco de Alimentos, hombres y mujeres de fe y los voluntarios que valerosamente prestan su tiempo y energía en la ayuda de los más necesitados. También han llegado los ataques y las dificultades. Ante las oleadas que representan 450,000 almas tratando de cruzar hacia el norte cada año y el compromiso inquebrantable de Martín y Carmen han hecho presencia las amenazas de la policía local, del Instituto Nacional de Migración, de regidores y presidentes municipales tratando de hacer actos de campaña que más bien obedecen a la rapiña y la indolencia, las constantes intimidaciones de la seguridad de Ferromex, que insiste en criminalizar aquello sobre lo cual no tiene jurisdicción ni sustento legal, las bandas de delincuentes que se dedican a secuestras personas bajo la promesa de trabajos bien remunerados solamente para venderlas a la esclavitud sexual, los trabajos forzados y el crimen organizado y un sinfín de amenazas de toda índole.

Aquellos a quienes por su posición, responsabilidades y facultades les corresponde actuar han decidido girar la vista hacia otro lado, hacia cualquier lado menos hacia las personas. Autoridades judiciales coludidas con el crimen, sicarios con placa que se encargan del hostigamiento y la persecución. Autoridades migratorias que han convertido las fronteras y los caminos de paso en trampas mortales en donde comercian con las personas como si se trataran de mercancías, reduciendo la dignidad humana a una etiqueta de precio. Políticos que tratan de robar protagonismo a expensas de los más débiles. Políticos que hacen cualquier tipo de promesa con tal de ganar votos y simpatías, como Roberto Loyola, alcalde de Querétaro, quien prometió desde hace años entregar un terreno pactado con la anterior administración panista en territorio de la capital para construir un albergue migrante. El día de hoy ha dejado su cargo como presidente municipal para buscar la gubernatura del estado sin haber tenido la mínima intención de cumplir su promesa.

Me veo tentado a decir que todos aquellos que podían haber hecho algo han volteado la vista hacia otro lado pero sería mentir. Aquellos que pueden cambiar este mundo, aquellos que, como lo dice el Talmud; salvan una vida y es como si salvaran a la humanidad, han respondido el llamado. Martín, Carmen y muchos héroes desconocidos más están ahí afuera, viviendo un día a la vez, llenos de carencias pero sobrados en fe, en ganas de hacer un cambio, convencidos de que si todos somos hijos de Dios entonces todos somos hermanos y es responsabilidad d cada uno de nosotros tender una mano en el camino. Ellos y todos aquellos que dedican su vida al servicio de la humanidad son la prueba de que la humanidad misma aún existe y no sólo aquellas doctrinas que, como dijo el padre Solalinde, buscan “devaluar la dignidad humana y ponerle precio a la persona tal si se tratara de una mercancía”.

Aún existe el respeto, la solidaridad, la dignidad, la hermandad, el coraje, la valentía, la rebelión, la compasión, las virtudes que son puramente humanas y que por lo tanto todos tenemos capacidad de desarrollar pero elegimos no hacerlo. En tiempos convulsos en donde nuestra poca empatía se dirige a activismos erráticos y banales es momento de elegir el camino de la liberación, de la práctica y no de la prédica, es momento de volver a vernos a nosotros mismos en el ojo del otro y encontrar nuestra propia humanidad por más extraviada que esté. Es momento de dejar de ignorar esta tragedia, es momento de que el extranjero encuentre en nuestro país y en cada uno de nosotros una mano amiga, un hombro solidario, un corazón compasivo que comparta y aligere este vía crucis moderno en donde sólo hay una caída, la que puede llevarse las  piernas o la vida del hermano que cruza el territorio nacional montado en el lomo de la bestia. Creo firmemente en la capacidad de transformación de la realidad que los ciudadanos tenemos siempre y cuando encontremos la fuerza para unirnos en nuestras diferencias y para recuperar la dignidad, viendo en el otro a mi hermano y no al desconocido, aceptando que la experiencia humana parte de nuestra capacidad para empatizar con el dolor del otro y tenderle la mano. Que todos entendamos lo que un día Martín me dijo al pie de la vía; “Dios nos ha dado manos para servir, no para recibir”.

*Estas palabras son dedicadas a Martín Martínez, Carmen González, a cada uno de los que mantienen a flote la Estancia del Migrante con su trabajo y donaciones y, sobre todo, a todos y cada uno de nuestros hermanos migrantes en tránsito que cada día arriesgan la vida para llevar pan a la mesa de su familia.

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