No sé si sea mi precaria y descuidada selección de preferencias o alguna prueba más de que el mundo cibernético se pone -si es posible- cada vez más superficial; el caso es que últimamente no veo más que listas de cosas estúpidas, no tan estúpidas, medibles, no medibles, o simplemente irrelevantes para cualquiera que quiera hacer algo de provecho con su vida, pero que no puedo evitar leer. Sí, me declaro culpable, leo esas estupideces. Por curiosidad, por morbo, simplemente por saber qué escriben y qué leen los que no se dedican más que a estar frente al monitor dejando correr su vida entre las redes sociales… En fin, la lista de temas es tan variada y tan banal que abruma. Las tres cosas que tienes que hacer para ser una amante inolvidable, los siete alimentos que provocan más flatulencias, las veinticinco cosas que debiste hacer antes de cumplir treinta, las veintidós cosas por las cuales debes dejar de preocuparte… Podría seguir y seguir y seguir y los números no dejarían de aparecer, porque ellos, como la estupidez humana, son infinitos. En serio, ¿qué pasa con las listas? ¿qué pasa con el mundo? Que necesitamos que nos enumeren cosas reales e imaginarias para poder seguir teniéndolas en cuenta… Por supuesto, cada uno de los puntos que integran estas listas tiene una liga para ir a leer otro artículo igual de interesante y este te lleva a otra lista de manera que te puedes pasar todo el santo día leyendo listas de cosas que no tienen ninguna utilidad en la vida práctica o que bien pueden suplir a la novela de las nueve y tratando de comprender artículos que alguien escribió porque no tenía nada mejor que hacer o porque cree que a alguien le interesa lo que opina sobre el mundo, como este.

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